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Uruguay: El país que se suicidó

por Juan Ortega

Por Nazareno Roviello, desde Montevideo

Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina: una premisa a la cual ningún ciclo de la vida puede escapar y tampoco logró hacerlo Uruguay, el país más progresista y estable de América Latina. Luego de 15 años de gobiernos del Frente Amplio, este domingo primero de marzo llega a su fin cuando, en el traspaso de mando, Tabaré Vázquez le entregue el poder a Luis Lacalle.

El ciclo lo termina el presidente que menos progresista fue del partido y el que perdió el ballotage también fue el candidato menos progresista de los que habían ido a la interna.

Quienes ganaron, van desde militares represores hasta quienes participaron llevando el país a la quiebra varias veces. Para que cualquier persona comprenda sin el contexto y bajo la polarización que siempre dominó el mundo, son los malos vs los buenos y más o menos, los liberales y negocios con amigos vs un programa de inclusión y desarrollo económico.

Parece que nadie puede escapar a la polarización y Uruguay no fue la excepción. El país que todo el continente idealiza sin saber mucho y que por ser el más progre más esperábamos. Al igual que en toda relación humana, idealizar solo trae desilusión y Uruguay fue durante los últimos 8 meses el gran y ya clásico: “amiga date cuenta”.

Entre la batalla cultural y el desconocer los datos empíricos

Poco se habló en la previa de las elecciones lo que se había hecho mal y mucho se habló durante y luego del resultado de noviembre. Algunos piensan que es fácil analizar con el diario del lunes, pero el problema de Uruguay es que antes de las elecciones tenía los diarios, las enciclopedias, la calle, la universidad y todos los resultados estadísticos que decían en gran parte qué cambiar, cómo y por qué, sumado a que todos los hechos señalaban que no había que votar a la derecha.

El vecino más cercano y más directo que mira a la banda oriental es Argentina. Aquí es de conocimiento popular lo que Argentina sufre todos los días, 40% de pobreza, una deuda comprometida sobre el 90% del PBI con acreedores privados y el famoso FMI que han sufrido todo los países. También se sabe el discurso de odio de Bolsonaro y los desprendimientos de toda la causa Odebrecht, la cual ya manchó al entorno de Luis Lacalle Pou. Lo que pasó con el correísmo en Ecuador, donde su ex vice presidente cuando asumió llamó al FMI y comenzó a trabajar en el detrimento del salario real. El estallido en Chile y la victoria de Alberto Fernández, el golpe de Estado en Bolivia. El suicidio del ex presidente de Perú por las causas de Corrupción, el estallido en Colombia luego de convertirse en el país con más migración interna debido al terrorismo estatal de los militares y grupos paramilitares donde en los últimos meses mataron a 200 líderes sociales y el propio Estado quiso encubrir un operativo que terminó en la propia matanza de 18 niños.

Estadísticas económicas, sociales y judiciales que una tras otra indican que el progresismo no ha solucionado nada de fondo pero que la derecha aprovecha siempre en profundizar toda desigualdad.

En estos debates sobre la realidad latinoamericana, muchos han subestimado y hasta quieren descartar la batalla cultural. Pero es una batalla que han perdido todos los países, Uruguay también es ejemplo. Crear conciencia y revolucionar el pensamiento es muy importante para sostener los proyectos a futuro. También lo es profundizar políticas, comunicar bien, hacer autocríticas y transparentar al Estado. Rubros en los cuales han fracasado todos los gobiernos del continente y uno tras otro han tenido los mismos problemas. ¿No será hora de que la militancia se ponga seria y asuma el momento?

En el microclima de Uruguay, un montón de gente estaba cansada por los mismos problemas de siempre, muchas veces creados por los medios monopólicos, pero también problemas reales que tiene la gente de a pie. La inseguridad y la falta de ascenso social son dos fantasmas que visitan a cada gobierno progresista. Se redistribuye cierto dinero y se invierte más, pero nunca alcanza para que los pobres dejen de ser realmente pobres y la clase media se estire cuanto quiera para invertir y llegar a ser ricos. No necesariamente el ascenso social hacia la riqueza es lo más importante, pero el mercado manda eso y es de lo que básicamente habla todo el mundo.

¿Cómo le fue a Uruguay en números?

