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La Payita en tres palabras

por sedec
Payita

Allende fue constituyendo el allendismo más allá de los partidos. Y en el reconocimiento al líder y sus ideas, fue sumando voluntades. En ese círculo de confianza estuvieron, entre otros, Osvaldo Puccio Giesen, que oficiaba de secretario personal, y Beatriz Allende, la Tati, la hija más comprometida con el quehacer del padre. Pero lo de la Payita no sería ni cargo ni parentesco. Porque en las esencialidades estuvo el amor que surgió entre ella y el candidato-doctor. Posiblemente eso opacó su rol como mujer y política allendista.

¿Pueden ser suficientes tres palabras para caracterizar a una persona en lo más esencial? Creo que sí: lealtad, sigilo y solidaridad.

En la campaña del 70, la Payita estuvo activa sin mediar ningún cargo. Hecha a pulso como todas, había quienes preparaban las condiciones de las giras y de la agenda del candidato presidencial. Ahí estaba Miria Contreras Bell.

Pero la historia entre Miria y Salvador había comenzado en la vecindad de dos casas entre las calles Guardia Vieja y Jorge Isaac, en la comuna de Providencia en los inicios de los sesenta.

Allende fue constituyendo el allendismo más allá de los partidos. Y en el reconocimiento al líder y sus ideas, fue sumando voluntades. En ese círculo de confianza estuvieron, entre otros, Osvaldo Puccio Giesen, que oficiaba de secretario personal, y Beatriz Allende, la Tati, la hija más comprometida con el quehacer del padre. Pero lo de la Payita no sería ni cargo ni parentesco.

Porque en las esencialidades estuvo el amor que surgió entre ella y el candidato-doctor. Posiblemente eso opacó su rol como mujer y política allendista o, quizás, el obligarse a contraponerla y optar respecto de Hortensia Bussi, la primera dama. Lo cierto es que Allende vivió entre esas dos mujeres que lo amaron.

Uno de los afanes más permanentes de la Payita fue la seguridad de Salvador Allende. Tarea urgente, dados los ya conocidos y desarchivados esfuerzos gringos de atentar en su contra. Ninguna de las precauciones estuvo de sobra, como lo demostraría el crimen del general René Schneider.

La Payita se movió en esas coordenadas de extrema confianza, entonces, que no existan detalles o las huellas sean tenues, es también su mérito.

Para la inteligencia y el plan de desestabilización de su Gobierno y su caja de resonancia en los medios de comunicación, el nombre de la Payita fue un temprano objetivo, al igual que las características y movimientos de la escolta, que nombrada como GAP o dispositivo, cuidó a Salvador Allende. El objetivo mediático era inhibirlos, a la vez que ponerlos en la mira.

De ojos claros y vivaces, originaria de Taltal y políglota, la Payita se ganó muy temprano el cariño de los integrantes de la escolta. Muchos de esos muchachos vistieron su primer terno con vales entregados por ella.

En la víspera del golpe, la Payita estuvo muy atenta comunicada con el arquitecto Alberto Uranga, quien permaneció en La Moneda junto a un pequeño grupo.

Es martes 11. La Payita, a través de sus familiares más directos, conecta al Presidente con posibles refuerzos, entre otros, con Miguel Enríquez.

Muy temprano Salvador Allende y una reducida escolta toman posiciones en La Moneda y el Ministerio de Obras Públicas, conformando el «callejón» de Morandé. Poco después, la Payita va desde El Cañaveral a Tomás Moro a buscar refuerzos, para pronto bajar al centro en una camioneta roja, encabezados por Bruno Domingo Blanco y en una renoleta que conducirá Enrique, su hijo de 20 años. En la prisa de los acontecimientos, una de las tempranas evidencias del predominio golpista en Carabineros fue apresar esos refuerzos. La Payita lo intentó, pero nada pudo hacer por liberarlos.

Luego, hay un momento en que el Presidente ordena que abandonen la casa de Gobierno las mujeres y los no combatientes. La Payita permanece y durante los bombardeos se protege en un subterráneo. ¿O el acuerdo es que permanezca? La despedida: Allende le entrega el Acta de Independencia, que ella esconde entre sus ropas.

Luego de los bombardeos y rendición en la puerta de Morandé 80, algunas decenas de GAP, funcionarios y médicos son arrinconados contra el muro poniente de Palacio a punta de culatazos. Para la memoria quedan varios fotogramas de registros. Aparece una frágil silueta, vestida de chaquetilla corta y pantalón oscuro. Es distinta y por eso sobresale en ese grupo de hombres de terno y manos arriba. Un soldado encuentra el histórico documento y lo rompe, aunque ella le advierte. Están vencidos y ellos ya no escuchan.

Comienzan las versiones y los testimonios. Jaime Puccio, odontólogo militar cercano a La Moneda, le da cobertura como una persona herida a evacuar y la sube en la ambulancia. Horas después, otros la ubican en la Posta Central donde también se activan complicidades. Posteriormente es refugiada en la casa de un alto funcionario internacional. Hasta su protección por el embajador Harald Edelstam y su ingreso al consulado de Cuba bajo tuición sueca.

Muy pronto será el momento del buscar y detener. En la portada de los diarios permitidos se publican trece fotos, son los más buscados y peligrosos. Todos hombres, salvo una sola mujer: Miria Contreras Bell.

Días después su hijo Enrique es ejecutado y su cuerpo es reconocido por su tía Mitzi. En su entierro tampoco podrá estar su padre: Enrique Ropert es un detenido más en el Estadio Nacional. Mientras, el otro hijo y la hija buscan ponerse a resguardo. Es la hora de los chacales, la cacería recién comienza.

Hasta mediados del 74, la Payita no pudo salir del país. Después, lo hará exiliada a Suecia. La Junta golpista pide su extradición por presuntas malversaciones y delitos económicos. De la Payita nada obtienen.

En el exilio la Tencha y la Payita fueron grandes activistas, cada una a su modo y concentradas en lo principal: no darle tregua a la dictadura.

Finalmente, Cuba fue la tierra de asilo para la Paya, que sin Allende seguirá más allendista y solidaria.

El 90 retornó sin estridencias. El 2000 interpuso una querella contra el dictador por el crimen de Enrique. Dos años después, falleció a los 74 años.

Hasta el último de sus días practicó esas tres palabras: lealtad, sigilo y solidaridad.

Dicen por ahí que muy sigilosa vieron a la Payita rondando la plaza de la Dignidad. Vaya uno a saber.

Días de peste, septiembre 2020.

Por Ignacio Vidaurrázaga M., Resumen Latinoamericano.org

Fuentes: elmostrador.cl/destacado/2020/09/10/la-payita-en-tres-palabras/, Kaosenlared.

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