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Ocho meses sin Abel Acuña

por Juan Ortega

Abel Acuña Leal habría cumplido los 30 años en mayo de este año, pero quedó eternizado en los 29, cuando se convirtió en la primera víctima del Estado contra los manifestantes de la Plaza de la Dignidad. A ocho meses del hecho, conversamos con su padre sobre la represión y la impunidad que continúan latentes en un Chile que se niega a dejar de despertar.

Sobre la mesa que minutos antes Anselmo Acuña preparó con cuidado, hay queso, salame, jamón, galletas y marraquetas humeantes, pero también tres tazas y sólo somos dos: él, padre de Abel Acuña, y yo, su invitada esa mañana de sábado. “Pensé que venía con alguien más”, me dice mientras retira la tercera taza. Esa loza vacía que ningún té caliente llegó a llenar, parece albergar una ausencia aún más profunda. En toda la casa de los Acuña-Leal se asoma esa ausencia, la de un hijo que murió a los pies de la Plaza de la Dignidad, el 15 de noviembre de 2019. “A mi hijo lo asesinó Carabineros” repite Anselmo, de 60 años, varias veces durante nuestro encuentro.

LA PRIMERA NOCHE

El viernes 15 de noviembre de 2019, la Plaza de la Dignidad, ex Plaza Italia, vivía los albores de una revuelta social que aún no cumplía el mes. Abel Acuña, de 29 años, técnico laboratorista de profesión, portaba la bandera chilena que ya otros viernes anteriores había llevado para apoyar la manifestación que congregaba a miles de personas; lo acompañaba su amigo Rodrigo Vergara. Abel sufría de una patología cardíaca, por eso, cuando el aire, cargado de bombas lacrimógenas, cubrió la Plaza, Abel se sintió ahogado, y él y Rodrigo decidieron irse. Fue allí cuando cayó al suelo, sufriendo un paro cardiaco y siendo asistido inicialmente por un equipo de cuatro voluntarios del Servicio de Atención Médica de Urgencias, SAMU. Ante la emergencia, en pocos minutos, llegó una ambulancia con personal médico y, detrás de ella, el carro lanza aguas número 50 de Carabineros. Los registros de videos que circulan por internet, captados tanto por el grupo de salud como por las cámaras de 24 horas de TVN, son elocuentes: en ellos se ve cómo el vehículo policial dirige su chorro contra el punto en el que Abel estaba siendo atendido, golpeando incluso a la ambulancia. También hubo disparos y más lacrimógenas. “Al otro día, cuando tuve que ir a retirar algunas cosas de él en la mañana, en la Posta Central, estaba la ambulancia llena de agua, con marcas de perdigones”, recuerda Anselmo, “fue algo muy, muy, muy injusto, muy injusto”.

En un comunicado emanado al día siguiente, firmado por los presidentes de dos asociaciones SAMU y del SAMU Metropolitano del Colegio Médico, se afirma que el equipo de salud fue “agredido por personal de Fuerzas Especiales de Carabineros a través del carro lanza aguas, gases lacrimógenos y disparos de armas anti disturbios”.

En el documento se añade que “esta agresión impidió dar los cuidados necesarios al paciente”, denunciando además que una de las funcionarias del SAMU resultó “herida en una pierna por balines”. El testimonio de una de las paramédicas que intentó salvar a Abel, y que entregó a CIPER, resguardando su identidad, es aún más decidor:

Trataba de darle acceso de vía aérea del costado para que no aspirara eso.
Yo creo que aspiró, porque el guanaco nos dio de lleno.
Quedamos mojados de pies a cabeza (…) los Carabineros se ensañaron.
Ellos pusieron el carro lanza aguas ahí y comenzaron a tirar agua, ni siquiera lo hacían contra la masa,
sino directamente a nosotros. (…) fue un boicot al procedimiento estatal de salud básica.
(Abel) no sobrevivió por culpa de los carabineros. No le dieron chance al cabro de vivir.

