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Los feminismos comunitarios migrantes desde una mirada territorial

por Patricio Rivera

Por Vanessa González Peña

Para aquellas personas que vivimos en la orilla sobre el filo constante de la decisión, cruciales y solas, para quienes no podemos abandonarnos al sueño de la elección, a quienes amamos en los umbrales, mientras vamos y volvemos, en las horas entre amaneceres, mirando hacia dentro y hacia fuera, al tiempo antes y después, buscando un ahora que pueda alimentar futuros. (Audre Lorde, 1978)

Las feministas inmigrantes, exiliadas, refugiadas e incluso retornadas, somos fundamentalmente feministas tanto comunitarias como territoriales. Nuestra condición de existencia o posición en el espacio social, dentro de estas categorías, se basa en la noción de vernos desarraigadas física y emocionalmente de nuestros territorios de origen e insertarnos o involucrarnos en otros espacios con la perspectiva de que nuestro primer territorio y soberanía proviene de los propios cuerpos que nos movilizan, y que el re-territorializarnos es nuestra proeza cotidiana. Luchamos por nuestro derecho a existir en los territorios de tránsito o de llegada y por nuestro derecho a construirnos a nosotras mismas en el proceso de habitar.

El reconstruir nuestros cuerpos en relación al territorio pasa por reconstruir también nuestras identidades, que se ven enfrentadas a un conjunto social aparentenemente diferente con el que ahora tenemos que interrelacionarnos y que en muchos de los casos nos segrega. Es más difícil aún cuando nos asumimos cuerpos políticos, cuando las voces que intentamos impulsar quieren ser calladas con comentarios de tipo “¿qué van a saber las personas inmigrantes? ¿por qué no se van a opinar a su propio país? Acá no hay cabida para ustedes”.

Llevamos a cuestas expresiones de despojo, violencia y destrucción que nos han relegado a los llamados fenómenos migratorios, flujos o diásporas. En este recorrer tanto los funcionarios como académicos nos reducen a números y los sistemas que han empujado nuestro desplazamiento nos sentencian por buscar condiciones dignas; con la constante amenaza de homogeneizarnos y controlarnos para hacer desaparecer nuestra historia, cultura, tradiciones, espiritualidades, luchas políticas.

Una de las mayores dificultades con las que nos encontramos en el camino es la de reconstruir los afectos. Nuestros afectos tienen la sensación de haber quedado fragmentados en el difícil camino de la migración; quizá en el asiento de autobús o de avión que nos movilizó, en el camino que tuvimos que andar a pie por kilómetros, en las fronteras que nos rechazaron o recibieron con suspicacia, como si nuestro recorrer ya fuese un motivo en sí mismo de sospecha por criminalidad. Y es que lo que creemos que sustenta gran parte de las injusticias que nos atraviesan en los espacios a los que llegamos, es que nuestro cuerpo y nuestro habitar se penalizan automáticamente; es decir, que existe un sistema implacable que ubica a nuestros cuerpos en la ilegalidad de ser y en la imposibilidad de estar o residir. Este sistema con sus dimensiones tanto políticas como jurídicas, económicas y sociales, promueve la construcción de subjetividades que discriminan, violentan y someten desde discursos racistas, fascistas, coloniales y patriarcales.

En nuestro deseo de levantar luchas políticas transfronterizas o dignificar nuestras condiciones como pueblos, encontramos grandes barreras que nos siguen relegando a un lugar de exclusión y que de cada tanto nos hacen sentir que estamos solas; donde el intento por reconstruir los afectos y las resistencias es hasta a veces más doloroso que la experiencia de haber vivido uno o más desarraigos. La discriminación y el rechazo se vive desde adentro y desde afuera de la piel: desde adentro, con la negación de la historia, cultura, orígenes, resistencias; y desde afuera, con el rechazo a nuestra forma de actuar, de hablar, de hacer, de vernos, de estar en el mundo.

Somos muchas y tenemos una historia en común que nos atraviesa, tanto dentro de nuestra región latinoamericana – del Abya Yala- como de forma intercontinental y desde diásporas de hace cientos de años que caminan a través de nosotras desde las primeras oleadas colonizadoras. Nuestras migraciones están marcadas por años, recuerdos, relaciones y conflictos, y cada tanto vamos guardando un pedazo de nuestras memorias como una suerte de tesoro que nos permite seguir creyendo en un futuro que a veces consideramos incierto.

En cada migración hay un quehacer político: el de la reivindicación, el de hacer visible que ningún ser humano es ilegal, el de incidir políticamente tanto en nuestro reconocimiento en los territorios como en las políticas de los Estados. La experiencia de la migración se afianza para siempre en nuestros cuerpos y nos lleva constantemente a repensarnos cuál es nuestro lugar en el mundo, el cual a veces no está claramente identificable.

Aún así, la fortaleza que construimos día a día es indestructible, así como nuestro ímpetu en defender el derecho a pertenecer a un territorio, e incluso en defender esos mismos territorios -que pasan a ser hogares- de las vulneraciones, violencias y despojos que promueven quienes están contra de la garantía de los derechos básicos fundamentales. Las raíces que llevamos a cuestas siguen creciendo, así como el arraigo desde la acción de tejernos, construyendo espacios, estructurando redes y afiliaciones con las que nos identificamos y que nos sostienen. Desde una perspectiva plurinacional nuestros pies siempre estarán bien anclados en tierra, y más que nadie sabemos la lucha que tenemos que llevar a cabo para defender nuestro cuerpo-territorio.

Es preciso recordarnos con frecuencia a nosotras mismas que nuestra acción de intentar pertenecer (en un mundo de la-no-pertenencia) y nuestra lucha por permanecer (ante el no-reconocimiento) es la verdadera lucha por la autodeterminación. Esta resistencia que no hace más que fortalecernos -a pesar de nuestra precariedad y vulnerabilización- se contrapone tanto a todas las formas de dominación como a la suma de todas las desigualdades que se nos imponen y hasta se reproducen dentro de nuestras propias relaciones y comunidades.

Nos seguiremos asumiendo contra-hegemónicas: aunque se nos quiera poner restricciones, limitar nuestros movimientos y nuestras formas de vivir, no vamos a permitir que nos determinen bajo el ojo del estigma sólo porque existimos. La migración se puede a veces sentir como una herida que no va a cerrar con el tiempo; sin embargo, desde las heridas también se pueden construir los vínculos más fuertes y duraderos aún cuando el dolor no desaparezca. Y como nos dice Audre Lorde: por eso, es mejor hablar, recordando que no se esperaba que sobreviviéramos.

Fuente: Revista Sur

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