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NAVIDAD EN OTOÑO – (título del editor)

por sedec

Bailar al ritmo del eco del tamborpor Darwin Rodríguez Saavedra desde Tomé

dia-madre
A propósito de un artículo escrito en los Estados Unidos por el poeta chileno y medio entomecinado, Javier Campos.

Extraño escribir de la navidad en este tiempo (Mayo). Es que la última moda que llega al invierno chileno es la que dejaron atrás los gringos, porque cuando nosotros empezamos con la lluvia, ellos, su verano.

Hace un tiempo escribí  un artículo sobre los libros y no tuvo mucha aceptación. A los tres renglones fue abandonado a la intemperie de la indiferencia lectora. Entonces me dije, o estoy muy complicado o los lectores no tienen tiempo que perder, en lisuras. ¡Que leso, que soy! Y me enclaustré por varios días. Me fui a negro, solo sé que nada sé, me dije, parafraseando a Sócrates. No vuelvo a escribir más en mi vida, los tiempos me han dejado atrás, las humanidades, la literatura, el arte está pasado de moda.

Hace un tiempo tuve la mala idea, en un encuentro casual e involuntario, con un doctor advenedizo en Tomé, de ofrecerle un libro tomecino. Yo no leo esas cosas dijo, despectivo. Supongo que debe ser uno de esos que las enfermeras llaman Dios-tores, que los saben todo. Otra vez a un ex-comerciante de botellas, presumido prolegómeno, le comenté de un autor local, no, no,  yo dejé eso atrás, ahora leo pura ciencia (sic).

Me deprimo. He llegado al extremo de querer cambiar este oficio ocioso, literoso, canceroso, revoltoso, pernicioso: Traicionarlo, negarlo. Niego el ocio. Neg-ocio. Mejor me dedico al fútbol o a la tele, allí está el futuro y el éxito; o quizás me matriculo en una carrera corta.

En eso estaba cuando llegó el invierno, los primeros chubascos, un poco de frío, vacunas de tercera edad. El día nublado retrotrae recuerdos de juventud, urguetéo en la antiguas páginas de www.elsaber.cl, donde encuentro la columna del poeta lejanamente entomecinado, Javier Campos, “Consumir o morir en el intento”.

Una navidad que ocurre en el diciembre nevado de norteamérica. Es fiesta de amor y paz; pero el título ese de Consumir, provoca mi condición de tomecino, pueblo pobre, digno y en peligro; por lo que me propongo escribir un texto “Contracíclico”.

Interrupción metafísica

Cuando los filósofos debatían de trascendencias metafísicas Descartes pone,  metodológicamente, todo en duda, concluyendo en que no se puede dudar que duda y,  SI DUDA, EXISTE. Eso es el famoso e incomprendido COGITO ERGO SUM.

Para Javier, y otros/as muchos/as, una correcta y actual interpretación del cogito sería: CONSUMO  LUEGO  EXISTO.

Vuelta a poner los pies en la tierra

Volvamos al mundo material y concreto: se acerca el invierno y con él, las liquidaciones de prendas de la última moda, las que dejaron los gringos cuando el calor les empieza a derretir la nieve a los árboles pascueros y las ardillas salen de sus escondrijos.
El  último grito de la moda que llega en los lluviosos mayo-junio de la Cruz del Sur, es la que ya pasó en los nevados  noviembre-diciembre del año anterior en el hemisferio de la Aurora Boreal.

Es rara la navidad y su prima fiesta, el año nuevo. A los sentimientos nostálgicos propios de una intimidad, se agrega el stress del consumismo a-creditado, la onda catastrófica de la crisis subprime, la manipulación de los mass media auspiciados por las supertiendas. Me confundo, trajes de viejos pascueros con botas a 30 grados de calor, nieve artificial en los pinos plásticos, invierno en diciembre, los marines en Guantámano escuchando villancicos, créditos baratos en medio de la crisis y el precio del pan que no baja. Me confunde tanto que hablo de la Natividad de Cristo cuando recién pasó la  Semana de su sacrificio por la humanidad.

Ya sé, me estoy poniendo complicado, pero no se preocupen porque yo me entiendo de lo más bien, y no me abandonen porque me deprimo. O será que me estoy volviendo loco. No, no creo porque como canta Paco Ibañez, maestro de Serrat, “ya no hay locos, ya no hay locos en España, se murió el Manchego, ya no hay locos en España.”

En mis recuerdos, la navidad canadiense, con nieve verdadera, sin renos. Con alces, los primos cornudos de Rudolf el de la nariz roja atravesando las carreteras.  En las esquinas centrales y en los malls, altares del consumo, los coros sobrecogen de tal manera que convierten el acto de comprar en una acción casi divina. Para eso hay dinero, nunca de sobra, dificultuoso, ahí está, a veces restringido, pero no falta el pavo, ni tarjetas con intercambios de ternuras.