Esto, Anselmo ya lo sabe, no estuvo ahí, pero la escena lo acompaña todos los días. Lo que no sabe o no logra terminar de entender es por qué: “Carabineros de Chile no está para agredir a las personas, está para proteger a los civiles, ¿qué peligro te puede representar un muchacho del pueblo que ya cayó al piso, que está absolutamente reducido?, ¿por qué le sigues disparando, por qué le sigues tirando agua, por qué lo sigues baleando? no había razón, a menos que tengas la intención de quitarle la vida en forma directa, y eso es lo que vio todo Chile”.

¿Qué opina de la represión de Carabineros?

Es gravísima, es una gravísima falta a los derechos de las personas, es grave, grave, porque si no estás en la parada del gobierno, estás listo para que te pongan un balazo o asesinarte, porque eso es lo que están mostrando.

¿También lo ha visto ahora, en tiempos de Covid?

Sí, hoy día está demostrado con creces que la institución está agrediendo al pueblo chileno que está reclamando en uno y otro hecho sucedido constitutivamente durante un período largo de tiempo, hoy está demostrado que la actitud es la de atacar a la gente que reclama sus reivindicaciones, sus derechos, su dignidad. Eso es lo que está pasando, y si tú escuchas con atención los discursos que dice la presidencia, cualquiera cree que tenemos un eminente presidente, pero Piñera dice una cosa y hace otra; o sea, o es culpable en forma directa o simplemente es un títere del capitalismo que dice lo que los demás le indican.

EL CAMINO A LA JUSTICIA

Pese a la pandemia, tanto Anselmo como su esposa Brunilda, siguen trabajando. Él, como eléctrico en una empresa, y ella en una lavandería industrial a cargo de la ropa de cama de algunos hospitales. Los sábados Brunilda tiene turno, y Anselmo pasa las mañanas estudiando alemán en una plataforma online a la que acude no sólo para aprender el idioma, que ya maneja básicamente, sino también para distraerse, “es que sabes qué, llega un minuto en que tú no hayas a qué dedicar tu tiempo, porque piensas, piensas, piensas. Entonces esto me mata el tiempo, me ayuda harto, y estando días solo, me siento a ver televisión, pero no veo televisión, me corren las lágrimas no más, porque echas de menos. Todo te representa a la persona que te hace falta, todo, todo, todo. Lo que para algunos fue un evento puntual, para uno es permanente, todos los días quedas ahí como marcado, es un dolor permanente. Tómate el tecito que no se te enfríe”.

La situación del país ha afectado el curso de la querella presentada por la familia en enero de este año contra quienes resulten responsables de la muerte de Abel. “El tema de la pandemia le vino como anillo al dedo al gobierno, porque hoy día va a poder hacer arte y parte con la querella y la va a alargar (…) nosotros esperamos que una vez que volvamos a una relativa normalidad, se aclaren los hechos, y que las personas que efectivamente estuvieron involucradas, sean juzgadas. Pero el tema de la querella hoy en día es como secundario, porque las autoridades van más en cómo buscar pruebas en contra tuya que en ayudarte, así de frío”.

¿Por qué dice eso?

Porque hoy en día, así como están las comunicaciones, nadie puede decir que no se sabe quiénes dieron las órdenes, quiénes fueron las personas involucradas en cada hecho, ellos sí saben, que no lo quieran dar a conocer y que lo quieran ocultar, es otro tema, pero todas las personas saben, están los videos, están las pruebas, está todo. No obstante, viendo la cantidad de gente caída, más allá del fallecimiento de nuestro hijo, los carabineros quieren presentarse como víctimas, como que a ellos se les hizo daño, cuando el daño directo lo está recibiendo el pueblo de Chile. En nuestro país están cerradas las puertas a los que somos un poquito más humildes y tratamos de buscar ayuda. Usted va a un grupo, golpea la puerta, le dicen que no y le va mal. Usted va a otro grupo y es la misma historia, y si le abren la puerta, después viene otra traba más, que no está tal persona, y al final entras en una burocracia en la que tú no llegas nunca a lo que buscas.

¿Y qué es lo que usted busca?

