Home Opinión LO ÉTICO Y LO VERDADERO, ¿NOS ESTAMOS QUEDANDO SIN CABLES A TIERRA?

LO ÉTICO Y LO VERDADERO, ¿NOS ESTAMOS QUEDANDO SIN CABLES A TIERRA?

por Patricio Rivera

Por Pablo Zúñiga San Martín / Crónica Digital

La falta de ética y moral se nos muestra fácilmente justificable a partir de lo que es legal. Como si la justicia no tuviese ambos elementos, que a fin de cuentas son la amalgama por la cual se integra lo público y lo privado. Lo anterior a raíz de la acusación constitucional contra la intendenta Van Rysselberghe, el caso Karadima y otras acusaciones que (de) muestran sólo la forma, pero no el fondo de la situación.

Así es como nuestra sociedad resuelve sus conflictos y, en ese proceso, la forma como se va quedando sin “cables a tierra”, pues erosiona sus instituciones y el sistema de creencias en el cual son sustentadas. Sustento fundado en, al menos, unas cuantas  teorías, unas cuantas costumbres validadas por el peso de la tradición,  que con el tiempo han resultado ser operativas y creíbles, ya que nos permiten darnos  un norte,  resolver e institucionalizar nuestros conflictos.

Los casos son muchos y el modelo actual es prolífico en darnos ejemplos, pues lo que parece importar es el resultado.  Pensemos en las instituciones que al menos, en teoría, son las fuentes de moralidad en nuestra sociedad: la iglesia, desde un tiempo a esta parte, debe salir a justificar lo que es injustificable y  al hacerlo pierde su fundamento moral, ya que aparece incapaz de regular  la ética de quienes  pertenecen a ella, de quienes tienen el imperativo de reproducir sistemas  de valores que son aceptados por la mayoría de las almas que habitan este territorio.

Por otro lado están las instituciones políticas, que nos vienen a hacer creer que la mentira  en torno a un hecho particular, al no ser ilegal, es asunto de la ética individual de quien comete la falta.  ERROR si pensamos que cuando se elige a una persona lo hacemos creyendo que en ella se albergan los valores (al menos algunos) que el ciudadano,  en su calidad de persona, quiere reproducir para la sociedad… (sé que el argumento es debatible…Tranquilos, es una reflexión). El asunto radica, además, en que el actor político no deja jamás de cumplir roles, difícilmente puede despojarse de ellos, al igual que el cura.

Si mencionamos  el sistema educacional, la situación es aún más tétrica, pues éste en definitiva reproduce el  o los modelos de sociedad que se quieren. Llevado esto a nuestra elite, que se educa en colegios en donde supuestamente priman los valores que los personajes cuestionados han transgredido ¿qué nos queda? Un discurso vacío y, peor aún, incapaz de ser interpretado, puesto que el modelo (y los modelos)  exigen  el éxito a corto plazo. Así, todo marco referencial se diluye, dado que el telón de fondo es  un sistema de valores que se nos presenta difuso y distorsionado, pero por sobre todo utilitario.

El punto debiera estar  en hacernos la pregunta ¿estamos facultados para discernir sobre cuándo una conducta es moral y éticamente coherente?   Sinceramente creo que no. Pensemos en este caso, por ejemplo: si el hermano de la persona acusada pertenece al mismo poder que debe “discernir y revisar, para eventualmente condenar”, y este hermano sostiene: “he revisado los estatutos y no existe norma en éstos que me exijan inhabilitarme en el caso de mi hermano” ¿cómo debiera interpretar esto el modesto ciudadano, el mismo que día a día sacrifica su vida en una sociedad  en la cual él no participa en ninguna decisión de poder? ¿el mismo que las instituciones que dicen representarlo, defenderlo y orientarlo pierden la perspectiva de de su ethos, es decir de su identidad más elemental?

La sola reflexión en un sistema político cuyos pilares son los mismos que J. Locke defendió hace ya varios siglos y que es uno de antecedentes del liberalismo actual, la máxima por la cual este médico y filósofo inglés divide los poderes, es simple y clara: “nadie puede ser juez en propias causas”. Ahí está el imperativo ético que debiera estar presente en nuestros representantes de las instituciones que han templado nuestro sistema político, junto a la iglesia y el sistema educacional (que dicho sea de paso dependen siempre del primero).

Ambos casos: “Karadima” e “Intendenta Van Rysselberghe”,  nos muestran el grado de desconcierto que  proyectan nuestras instituciones. Desconcierto que sólo explica el miedo a perder poder “para seguir pudiendo”. La política a veces exige hacer el mal por buenas causas (la defensa del territorio, por ejemplo), pero mover prácticamente todo el entramado valórico de nuestra sociedad por  el “simple sport de los vocablos”, es un exceso.

Pablo Zúñiga San Martín es Académico de la Escuela de Ciencia Política y Relaciones Internacionales  de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano

Santiago de Chile, 1 de abril 2011
Crònica Digital

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