Y Thanksgiving Day, el 21 de mayo, el día de la mamá, Las Fiestas Patrias. ¡A comprar a comprar que el mundo se va a acabar!

El calor sofoca las calles de Concepción. La gente camina rauda, excitada, con sus bolsos y carteras apretadas por temor a los pungas que pululan, a pesar de las guardias que ha puesto la alcaldesa con uniformes de los mismos colores de su reciente, exitosa campaña de tercera reelección. Ulloa el rival derrotado, se enoja, desaparece, no compra regalos de navidad, cosa de burgueses, dice, de picota. No quiere escribirle al viejito reconociendo que se ha portado mal, que no hizo bien las tareas, que se conformó con las notas que sacó años atrás, cuando creía en la revolución y el allendismo. Otro tanto le pasa a reconocidos candidatos a reelecciones. Se salvan los que se han portado bien y mantienen la humildad; y algunos pocos sobreviven porque el viejito pascuero no encuentra a otro que merezca. ¿sé oye?

En Tomé, las ventanas vuelven a tener vidrios rotos y la pintura de las paredes se descascara. Lo cesantes son como antes, para la primera crisis textil. Los planes de absorción se concentran en las mismas rebarridas veredas centrales. Más colorida la ciudad eso si, las ropas de casimires oscuros ya se rompieron en el poto. Los jeans de la ropa amaricana hacen juego justo, a la moda, con poleritas de 2 x 1 que rematan los chinos, porque en las calles nevadas del norte ya pasaron de moda. Agarramos las sobras, andamos a la feneciente moda de los states y eurótica y asiapea.

Pero falta el pan. La cena de navidad (la cena de cada día) será de caras largas, los pequenenes no se conforman con juguetitos de juguete, quieren las marcas que ven en los plasmas de las vitrinas gigantes del Concepción moderno. Los viejos luchan por tener comida, la consigna de pan, trabajo y libertad, se repone parcialmente, pues no falta, más bien sobra, libertad…de mercado.

Aunque no le guste a Javier, capotó el consumo real.

Dice él: “No estoy en contra del llamado consumismo, o consumir en exceso, pues es parte de un sistema de mercado que vivimos en casi todo el planeta y es así como se mueve complejamente la economía y se crean nuevas tecnologías”

Escucho un villancico se me sobrecoje el alma. La ternura me inunda los ojos. La navidad es la fiesta del amor, resplandecen las virtudes del mercado. Pienso que algún don francisco del siglo 21 debería hacer una navidatón, para que recoja los restos, casi sin uso, del consumismo del sur y los embarque al hemisferio norte y hacer más felices a los nativos y inmigrantes económicos o políticos. A esos que como lo muy bien describe Javier en la columna mencionada: “Venía de un pueblo del sur de Chile donde poco, o casi nada, podía “consumir”. Para comprar el único pantalón que usé casi tres años, todos los días en mi vida universitaria, tuve que pasar seis meses pagando una cuota en Falabella que me parecía un suplicio”.

Los partidarios del mercado y el consumo golpean la democracia, Javier, hijo de la época de sueño, discípulo de la Universidad de Concepción, la de Miguel y Bautista y tantos otros, va al exilio en busca de la libertad perdida:

“Y entonces me recibe un amigo en el aeropuerto de Minneapolis y antes de preguntarme un poco de mi viaje, me habla de su perro. Un mastín inglés que comía (él me iba informando mientras manejaba desde el aeropuerto) tres bistec gigantes cada día pues su “mascota” (luego lo conocí) parecía un león africano.”

Desde ese país ahora Javier escribe para www.elsaber.cl y el www.mostrador.cl y otros medios del “frío y mugriento sur” de Manuel Rojas, ese de El vaso de leche, Hijo de ladrón y otros tantos orgullos de las letras chilenas.

De austero a embustero

Recuerdo mis navidades de niño, felices con mis hermanas y hermano. Camioncitos de madera, pelotas de goma muy reboteadoras, muñeca mis hermanas, zapatillas o poleras, una vez una lapicera parker, bilz para la cena, ensaladas de apio con rabanitos, asado a la olla con papas cocidas o un pollo que no eran broiler sino de campo. Sobretodo el cariño de nuestros padres y familiares.

Sé que no es navidad pero si no consumo no existo, perdonen entonces que deje esto hasta aquí para salir a Concepción a comprar de un cuantohay, para eso tengo una colección de tarjetas con la que ahogo la pena por la cesantía tomecina.

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