Rutas de la Memoria: una experiencia vivencial y testimonial por la verdad y contra el olvido

escrito por M.Eliana Vega
lunes, 31 de diciembre de 2018
Más de 15 Rutas de la Memoria realizó la Oficina de Derechos Humanos de la Municipalidad de Concepción durante 2018. Una experiencia inédita a nivel local y seguramente a nivel nacional, que buscaba resignificar lugares y sitios de memoria, invitando a jóvenes estudiantes a participar en un recorrido por nuestra historia reciente con el relato de algunos de sus protagonistas.
Con voz firme, al comienzo, Nancy Burgos va leyendo su testimonio, escrito a mano en una hoja de papel.

Frente a ella, en semicírculo, más de 30 estudiantes del Instituto de Humanidades la escuchan en silencio. Mirándola con gran atención, una joven apenas puede contener sus lágrimas, a medida que el relato de Nancy avanza.

-El 16 de septiembre de 1973, mi esposo, Juan Heredia, amaneció triste y callado. Le llevé a la cama el acostumbrado café que tomaba todos los días antes de levantarse, era el instante en que conversábamos un rato antes de irnos a nuestras labores…

La voz se le quiebra un poco y continúa.

-Pero ese día no me quedé a acompañarlo porque estaba levantando a mis hijas para que fueran a misa como todos los domingos… Se lo llevaron con las manos en alto, como un delincuente, fue la última vez que lo vimos…

Su voz se apaga… Su hija Loreto, retoma el relato:

-Apenas partieron llamé a su hermano mayor para que fuera a la comisaría a dejarle su chaqueta en la que tenía sus cigarros y su carné de identidad. No le permitieron que se la pusiera, en realidad no la iba a necesitar porque iba camino a su muerte. Eso fue lo que supe años después…

Fue cuando empezó la búsqueda. En todos los lugares donde pudiera estar su marido.

Con gran atención e impacto, los estudiantes siguen la historia. Ya más repuesta, Nancy continúa leyendo:

  • En octubre, un día que no recuerdo bien, empezó a funcionar la Cruz Roja, atendía en la tarde. En ese lugar se podía preguntar por los prisioneros, entregar útiles de aseo, ropa, frazadas, cartas, todo lo que pudiera hacer más grata la detención. Yo trabajaba en la mañana, terminaba el toque de queda y me iba a ocupar un lugar en la fila y dejaba encargado mi puesto y mis cosas para cuando volviera de mi trabajo. Mis hijas eran acompañadas por la nana que tenía entonces, sin su apoyo y ayuda no habría podido… Continuó la búsqueda, llena de esperanzas y desesperanzas y de mucho dolor por el ausente y por tener que ser padre y madre para mis hijas, teniendo que dejarlas solas con sus miedos y sus penas. Ya no estaban con ellas ni su papá ni su mamá. De su papá no sabían nada y yo andaba buscando una verdad que nunca encontraría…

Nancy agra
dece a los jóvenes que la escuchan y les pide que transmitan lo que han oído, que se lo cuenten a sus padres, amigos, familiares…es importante que se sepa lo que ocurrió.

Loreto sostiene la mano de su madre y con voz emocionada le da las gracias por haber entregado su testimonio.

  • Yo tenía 12 años cuando llegaron carabineros y se llevaron a mi papá de la casa, y no lo vi nunca más. Mi mamá tenía que trabajar, tenía que buscarlo y hacerse cargo de tres hijas. Realmente ella ha tenido una tremenda fortaleza, yo no sé si hubiese sido capaz…

Carolina Tapia, abogada de la Oficina de Derechos Humanos, les dice a los estudiantes que la Ruta de la Memoria tiene el objetivo de no olvidar, de conocer esa memoria que permanece viva en quienes han sufrido las consecuencias de la dictadura. “La señora Nancy es la memoria viva. Imaginen cuántos años ha luchado. ¿Qué va a pasar si lo olvidamos?”.

Una alumna que ha estado escuchando con mucha atención y con expresión conmovida, agradece a Nancy sus palabras.

-Le agradezco de corazón que se haya dispuesto a contarnos parte de su vida y una parte de lo que pasó…son situaciones que generan tanta impotencia, tanta pena y que hasta el día de hoy siguen afectando.

