Y ahora ¿qué?

Por Wilson Tapia Villalobos.-

La pregunta es válida. El problema es que se la hacen todos, incluidos los que deberían tener la respuesta. Y esa es la mejor demostración de que la duda es correcta. Si la realidad se mira con cierta indulgencia, lo que están haciendo muchos, se llega a la conclusión de que a partir de marzo la situación se tensará y es posible que allí, violencia de por medio, comiencen a avizorarse los límites de algunas demandas. Pero no más, lo que, en realidad, no es mucho.

Uno se pregunta ¿por qué a partir de marzo? Simplemente, parece que se reconociera que la audacia de los estudiantes es la que marca las pautas. ¿Son ellos los líderes del estallido social? Esa es una presunción audaz, pero que no deja de tener cierto asidero. Desde el 18 de octubre no han aparecido adalides cuya guía sea reconocida más allá de hechos puntuales. Y el actuar estudiantil resulta un referente que, al menos, es visible en el inicio de ciertas escaramuzas que luego van creciendo en el tiempo.

Aquí puede estar la razón de la inexistencia de respuestas concretas. Y esto es independiente de que la derecha, que hoy está en el gobierno, sea completamente ajena a este sentir ciudadano….porque también lo es la izquierda, al menos en materia de liderazgo.

¿Quiere decir esto que todo es nuevo? ¿Que las exigencias que hoy se escuchan, desperdigadas en voces de distintos líderes sectoriales, recién aparecen? No, simplemente que la movilización del 18 de octubre les dio otra significación, y un apoyo hasta ese momento desconocido. Todo lo cual empuja a la superficie una conclusión que nadie estaba en condiciones de avizorar, ni menos de aceptar: una etapa de la política que se vivía en Chile ha terminado. Con todo lo que ello significa, que es mucho.

No se trata sólo de una visión política diferente. Es lo que esa nueva visión significa en la práctica. Por ejemplo, el trato económico de que gozan los parlamentarios y sus asesores. Una cuestión que está completamente lejana de lo que es la realidad salarial de la inmensa mayoría de los chilenos. Y, yendo al meollo del problema, la desorbitada diferencia que existe en el régimen capitalista entre los que generan la plusvalía y los dueños del capital.

Pensar con sentido de futuro, hoy es imposible si se recurre a los términos tradicionales que dibujaban en la realidad chilena la izquierda y la derecha. Porque mirando con crudeza tal realidad, es indiscutible que tanto los conservadores como sus oponentes gobernaron bajo el mismo sistema. Incluso recién ahora se intenta cambiar el camino que marcó una Constitución creada por la dictadura. Y se hace gracias a una manifestación popular que sorprendió especialmente al aparato oficial. Sin embargo, no se ha pensado en cuestiones esenciales como es una reforma profunda a la educación. Y si se ha pensado, aún no se atisban señales que apunten a resolver, por ejemplo, la marcada discriminación que separa a ricos y pobres. Cuestión en la que nada importa la capacidad de las muchachas y muchachos que aspiran a una carrera universitaria. En especial si intentan llevarla a cabo en universidades tradicionales de reconocida calidad. Este es un tema que no muestra atisbos de resolverse, pese a que su génesis se pierde en el tiempo. Pero esta vez parece haber llegado a límites insoportables.

Y todo esto se da en un panorama en que las tensiones surgen en distintas partes del mundo y con intensidades inquietantes. Desde luego el cambio climático hace un aporte fundamental, llevando a nuestro país a su onceavo año de sequía. Lo que voces alarmistas ya han comenzado a advertir sobre la posibilidad de racionamientos del agua potable. Y en otras regiones, como Australia, causando incendios que ya han devorado cientos de miles de hectáreas de bosques y terrenos de siembra. Ahora también se suman tensiones bélicas que difícilmente terminarán sin graves consecuencias. Es lo que hoy ocurre entre los Estados Unidos e Irán. Recientemente, un comando norteamericano asesinó al líder militar iraní Qaseim Soleimani en el aeropuerto de Irak. La justificación de del presidente Donald Trump es que se trataba de un terrorista. Un calificativo que perfectamente se le podría aplicar a un líder político que no vacila en intervenir en territorios muy lejanos a las fronteras propias. Una cuestión que Washington realiza sin que ninguna barrera de organismos internacionales lo haya frenado hasta ahora. Irán ha prometido venganza. Y Trump ha dicho que cualquier ataque será respondido con todo el poderío que su país posee.

Un difícil inicio para la década de 2020. No sólo por la gravedad de las tensiones internacionales, sino porque los desafíos que plantea una nueva realidad siempre requieren de miradas innovadoras que hoy no aparecen. En Chile, esto es consecuencia, sin duda, de que las exigencias son generadas por concepciones distintas o, simplemente, por el agotamiento de las respuestas tradicionales. Una situación, esta última, que requiere de mayores esfuerzos para, primero, comprender lo que sustenta las peticiones inéditas y, luego, marcar caminos que efectivamente lleven a soluciones válidas y duraderas. Cuestión de la que hoy estamos lejos de vislumbrar siquiera.

Período azaroso el que se anuncia y que, todo parece indicar, se extenderá mucho más allá de 365 días.

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