Luego de la crisis del 2002, al igual que el resto de los otros países, Uruguay había quedado explotado: pobreza extrema, deuda y un pueblo cansado políticamente. En las elecciones de 2004, Tabaré llegó a la presidencia ganando en primera vuelta con más del 50% de los votos, por primera vez una coalición de izquierda en el poder. 

Contrario a lo que hicieron Venezuela y Argentina, Uruguay aprovechó el alza de precios de la época, lo que comúnmente se llama commodities, en lugar de quemar la plata, estableció un plan pseudo sustentable de progreso donde la economía creció al 67% durante 13 años consecutivos. Un logro para enrostrarle a cualquier país pero, como todo índice, por sí solo no dice nada. Se convirtió en el segundo país con más PBI per cápita de la región, sólo detrás de Chile, el oasis neoliberal donde la gente vive a crédito. Pero además, el índice promedio de cuánto produce cada persona al producto bruto interno total tampoco dice nada, lo que importa es la redistribución ya que, en los promedios, pocos producen mucho dinero y acumulan riquezas. 

Para esto, el índice mundialmente conocido que mide la desigualdad es el coeficiente GINI. Ese índice en Uruguay bajó, pasó de 0,468 en 2007 a 0,390 en 2017, convirtiéndose en el país menos desigual del continente. Ahí está el verdadero logro del Frente Amplio, que también se estancó cuando el precio mundial de los granos y otras exportaciones empezó a caer en conjunto con China. 

Pudo sostener el crecimiento en menor escala y sumar en estos años una infinidad de políticas sociales que mejoraron la calidad de vida de la población uruguaya. Creada la oportunidad, la nueva conciencia uruguaya, que veía crecer al país, también demandó más y un montón de propuestas no fueron atendidas. Si bien la inflación es baja comparada con Argentina, es un poco más alta que la media regional, el crecimiento de los sueldos también fue sostenido y bajaron la pobreza desde 2004, cuando superaba el 40%, hasta debajo del 5% en los últimos años. La indigencia ya casi no es un problema para el Uruguay aunque, al igual que en cualquier país, los índices marcan una cosa y la realidad otra.

La pobreza no mide todo lo estructural que limita la calidad de vida de las personas y, por supuesto, que solo mide necesidades básicas, muy básicas. Aún si hiciésemos un análisis profundo de todos los errores cometidos y el oído sordo frente a muchas temáticas importantes para la sociedad, definitivamente Uruguay fue el país de mayor éxito final en todo el continente. ¿El misterio? ¿Por qué la gente no quiso seguir profundizando el cambio?

Un mundo de posverdad, temática de inseguridad que nadie puede ni quiere resolver y los medios quemándole la cabeza a la gente las 24 horas, cosas obvias. Pero el resultado es que se le entrega un país estable a un grupo de personas que si tuviesen que atender un hospital de diabéticos, lo primero que hacen es llegar con golosinas de regalo. La mayoría tiene cero noción en políticas públicas y están ahí más por cuestiones ideológicas que pragmáticas, como los militares que finalmente se animan a meterse en política y los evangelistas que también van por todo en el continente. 

A quienes llegan al gobierno se los acusan de “duros” y, aunque la gente no pueda afirmarlo con pruebas, cierto es que Uruguay tiene dos problemas que no puede solucionar: el consumo de drogas y los suicidios. Si bien la droga más consumida y con menos trabajo de prevención es el alcohol, el paisito se encuentra en el sexto lugar de los países que más consumen cocaína y en el primer lugar mundial en cantidad de tratamientos. Por otro lado, es el segundo país de la región con más suicidios y con una tendencia que aumenta en los últimos años. Cada 100 mil habitantes, más de 20 de suicidan y son cifras alarmantes. La violencia y el consumo que crece y la salud mental que aunque tarde, poco a poco se va volviendo una temática mundial preocupante para resolver de manera pronta, ya que cada vez más habitantes padecen de algún problema. Poca expectativa de futuro, drogas baratas y discursos violentos, mucho se parece la sociedad a sus gobernantes.

Aunque parezca desatinado, parece que Uruguay, luego de ver la poca expectativa de futuro en sus vecinos y consumir drogas de manera barata, a pesar de ser el país que más recursos tiene para dejar el consumo, eligió finalmente suicidarse.

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