Es cerca de mediodía y estamos en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos ubicado en el Parque Bicentenario, en Concepción.

Ya ha transcurrido más de la mitad de la Ruta de la Memoria que impulsa el municipio y que se inició temprano, a las 9 de la mañana, en el frontis de la Catedral de Concepción. Ahí, María Candelaria Acevedo Sáez es quien cuenta a los estudiantes la historia de su padre, Sebastián Acevedo Becerra, quien el 11 de noviembre de 1983, se inmolara a lo bonzo exigiendo conocer el paradero de ella y su hermano Galo, que habían sido detenidos por la CNI un par de días antes.

Muchos la miran con sorpresa. No todos sabían lo que allí había ocurrido. De las gradas del templo, se trasladan a la plaza, justo al lugar donde cayó Sebastián envuelto en llamas. Allí, una placa instalada por el municipio, recuerda ese momento.

Es hora de continuar el recorrido. La siguiente detención es el Estadio Municipal Alcaldesa Ester Roa Rebolledo.

El Estadio como centro de detención

Gabriel Reyes Arriagada se instala frente a los alumnos y da inicio a su historia, presentando al Estadio Municipal como centro de detención y tortura.

Muestra las dos placas que están en el ingreso al recinto y que reconocen que entre septiembre de 1973 y enero de 1974 en dicho lugar hubo hombres, mujeres, jóvenes, incluso niños, que permanecieron recluidos por pensar distinto.

-Fui detenido el 16 de octubre de 1973, junto a otros funcionarios del Ministerio de Agricultura. Pasé mi primera noche en la Cuarta Comisaría de Carabineros, al día siguiente al Regimiento Chacabuco y después acá, al Estadio, donde estuve hasta el 18 de enero de 1974…

Luego de esas palabras introductorias, el grupo ingresa a una dependencia –planificada para convertirse en museo- que si bien no correspondía a los camarines originales –pues el Estadio fue remodelado- permitió explicar a los estudiantes cómo era la reclusión.

-Esto que ven ustedes no tiene nada que ver con el Estadio de hace 45 años. En un espacio menor que éste, había 60 o más personas. Dormíamos, uno al lado del otro, en el piso de cemento o sobre un montón de viruta y nos tapábamos con una frazada. Teníamos solo dos baños…

Con interés, los jóvenes escuchan a Gabriel, seguramente tratando de imaginarse cómo habrá sido permanecer encerrados en ese lugar.

-Los guardias que nos cuidaban no eran carabineros, sino gendarmes y con ellos el trato era un poco mejor.

Al terminar su relato, una estudiante pregunta:

-Supongo que todo lo vivido le dejó una marca, ¿cómo tiene valor para venir acá y contar lo q

ue vivió?

Gabriel la mira, sonríe y dice:
-Han pasado 45 años, y es menos incómodo estar aquí en otras circunstancias, pero también es necesario, porque tenemos el deber de contar lo vivido para que la memoria no muera.

El recorrido sigue hacia un remodelado camarín, donde los jóvenes siguen escuchando con gran interés el relato de Gabriel quien, junto a otros detenidos, fue trasladado al campo de prisioneros de Chacabuco, en la región de Antofagasta, el 18 de enero de 1984. Tras su paso por otro centro de detención, finalmente fue expulsado del país el 21 de marzo de 1975.

Luego de una jornada intensa, el grupo aborda nuevamente el bus para dirigirse al último punto de la ruta: el centro clandestino de detención y tortura El Morro, en Talcahuano.

En el centro clandestino de detención y tortura El Morro

Subimos por un camino que nos lleva a lo alto del cerro. Allí, aparece El Morro. Dependencias de concreto abandonadas, que emergen como una estructura escalofriante. A mitad del trayecto, nos espera Juan Cisternas, integrante de la Corporación Bautista van Schouwen, que en el año 2010, descubrió este lugar.

Los estudiantes forman un semi círculo para escuchar los primeros testimonios. Nos rodea una verde vegetación y nos acompaña el canto de las gaviotas. Arriba, casi no se escucha el ajetreo de Talcahuano.

