No quieren ver

Por Wilson Tapia Villalobos.-

Es cierto que algunos políticos no pueden ver. Ya no están capacitados. Se enceguecieron desde pequeños cuando escucharon los cuentos que se narraban en sus casas. Esos que eran protagonizados por los abuelos que llegaron desde tan lejos y civilizaron estas tierras salvajes. Otros fueron enceguecidos por ideologías que avalaban la avaricia y se asentaban en que la diferencia entre ricos y pobres era divina. O, en el más terrenal de los casos, la marcaba la disposición al trabajo o a la holgazanería. Así eran los cuentos que se escuchaban en las casas acomodadas de quienes ostentaban el poder. Y nada de eso ha cambiado.

Hay otros que, simplemente, no quieren ver. Son los que llevan apellidos con muchas consonantes y que, a veces, ostentan un van entremedio, porque, dicen, es el aval de su hidalguía. Lo que los acredita como los que trajeron cultura a estos terruños perdidos. Y se sienten dueños del país. El resto, los que son pasados a llevar o explotados, son simples patipelaos, como tan graciosamente los llama la senadora de la Unión Demócrata Independiente (UDI) Jacqueline van Rysselberghe.

En estos días, en que los chilenos han comenzado a sacarse capas de rabia que llevaban años pegadas a los intersticios más recónditos del alma, los enceguecidos o los que no quieren ver, están enrabiados y sorprendidos con lo que pasa en las calles. Más de alguno tilda de malagradecidos a los manifestantes y derraman lágrimas de furor por los policías heridos. Cuando se les hace ver que los balines y golpes policiales también provocan laceraciones, la respuesta es una: ellos se lo buscaron.

Y la ceguera ya es un mal que lo justifica todo. El presidente Sebastián Piñera va en un 13% de apoyo. Hay un 87% de chilenos que no cree que lo esté haciendo bien. Que no lo quisieran tener dirigiendo el país. Pero él insiste en sus soluciones acotadas. Acotadas por los intereses del sector económico al que pertenece. Sin ceder ante demandas que van mucho más allá que las propuestas de una agenda social que no responde a lo que las manifestaciones ciudadanas están pidiendo en las calles.

Recientemente, el mandatario, en entrevista con la BBC de Londres, aseguró que no pensaba renunciar al cargo. Que se mantendría en él hasta el fin de su mandato, lo que ocurrirá en 2022. Sin embargo, todos los análisis coinciden en que su futuro próximo no será sencillo.

El estallido social chileno dejó al descubierto un malestar que apunta directamente a la base del sistema neoliberal que impera hasta hoy en el país. Y resulta obvio que el presidente Piñera no es partidario de hacer cambios profundos en él. Es cierto que ha llegado a decir que las protestas ciudadanas lo sorprendieron, que no conocía el detalle de lo que la calle le estaba diciendo. Pero, al parecer, cree que eso lo resuelve entregando más soluciones parciales, que es lo que han hecho los sucesivos gobiernos que surgieron luego de la dictadura del general Pinochet (1973 – 1990).

Hasta hoy se mantiene vigente la Constitución Política creada en ese período. Pareciera que los políticos progresistas chilenos no se atrevieron a ir más allá por temor a un nuevo levantamiento militar. Un temor que, 30 años después, no parece justificarse, como lo han hecho ver quienes protestan en las calles y piden, entre otras cosas, una nueva Constitución.

Pero es difícil despertar del letargo político. Las protestas reflejan mucho malestar. La lista de peticiones es extensa. Sin embargo, todas reflejan la rabia que provoca el engaño, el abuso del poder -ya sea económico o político- para embaucar al ciudadano. Y pese a la claridad con que se manifiesta este sentir, el Presidente no da señales de haberlo entendido. Sus respuestas siguen la misma línea de siempre. La solución mezquina a cargo del dinero estatal, como lo sugiere con el sueldo mínimo. Nada de tocar el bolsillo de quienes manejan la economía nacional.

Y está claro que el chileno ya entendió que el sistema lo esquilma. Que lo hace en beneficio del 1% de la población que maneja el 90% de la riqueza nacional. Fueron muchos años en que se sumaron manejos turbios. Desde aquellas colusiones que se castigaban con clases de ética, hasta cobros abusivos que nadie podía rechazar. Hoy, en medio de todo este ambiente convulsionado, los responsables de la colusión de los pollos siguen intentando que la Justicia eche pie atrás y anule las multas que les fueron fijadas. Para Cencosud, es el equivalente a US$5.5 millones; para Walmart, US$4.2 millones; para SMU, US$3 millones. Migajas, si se las compara con las grandes fortunas que sus propietarios han logrado amasar con manejos turbios.

El presidente Piñera seguramente continuará sin entender lo que piensa el pueblo que lo llevó al lugar en que se encuentra. En la entrevista con la BBC, él se ufana de la gran votación que lo catapultó al solio presidencial. Sin embargo, hoy las cifras dicen otra cosa. Y la explicación escapa a su entendimiento. No es que no quiera ver. Le es imposible.

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