Justicia. Yo estoy contra las venganzas, yo estoy con la justicia, la justicia es la que se tiene que producir, castigo justo para las personas que intervinieron en este caso y en la infinita cantidad de casos. Si actuaron mal, si actuaron de forma imprudente, tienen que ser encarcelados, tienen que al menos estar privados de libertad, al menos que reconozcan que se están mandando la mansa embarrada; lo mínimo. Con eso no te van a pagar la vida de un hijo, jamás la vida de un padre ni de alguna persona que haya caído en la calle, pero al menos ese carabinero va a tener que pensar antes de agredir a otra persona.

Por el caso de Abel existen dos denuncias en Fiscalía: una hecha por la familia y otra hecha por el SAMU; además de dos querellas por el delito de homicidio: la primera, presentada el 21 de noviembre de 2019 por el Instituto Nacional de Derechos Humanos; y la segunda, presentada por los abogados de la familia ante el Octavo Juez de Garantía de Santiago, el 30 de diciembre de 2019. Asimismo, existe un sumario interno en la institución de Carabineros que, hasta julio de este año, continúa en “tramitación”.

HASTA QUE LA DIGNIDAD SE HAGA COSTUMBRE

Anselmo siempre está pensando en colectivo. Le pregunto por su hijo y me habla además de otras víctimas; le pregunto por su sensación como padre y me habla también del dolor de otros padres y madres. Para él, todo esto que pasó, “no fue tan sólo la vida de mi hijo, ¿cuánta gente cayó?, si aquí no es uno, son muchos los perjudicados, no hay consciencia tranquila con este gobierno”. Me cuenta que a los días siguientes de la muerte de Mauricio Fredes, ocurrida el 27 de diciembre en cercanías de la Plaza de la Dignidad, tras caer a un foso con agua producto del carro lanza aguas, parte de la familia Acuña-Leal visitó la casa de Mauricio. “Yo no quise ir porque estaba demasiado mal porque fue muy poco después de lo de Abelito. Pero se ha hecho una comunión entre los que hemos pasado este mal, porque no podemos ser tan egoístas de verlo como un mal propio, sino que este es un mal a Chile, que nos ha perjudicado como país”.

Abel se había titulado de Técnico en Laboratorio Clínico y Banco de Sangre en AIEP. Anselmo me muestra el cuadro en el que el joven sonríe a la cámara sosteniendo el cartón en sus manos, acompañado de su madre. En la imagen, con letras blancas, se estampa la fecha de su graduación: “octubre 2019”. Un mes antes de morir. No fue lo único que Abel hizo ese mes, también se anticipó a las fechas festivas y compró por adelantado los regalos que entregaría a su familia en Navidad. “Pero Abel, estamos en octubre”, recuerda Anselmo que le comentó a su hijo, “sí, pero es que después no voy a tener tiempo”, le respondió. En esa ocasión Abel compró dos chaquetas iguales, una para él y una para su hermano mayor, Elías. “Yo le pregunté que por qué las chaquetas eran idénticas”, ‘Es que nunca las vamos a usar juntos’, me dijo. Al final era una predicción de que no iba a estar, parece”. Poco de nochebuena tuvo ese 24 de diciembre, “la pascua fue puro llanto, el Abelito había comprado regalos para doce personas, fue muy fuerte”.

Es que Abel era así, espontáneo, alegre, despierto, querendón de su familia, atento siempre a los consejos de su padre, consejos que Anselmo comparte también conmigo: “Mientras más ignorante sea un pueblo, es más fácil dominarlo. Los grandes capitalistas saben que pueden abusar de un pueblo ignorante, por eso nosotros, como pueblo, debemos educarnos, y eso hay que inculcarles a los niños desde pequeños”.

¿Y usted se lo inculcaba a Abel?

Abel aprendió a que tenía que hacer valer sus derechos, él estaba claro en eso, que se tenía que educar. A él le costó bastante, le costó, pero tenía un pilar fuerte, un pilar solidario que le decía: hijo, nada es fácil en la vida, nada, si tú estudias cualquier carrera, por sencilla que sea, hay que poner mucho esfuerzo o quedas botado en el camino.

¿Y por qué cree que Abel iba a la Plaza de la Dignidad?