Daniel Peralta estudiaba Medicina cuando en febrero de 1976 fue detenido y conducido a El Morro.

-Siempre pensé que había estado en el Estadio E Morro, recién hace dos años recién confirmé que había estado acá- cuenta, mientras señala hacia donde cree que estaba el calabozo donde permaneció encerrado y va contando de las torturas a que eran sometidosActive Image los prisioneros.

Las gaviotas circulan por el lugar y cuesta imaginarse que allí hubo personas, hombres y mujeres recluidos, con la vista vendada, sin poder hablarse entre sí, vejados y torturados.

A Daniel lo sacaron al exterior en tres oportunidades, según recuerda. Una vez para conducirlo hasta el cuarto de los tormentos y la segunda ocasión para que tomara sol.
-Estuve un rato en el patio, después de varios días de encierro. Escuchaba los partidos de fútbol, las gaviotas, el heladero que vendía helados, y que tocaba un cuerno de buey, anunciando su presencia mientras recorría las calles…, rememora y pareciera que por un momento pudiéramos escuchar a ese heladero.

Diez días calcula que estuvo en El Morro. Cuando lo dejaron libre, fue su tercera salida. Lo dejaron cerca del Club Hípico, por avenida Colón. Se declara un sobreviviente.

-Seguimos vivos y empecinados en que la memoria se mantenga, que exista, es el compromiso que tenemos que asumir, la obligación no solo política, sino social de mantener la memoria para evitar que vuelva a ocurrir- les dice a los jóvenes.

Juan y Tito, ambos ex prisioneros de El Morro, separan a los estudiantes en dos grupos para iniciar el recorrido por las instalaciones.

No hay puertas ni ventanas. Las paredes lucen rayadas. Hay basura en el suelo. Se nota el abandono y el paso del tiempo.

Tito encabeza un grupo y se va por el lado izquierdo del inmueble, que tiene forma de U.

-Aquí había un calabozo donde había 30 o 40 personas. Estaba todo cerrado, sólo había una pequeña ventana por donde entraba un poco de aire. Estábamos juntos, pero incomunicados porque no podíamos hablar ya que estábamos vigilado por infante de Marina.

A medida que Tito va explicando cómo era el encierro en El Morro, uno trataba de imaginar lo que él contaba.

-Imagínense las ventanas cerradas –nos pide.

Por el frente, Juan explica a los estudiantes, a veces muy descarnadamente, que el sitio donde están le llamaban La Embajada. “Aquí se torturaba”, dice.

Nos aproximamos a una escalera, oscura y un poco siniestra.
-Saquen sus celulares y enciéndanlos para iluminarnos porque abajo está oscuro –le pide a los jóvenes-. Y bajen con cuidado.

-No se nota la escalera –comenta uno.
-Está muy oscuro y la escalera es súper empinada –dice otra alumna.

Ya estamos abajo. El relato de Juan concentra la atención.
-A los detenidos que estaban arriba los hacían cantar muy fuerte y con eso se perdían los gritos de la personas que aquí abajo estaban siendo torturadas.

Abajo, el ambiente es lóbrego. Es un lugar tétrico.
-Aquí tenían un tambor de agua donde a hombre y mujeres, desnudos, los sumergían. Era el submarino. Te amarraban y te golpeaban hasta obtener la información que les interesaba y si no era así, te pasaban a un camastro metálico, donde te amarraban y te aplicaban electricidad…

En la oscuridad de esta habitación, no es difícil imaginarse lo que habrían vivido hombres y mujeres prisioneros. Provoca escalofríos pensarlo. Mientras ha hecho este relato, hemos permanecido en penumbras. Ahora podemos encender la luz de nuestros celulares para subir a la superficie.

-¿Y quién soportaba más la tortura? – pregunta una de las estudiantes.

-Depende de la persona y de lo preparado que estuviera- responde Juan y comenta que en muchos casos hubo preparación previa y sabían a lo que podrían enfrentarse.

Regresamos arriba.

-Aquí no pasamos hambre. El desayuno, el almuerzo y la comida de la tarde eran muy buenas, éramos los detenidos que estábamos mejor alimentados- cuenta a los asombrados estudiantes.

