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Todos somos Refugiados

por sedec

laeuropadelosrefugiados720x464Por Sasha Volkoff

En el fondo, todos somos refugiados que buscamos volver a un mítico paraíso perdido original. Si somos persistentes, no habrá muros ni barreras ni engaños que puedan detener nuestro camino.

El año 2015 está siendo un año especialmente complicado en Europa; después del primer semestre marcado por la tragedia griega, comenzó el drama de los refugiados de Siria y otros lugares. Nuevamente, reuniones y más reuniones europeas al más alto nivel, y nuevamente -con permiso de los pobres refugiados- actuaciones de los gobernantes que van desde “El rey desnudo” de Andersen, en el mejor de los casos, al personaje de Eli Wallach en “Los siete magníficos”, una mezcla del idiota que se cree que conserva las apariencias y el miserable sin escrúpulos que está dispuesto a lo que sea con tal de obtener lo que desea.

La gente que huye de Siria lo hace porque allí hay una guerra, fomentada desde el principio por la OTAN. O sea, países que han ayudado a fomentar una guerra en Siria, ahora rehuyen al deber de acoger o al menos ayudar a los damnificados. No sólo les bombardean sus casas sino que luego les cierran las fronteras en sus narices.

Más allá de las definiciones que pueden dar de un refugiado el ACNUR o la wikipedia, un refugiado es alguien que se marcha de su lugar porque encuentra el futuro cerrado en él. Así, la mayoría de los emigrantes actuales podrían ser considerados refugiados, ya que no se marchan por gusto sino por obligación.

Gracias al progreso en el transporte en las últimas décadas, el avance de la globalización económica y las telecomunicaciones, las migraciones van aumentando como lógica consecuencia. Sin embargo, la respuesta que se ha dado a este fenómeno creciente por parte de los gobiernos ha sido poner más trabas en las fronteras (con excepción del acuerdo de Schengen entre algunos países europeos, que ahora mismo está en entredicho). Así, mientras aumentan las facilidades para la circulación del dinero por el planeta, beneficiando a quienes más dinero tienen o pueden gestionar, aumentan las dificultades para el movimiento de las personas.

Frente al problema de los refugiados sirios, la respuesta dada por la mayoría de los gobiernos de la civilizada Europa es de un nivel de miserabilidad tan grande, que no caben palabras para expresarlo. El mero hecho de que debamos escribir sobre esta situación ya es una muestra del fracaso estrepitoso de la supuesta civilización europea, que se ha pretendido imponer al resto del mundo bajo el manto de educados modales. ¿Es que todavía quedan individuos en este pequeño planeta que no se den cuenta que estamos hablando de personas? Personas que han nacido niños, se han criado como han podido, con sufrimientos pero también alegrías, que tienen algunas conductas impropias pero también grandes sueños, que aspiran a ser felices si pueden, igual que cualquiera de nosotros. ¿Cómo nos hemos engañado, para creer que la felicidad de unos se opone a la felicidad de otros? ¿Es que nunca acabaremos de crecer…?

Así pues, ¿qué nos queda? Apelar a lo mejor del ser humano, aquello que en los momentos más oscuros lo ha salvado del desastre total, aquella empatía con el otro que ha sido llamada hermandad, solidaridad, camaradería, fraternidad, en distintos momentos de la historia. Da igual el nombre que le pongamos: cuando las personas son capaces de reconocerse en los otros, se rompen todas las barreras. Los “competidores” dejan de serlo, las personas abren sus casas si pueden, y ponen lo mejor de sí para ayudar a quienes lo necesitan. Hoy son los refugiados, mañana podrán ser otros, uno mismo tal vez…

Cuando hace unos meses un ataque criminal acabó con la vida de algunos periodistas, muchos dijeron “Je suis Charlie”. Hoy podemos decir “yo soy un refugiado”, “todos somos refugiados”. Aunque parezca que somos diferentes, no nos dejemos engañar por las apariencias. Somos un único corazón latiendo sincronizadamente. 

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