Es que él tenía bien claras las convicciones de que iba a acompañar al grupo, llevaba su bandera y cantaba y gritaba, le gustaban las manifestaciones artísticas, la forma en que la gente gritaba y pedía. Yo le decía: “¿Por qué vas?”, “papá, yo tengo que estar ahí porque yo tuve la oportunidad de educarme”, “¿pero por qué vas a luchar por la educación si resulta que tú ya tienes educación?”, “porque no quiero no más yo ser el educado, quiero que mis primos, que mis futuros hijos, que la gente joven en general, tengamos mejor formación”, yo siempre le inculqué eso. Él estaba alegre cada vez que iba porque lo sentía como un triunfo, que la gente estuviera ahí y que no tuviera miedo.

¿Qué opina de lo que está pasando hoy en Chile?

Hoy en día vamos a tener que sacarnos los ojos con el tema de las AFP. Si se logra el 10% sería bastante digno, porque nadie tiene la vida asegurada. Yo quisiera que a la gente se le diera un mínimo porcentaje de las AFP para que pudiera solventar esto difícil que se está viviendo. Cuando la gente fue a pedir cosas justas a la Plaza Dignidad, se habló de salud, de educación, de vivienda, de una mejor pensión para los adultos, se fue a pedir algo digno, algo que nosotros merecemos, que yo tenga las mismas oportunidades que otro señor que tiene o no tiene dinero, equidad, eso es lo que queremos nosotros, dignidad en nuestra nación, para que hagamos una sociedad justa y ordenada donde no se produzcan estas tremendas brechas entre el que tiene miles de millones y el que no tiene nada y tiene que vivir en la miseria. Y nuestro país da el ancho para darte eso, pero se nos negó y no se nos escuchó nada, nos dijeron que no había medios, y yo podría haberlo comprendido si de verdad no hubiéramos tenido los medios, pero vino el tema de la pandemia, y vimos que sí estaban los medios, sí estaba la plata, ¿por qué ellos cometieron genocidio en nuestro país, por qué tanta muerte injustificada, habiendo tenido las herramientas, estando los capitales para solucionar todo esto en forma digna? Hoy han demostrado con creces que sí había recursos, que fue falta de voluntad política. Por eso te digo que yo no podría ser apolítico.

Pese a todo lo que pasó, usted sigue firme en sus convicciones.

Mis convicciones no las he cambiado.

CON ABEL EN EL CORAZÓN

En estos meses, Anselmo ha recibido ayuda psicológica. “Si bien es cierto, uno nunca va a tener la felicidad que tenía, por lo menos ahora estoy un poco más tranquilo, me enseña a mitigar, a entender. Igual la resignación no existe aún, todas las noches le hago oraciones a mi hijo, pensando que existen otras instancias más allá de esta vida donde podría reencontrarlo, pero en realidad es una búsqueda de conformidad que uno no tiene”. También lo ayudan otras cosas, la esperanza que despierta en la familia su única nieta, Martina, de siete años, hija de Elías. Asimismo, el apoyo de la comunidad y los gestos de solidaridad. Me cuenta que la Asamblea Autoconvocada del sector levantó un centro de acopio al que llamaron “Abel Acuña” y despliega, con más ternura que orgullo, un cartelito que lo confirma y que guarda en uno de los cajones de la casa. Le pregunto si cree que su hijo estaría participando de las ollas comunes y dice que sí, “se habría sentido feliz porque nosotros siempre hemos compartido bastante. Por ejemplo, hoy día estamos preparando una caja con las cosas que nos han llegado, para entregárselas a algunos familiares que hemos visto que no la están pasando muy bien, porque pucha, si yo tengo, comparto con la gente, y si podemos cooperar en lo que sea, cooperamos; sería ir en contra de nuestros principios no compartir lo que tenemos”. Añade que, además, su hijo habría estado ayudando a las personas contagiadas, “por su profesión, él iba a estar metido ayudando de forma activa, cuánto nos habría servido un profesional de ese tipo, como Abel, que sabe hacer análisis, que sabe reanimar personas, habría salvado quizá cuántas vidas en forma indirecta”.

