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Los ajustes de la pandemia

por Patricio Rivera

Por Wilson Tapia Villalobos.-

La pandemia que hoy nos afecta ha servido para que muchos saquen a la luz malestares y, a veces, hasta odios que tenían atascados en algún conducto estrecho de su manera de pensar. Es recurrente leer y escuchar referencias y análisis que retrotraen todo al estallido social y los días siguientes. Y se hable de la intolerancia que quedó de manifiesto en lo ocurrido el 18 de octubre y días posteriores. Del odio que contenían las protestas, de la violencia con que se desarrollaban, del menosprecio a las normas democráticas, de la ausencia de propuestas para superar el grave estado en que se encontraba la sociedad y que llevó a una de las manifestaciones multitudinarias más concurridas de que tenga memoria la historia del país.

El freno que creó el enclaustramiento generado por la pandemia dio paso a un lapsus en que aparecieron los análisis intelectuales. Y el material que auscultaban fue tomando la misma forma que tenía la sociedad chilena antes de octubre, cuando aún los dirigentes no caían en cuenta de que desconocían la realidad. Ese reconocimiento llevó a parlamentarios, incluso, a ofrecer la rebaja de sus dietas en un 50%. Y a funcionarios gubernamentales de alto rango a no cerrarse a la posibilidad de analizar medidas similares.

Con el paso de los días en encierro, ya no se escuchan mea culpas y sí vuelven a surgir condenas a las protestas, al malestar social. Todo lo cual es calificado de posturas dogmáticas, intolerantes, carentes de propuestas valederas. Obviamente, las ofertas de rebajas de sueldo han sido olvidadas. O sea, pareciera que las mentes más conservadoras creen que el Covid19 es una especie de salvavidas para un sistema que había agotado la paciencia, la capacidad de aguante, que es voluminosa, de la sociedad chilena. Lamentablemente, pueden estar equivocados.

Las protestas, el malestar, no son casuales ni expresiones voluntariosas de unos cuantos extremistas. Puede que estos últimos lleven las cosas a límites que hagan más daño que aportar vías para llegar a soluciones. Pero no hay que confundirse ni intentar confundir a otros. El rechazo, el malestar social de octubre obedecía a una realidad concreta. A lo que viven a diario chilenos que no se encuentran en el uno por ciento más rico del país. Una realidad que el profesor de la City University of New York, Branko Milanovich, resume en una frase que refleja su amplio conocimiento de la desigualdad social, su especialidad: “Los más ricos de Chile ganan como los más ricos de Alemania y, los más pobres, como los más pobres de Mongolia”.

Frente a tal realidad, los analistas surgidos en la comodidad de sus casas donde soportan la cuarentena, se atreven a calificar las protestas como “una epidemia de la intolerancia”. Lo que, desde su punto de vista, sólo lleva a exacerbar el odio y la separación entre los miembros de una sociedad. Cuestión que, en estas circunstancias, arguyen, es más condenable por la necesidad de enfrentar unidos el desafío que plantea la pandemia.

Lamentablemente, es una mirada miope, exigua, carente de la sensibilidad que es lo que pretende ostentar. ¿Quién ha dicho a estos pensadores que son las protestas frente a la realidad de una sociedad injusta lo que genera las divisiones, la violencia? Esa ceguera, que no es el resultado de un accidente o de una mala constitución genética, es la que ahonda las distancias entre las clases sociales. Sí, entre las clases sociales, aunque ahora se intente descalificar la categorización de Marx, como si la modernidad hubiera logrado crear el mundo nuevo en que todos seríamos iguales. Como si el capitalismo no se basara en la explotación de una gran mayoría para el beneficio de una minoría. Y es esto lo que genera las contradicciones que invariablemente llevan a estallidos de pueblos que ya han agotado su capacidad de absorción del maltrato.

Lo que hoy vivimos es el colapso de un modelo de sociedad. Un agotamiento que no sólo seres humanos perciben, la naturaleza también ha dado señales. El calentamiento global es la respuesta a una sobreexplotación de recursos que atenta directamente contra los parámetros por los que se rige la vida en el planeta. Si esto no lo entienden los intelectuales que condenan las protestas calificándolas de “epidemia de intolerancia”, debieran abstenerse a juzgar intenciones y sólo cantar loas a un modelo obsoleto, injusto y aberrante.

Diversos líderes mundiales sostienen esta posición. Incluso la canciller alemana, Angela Merkel, quien pese a su ideología conservadora ha dado muestras de sensibilidad ante demandas sociales, ha levantado la voz condenando los enfrentamientos y la intolerancia en su país. Pero hacen mal quienes utilizan ese ejemplo para cuestionar la realidad de países pobres como los nuestros. Países que no pueden comparar su realidad con la de Alemania, aunque los ricos de aquí amasen fortunas similares a los ricos de allá. Y, finalmente, Merkel entenderá que su modelo también tendrá que ser revisado, porque la evolución de la Humanidad camina hoy con pasos globales.

Una contundente muestra de ello es la pandemia que hoy enfrentamos.

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