Por la mañana, cuando aún no llegaban los torturadores, los prisioneros eran sacados de sus calabozos a trotar al patio. Lo hacían sin la venda. Cuando los devolvían a su encierro, debían volver a vendarse los ojos.

-Cuando corrían ¿los dejaban sacarse la venda?
-Sí, en la mañana.
-¿Y podían ver a la otra persona?
-Sí se podía ver, a los otros prisioneros y a los infantes de marina que nos custodiaban, ellos no se preocupaban, andaban todos vestidos igual y con un fusil, pero los cambiaban toda las semanas. Por el uniforme uno sabía que eran infantes de marina. A veces hasta uno conversaba con los gallos. Cuando llegaba la jefatura, que eran los tipos que mandaban, entonces nuevamente debíamos ponernos venda para que no les viéramos la cara porque esos eran los gallos más malos.

Pasamos a la pieza contigua donde funcionaron los baños.
-Había tres tazas y unas cien personas. Así que imaginen cómo fue esto…Pero no había ducha. Se accedía a ella sólo cuando a un detenido lo trasladaban a otro lugar. Dormir tampoco era fácil. En un espacio reducido había que acomodarse como fuera en el piso.

Hombres y mujeres estaban separados. Caminamos ahora hacia el lugar que ocuparon ellas.
Se escucha el trino de los pájaros. Parece un entorno idílico, con muchos árboles y un verdor atrayente. Pero quienes estuvieron prisioneros en El Morro nunca lo disfrutaron.

Juan no calla. Les explica a los jóvenes que la mayoría de las mujeres fue violada y que también varios hombres. Su relato, a veces, se torna brutal.

-Casi todas eran chiquillas como ustedes- les dice a las alumnas.
-¿Usted militaba en algún partido?-le pregunta una de ellas.

  • Era y soy militante del MIR-. ¿Saben lo que es el MIR?- les pregunta a su vez.
    -Movimiento de Izquierda Revolucionaria –se escucha a coro.
    -¿Y qué edad tenía?
    -21 años cuando llegué aquí

Las preguntas se suceden.

-¿Qué significa estar detenido e incomunicado? –quiere saber un estudiante.
-Estar aislado del resto. No poder hablar con nadie.
-¿Y cómo se incomunicaba en este lugar?-preguntó otro joven.
-Encerrándonos- fue la sencilla respuesta de Juan.
¡Pero cómo…? –dijo alguien y hubo un silencio. Juan los miró y luego les dijo:
-Tal cual como están ustedes aquí. Con los ojos vendados, parados, con la cabeza gacha, manos abajo, sin moverse. Cuando empiezas a darte cuenta que el tiempo pasa, escuchas ruidos, gente que circula y crees que no estás incomunicado y quieres ver, y ahí te llegaba toda la artillería encima porque te estaban vigilando. Uno estaba incomunicado del mundo que giraba a tu alrededor, no podías habar con nadie y tampoco te podían decir algo, los milicos te cuidaban para impedirlo.

-¿Y cómo llegaron a ser detenidos?
-Ellos sabían que estabas participando en alguna cosa, porque tenías militancia.

El tiempo pareciera haberse detenido. Las historias que cuenta Juan, van calando hondo entre los jóvenes. Varios de ellos se notan muy impactados.

Subimos por un sendero y caminamos hasta la entrada de algo que parece un túnel, algo escondido entre los matorrales.

-Tengan cuidado porque hay agua abajo en un sector. Caminen con precaución- se advierte a los estudiantes.

Descendemos por una escalera que apenas se divisa y nos internamos en un túnel. Está sombrío y húmedo.

Algunas jóvenes se asustan.
-¿Qué es esto?- pregunta una de ellas.
-Es como una oficina que tenían estos tipos, te traían acá, te obligaban a sacarte la ropa, te amarraban y te pegaban. Había un tipo que andaba con una varilla y te pegaba, uno sentía los golpes pero no sabía de dónde llegaban. Después de eso te llevaban al camastro metálico que estaba aquí.

David, que también ha bajado, afirma que a él lo llevaron a ese lugar, que había una puerta metálica y que lo pusieron en la “parilla” (catre metálico).

Hay silencio entre los jóvenes. Se nota que están conmovidos.
Juan les dice:
-Estar aquí a nosotros nos ayuda a superar nuestros temores y nos permite mostrarles a ustedes lo que aquí se vivió, para que sepan y conozcan directamente de parte de nosotros, los testigos vivientes, lo que ocurrió y lo puedan contar.

El ambiente es opresor. Es tiempo de volver a la superficie, mientras el otro grupo baja a ese tétrico subterráneo.

Arriba nos espera una pequeña llovizna. Las gaviotas que circulan por el cielo y los pájaros que trinan entre los árboles.

Volvemos a las instalaciones. En la primera dependencia nos espera Rodrigo Muñoz, presidente de la Corporación Mutualista Bautista van Schouwen, quien agradece la presencia de los jóvenes.

“Hasta hace poco este era un lugar desconocido, y como Corporación estamos empeñados en recuperar la memoria para que la ciudadanía lo conozca. Lo importante es que como sociedad aprendamos de la historia, por más que no nos guste o sea fea, hay que aprender de ella para no volver a cometer los mismos errores. Es el propósito de estas visitas. Informar y formarse y generar una cultura de derechos humanos”.

Al partir, un aplauso, algunos abrazos, apretones de mano y agradecimientos. En la bajada de vuelta al bus, algunos comentan y otros se quedan en silencio.

Jóvenes agradecidos

Vamos de regreso a Concepción cargados de emociones y experiencias que es difícil asimilar de inmediato.

Carolina se dirige a los estudiantes y les recalca la importancia de lo que han conocido en esta ruta y que es bueno que lo comenten con sus amigos y familia.

Luego, les ofrece la palabra por si alguno quisiera compartir su experiencia.

Fran toma el micrófono y agradece a los profesores que permitieron que pudieran hacer esta ruta.

-Creo que son pocas las instancias que se nos dan. En lo personal quedé súper angustiada, me llegó harto por experiencias familiares que me han ido contando, porque mis abuelos también sufrieron cosas así. El mensaje para todos mis compañeros que ojalá hayan meditado y analizado todo lo que se conversó y que de verdad transmitamos el mensaje y ayudemos a visibilizar todo lo que pasó , que el sufrimiento de las personas no sea en vano”.

Dani, de segundo medio, también tiene expresiones de agradecimiento: “Gracias por el recorrido porque uno puede tomar conciencia, es diferente ir a los lugares, estar donde la gente estuvo sufriendo rato y por donde nosotros pasamos como si fuera cualquier otro lugar. Esto tiene un peso histórico y emocional muy grande y uno lo llega a sentir y qué bueno que existen estos recorridos porque hacen pensar y dan ganas de que no suceda otra vez”.

También el profesor de Historia, Esteban Castillo, a cargo del grupo de alumnos, dice algunas palabras:
“Uno puede conversar mucho y podemos estudiar estas materias en el colegio, pero la oportunidad de conversar con personas para conocer sus vivencias personales, es distinto, asimilar esa situación vivida es algo muy complejo, por eso agradecemos esa apertura de una parte importante y tan dramática de su vida, creo que estos son los aprendizajes que van a quedar y esperemos que estas instancias se sigan desarrollando y que cada uno pueda hacer su valoración y tener presente el respeto de los derechos humanos”.

Ya estamos llegando a Concepción y antes de despedirnos, Carolina nos cuenta que existe la intención de convertir esta Ruta en una actividad más sistemática, al menos dos veces al mes.
Colegios municipalizados, pero también algunos particulares y grupos de universitarios, han participado en la Ruta, ciclo que finalizó en diciembre y que incluyó una Ruta Regional, realizada en conjunto con el Consejo de Usuarios Prais de Concepción.

Importante es señalar que durante el 2018, también otras organizaciones realizaron rutas de la memoria, como la Corporación por la Memoria y los Derechos Humanos, la carrera de Sicología de la Universidad de Concepción y el Departamento de Historia de la misma casa de estudios, entre otras.

En resumen, una buena experiencia para mantener viva la memoria, que se espera fortalecer durante 2019.

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