Salimos a la calle a dar una vuelta por la Villa Arturo Prat. Anselmo responde el saludo de sus vecinos, me mira diciéndome que ha recibido el apoyo de quienes menos esperaba, incluyendo el de la alcaldesa de Maipú, Cathy Barriga, de quién está agradecido “porque nunca me ha preguntado por mi color político ni nada, y se ha portado así”, dice haciendo un gesto positivo con su mano izquierda. A pocos pasos de la casa, una pequeña plaza foresta los pasajes. En uno de sus muros está pintada la cara sonriente de Abel, en cuyos ladrillos inferiores se trepan velitas y restos de flores. A los costados, dos murales llaman la atención, ambos están dedicados a Abel, pero uno fue pintado por la barra de la Universidad de Chile y el otro por la del Colo-Colo. Ambos permanecen impecables, intactos. Esa unión, la de dos equipos en permanente rivalidad, que se hermanaron históricamente en la Plaza de la Dignidad, se multiplicó también en otras plazas, incluyendo esta, la plaza del barrio desde donde Abel, eternamente detenido en una pintura, mira a los niños y niñas que él alguna vez fue.

¿Cómo quiere que sea recordado su hijo?

Al Abelito se le recuerda como el primer mártir de la Plaza Dignidad. Ojalá que en el futuro podamos hacer una placa y poner el nombre de él y el de todos los que fueron cayendo, 20, 30 personas. O por lo menos algún recordatorio en alguna parte, en el que se diga que esas personas dieron la vida por la dignidad de nuestro país, por la justicia, porque hubiese mayor equidad.

¿Y qué espera del gobierno en el caso de Abel y de las demás personas que cayeron, como dice usted?

Que una vez que nos establezcamos como nación y que levantemos el tema de la Asamblea (Constituyente), se retomen los juicios en general, para todas las personas; sentir que de verdad hay un acuerdo para aplicar la justicia: “Mira, sabes qué, vimos tu caso, vimos este otro caso, y este otro caso, y se hizo un juicio, las personas reconocieron sus errores”, eso es lo que buscamos, no hay otros fines. Las personas buscamos justicia para que esto pare de ocurrir. Es horrible quedarse con esa sensación de que no hay justicia y de que, más encima, sigue ocurriendo lo mismo.

¿Si no encuentra justicia a través de las vías legales, qué es lo que va a hacer usted?

Si no se hace justicia acá en Chile, hay instancias mayores a las cuales podemos ir, otras entidades que van más allá de nuestra nación en las que sí se puede hacer algo para que sean enjuiciados, principalmente, los autores intelectuales de los hechos graves que han acontecido acá en Chile. Porque en mi caso yo puedo hablar como afectado, como padre dolido, pero más allá de eso yo quiero que primero pasen por la justicia los autores intelectuales del genocidio que se cometió en Chile, por todos los chilenos que han fallecido injustamente. Pero algo vamos a hacer, algo grande. Y ojalá que después se creara una fuerza política de tal forma que de verdad luchara por la equidad, que de verdad luchara por los derechos.

Ya es tarde, hemos perdido la cuenta de cuántas galletas nos llevamos a la boca entre palabra y palabra. Qué importa, Anselmo recoge las restantes y las envuelve en una servilleta para que me las lleve en el camino de regreso. Se ríe mirando al techo y repasando en su cabeza todo lo que hemos hablado. “Yo tengo bien claras mis ideas y si me escucha el Piñera, me mete preso”, me dice. Luego, con ojos resueltos, agrega:

“¿Yo qué tengo que perder hoy en día si ya perdí parte de lo más valioso que tenía? Seguir reclamando, seguir peleando ya es parte de mí”. Me acompaña hasta la reja, en la cuneta de la esquina está escrito el nombre de Abel. Nos abrazamos, y al despedirnos, me detiene: “Por favor incluya en la entrevista mi saludo de todo corazón a los que sufren por las pérdidas de sus seres queridos que han partido luchando y clamando dignidad, y a aquellos que luchan dignamente por sus derechos. No hay que olvidar que la justicia también es un derecho”. Le sonrío, me sonríe de vuelta. “Y vuelva, no se pierda, muchos dicen que van a volver y no vuelven más”.

Por Paloma Grunert, periodista de Londres 38.

Documentos citados en el texto:

Comunicado SAMU sobre caso Abel Acuña

Publicado por el SAMU el 16 de noviembre de 2019.

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