Violencia

Por Wilson Tapia Villalobos.-

Violencia es la palabra de moda. Es la que acapara un espacio en los medios de comunicación. Es la que se susurra en las conversaciones que terminan siempre por alertar acerca de su proximidad. Es un elemento que hoy permea a toda la sociedad chilena, con un toque de temor, espanto, repudio, rabia, venganza, estímulo. Sin duda, es algo que hoy no se puede ignorar.

Sin embargo, quienes hablan de ella la satanizan, como si fuera algo ajeno a nuestra sociedad, incluso al ser humano. Esa es una visión adulterada, sesgada por el temor. Es una actitud que, a veces sin quererlo, oculta la realidad. Hay muchos tipos de violencia y nuestra sociedad nunca ha estado exenta de una frondosa variedad, de aplicación constante. Pero ella aparece como problema cuando rompe el orden establecido. Y ¿quién dijo que ese orden no es violento? Sólo los que delinearon, a su conveniencia, el ordenamiento institucional y social y aquellos a los que esto le es cómodo o están obnubilados por las granjerías que les entrega el neoliberalismo.

La violencia descarnada, a vista de todo el mundo, creando problemas de convivencia, destruyendo lo que tanto ha costado construir, es un flagelo comparable a una enfermedad de diagnóstico reservado. De perspectivas alarmantes y siempre dolorosas de sobrellevar. No hay cómo mirarla con ojos calmos o actitud pasiva. Incluso, quienes la provocan aparecen como poseídos por un estado de ánimo ajeno al comportamiento que un individuo muestra en el trato diario con sus iguales.

Desde los ventanales de una oficina observando lo que ocurre veinte pisos más abajo o desde la comodidad de un sillón mirando la tele, resulta un espectáculo impactante para cualquiera. Como debe haber sido ese millón y medio de personas que salió a las calles de Santiago el 18 de octubre de 2019. Pero esa vez lo que asombraba era la magnitud de la masa reunida. Después vino la violencia. El millón y medio que manifestó su desagrado, lo hizo sólo con su presencia. Eso bastaba. Lo ocurrido más tarde ha sido violencia pura y directa. ¿Pero los manifestantes no llevaban en sí el germen de la violencia? La respuesta puede aventurarla un psicólogo, aunque es posible suponer que ellos estaban conscientes del poder que les daba la multitud que formaban. Los destinatarios de su reclamo sabrían aquilatar el mensaje y darían la respuesta adecuada. Pero el tiempo no es una variable definida de igual manera para todos los seres humanos. Unos pueden haber pensado así. Otros, optaron por transformar la rabia en realidad sin esperar respuestas. Sin dar tiempo a que los destinatarios de su ira fueran capaces de responder. Y los que así actuaron siguen en las calles, hoy convertidas en campos de batalla. Para ellos, no hay tiempos de espera. La violencia es la única herramienta que conocen. Tal vez es lo que les ha enseñado la vida.

¿Y cuál es el final de este fenómeno? Esa respuesta la buscan los dirigentes del país. Si aún no la encuentran es porque no asumen que la raíz de la violencia actual está en un modelo político que ellos mismos han defendido y estructurado. Para lo cual, en tiempos pretéritos, utilizaron no sólo las herramientas democráticas de la convicción mediante el diálogo, sino la violencia pura y bruta. En su último repertorio, fue algo que comenzó en 1973, que mantuvo una dictadura por 17 años, y luego la democracia fue la encargada de seguirla ejerciendo con la complicidad de casi todos los sectores. Porque en esto no sólo la derecha, la principal beneficiada, es responsable. Y la mejor prueba de ello es aquel infausto: “Justicia en la medida de lo posible”, que pronunciara el entonces presidente Patricio Aylwin, el 21 de mayo de 1990.

La violencia que hoy se ve es distinta a aquella. La diferencia más marcada es que ésta es desembozada y no va dirigida contra personas individuales, pero daña a un porcentaje del cuerpo social. Y el sistema se defiende con gran violencia a través de agentes del Estado que golpean y mutilan. Pero quienes ejercen esa violencia la ven como algo normal. El general de carabineros Enrique Bassaletti, la compara con la quimioterapia “que mata células malas y buenas”.

Hoy, la violencia sigue presente en las calles de las principales ciudades chilenas. Y una consecuencia de ello es la caída, hasta sólo un 12%, de la aprobación para la gestión del presidente Sebastián Piñera. Pero no es la única.

La pregunta que hoy muchos se hacen es: ¿Cuándo terminará todo esto? Ciertamente, el proceso no será breve. Y eso no sólo inquieta a la clase política. La economía nacional, y especialmente el comercio, se está viendo seriamente afectada. Hasta ahora no ha aparecido una profusión de caminos por los que transiten las soluciones. Es posible que algunos estrategas del oficialismo piensen que el tiempo es su mejor aliado. Que la violencia también desgasta a sus responsables y que con el paso de los días la hoguera se irá apagando. La historia no respalda su tesis. El malestar de los pueblos puede mantenerse soterrado durante mucho tiempo, pero cuando estalla sólo las soluciones traen aparejada una normalidad que será nueva.

Comparte esta información...
Share on Facebook
Facebook
Email this to someone
email
Pin on Pinterest
Pinterest
Digg this
Digg
Print this page
Print
Tweet about this on Twitter
Twitter

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *