Feminismo en la Revuelta

Por Laura Dragnic

Probablemente, la consigna más icónica del actual estallido social es “no son 30 pesos, son 30 años”. Porque plantea, en principio, un llamado a la memoria colectiva. Propone recordar el pasado para significar de manera profunda donde estamos hoy. Hace alusión a todo el tiempo que se encuentra contenido en las protestas sociales, a toda la historia de precariedad que hemos tenido que vivir desde la falsa promesa de la “transición a la democracia.” En este sentido, la construcción de memoria política es en estos tiempos esencial.

Vale la pena recordar determinados precedentes de movilización que han abierto camino a lo que sucede hoy en nuestras calles. Entre ellos podemos mencionar la revolución pingüina del 2006, donde más de cien mil estudiantes de educación primaria y secundaria exigían derogación de la L.O.C.E, la municipalización de la educación, la gratuidad del pase escolar, la mejora en la infraestructura educacional, y tantas otras. Por otra parte, el movimiento estudiantil que tuvo su momento más álgido el año 2011, donde se exigía fin al lucro en la educación, una educación pública, gratuita y de calidad, la incorporación de la perspectiva no sexista en las mallas curriculares, la derogación de la L.G.E, entre tantas otras.

Lamentablemente, aun cuando ambas movilizaciones fueron muy potentes, ya que trajeron como principal consecuencia un rearme de la organización social -sobre todo estudiantil-, estas menguaron con los cambios legislativos que produjeron los gobiernos de turno, aun cuando las reformas fueron solo eso, reformas al sistema, sin producir cambios estructurales ni afectar la esencia a la estructura neoliberal que estaba siendo puesta en jaque por los movimientos estudiantiles.

Luego de estas dos significativas movilizaciones sociales, es necesario mencionar al movimiento no más AFP, cuyo punto más álgido de movilización fue el año 2016, exigiendo un cambio al sistema de pensiones, manifestando como necesario el traspaso a un sistema de reparto, tripartito y solidario. Dichas reivindicaciones también pretendían una transformación del sistema neoliberal, pues tuvieron como objetivo transformar en esencia el sistema de seguridad social existente. Además, se caracterizó por ser una demanda transversal a la inmensa mayoría de la sociedad, lo cual se expresó en los altos niveles de adhesión ciudadana al movimiento y en la masividad de las manifestaciones y marchas realizadas.

Posteriormente, el año 2018 y los comienzos del año 2019, estuvieron caracterizados por un realce del movimiento feminista. El mayo feminista ya pasó a la historia como el momento en que distintas estudiantes a lo largo de Chile se tomaron sus casas de estudios exigiendo que las autoridades universitarias tomaran medidas reales en contra de los acosos y abusos sexuales que se viven dentro las universidades. A su vez, se denunciaba y exigía la transformación de la educación sexista que impera en nuestra sociedad.

Aun cuando no pretendo realizar una revisión exhaustiva de aquellos movimientos sociales que han abierto camino para que podamos estar donde estamos hoy, y estando consciente de que me faltan muchos otros por relevar, quiero detenerme en el carácter que ha tenido el movimiento feminista, particularmente en el despliegue y contenido que tuvo la huelga general feminista del 8 de marzo del 2019, como precedente político particularmente importante del estallido de la revuelta que estamos viviendo hoy.

Este 8 de marzo vimos desplegada una movilización social cuyo contenido programático era transversal: bajo el alero de la reproducción social, el feminismo ha cuestionado todo el circuito de cuidados que se encuentran hoy mercantilizados, cuyo desarrollo es necesario para la producción de personas.

En concreto, el programa levantado para la Huelga, producto del Encuentro Plurinacional de Mujeres que Luchan, se propone –entre muchas otras- el fin a la violencia machista (mediante la despatriarcalización del sistema judicial, la desmilitarización del Wallmapu, fin a la violencia económica y política, entre otras), el derecho a la ciudad y a la vivienda digna, realizar un ejercicio constante de memoria feminista y derechos humanos, propone un sistema de seguridad social integral con un sistema único, plurinacional, feminista y comunitario de cuidados, la reactivación de del tejido comunitario mediante temáticas/metodologías: autogestionadas, autónomas, feministas y queer, la educación como derecho social desmercantilizado, el fin de la educación sexista, colonial y capitalista, la defensa del territorio, entre tantas otras. Es este programa el que permitió impulsar la Huelga del 8 de marzo, fueron consensos discutidos plurinacionalmente los que que trajeron como consecuencia una movilización en la que no solamente salieron más de 400.000 personas a la calle, sino que se resignificó el concepto de Huelga: abriendo la posibilidad de huelga de trabajo doméstico, u ocupan formas diversas de organización que no estuvieran centradas en aspectos netamente económicos.

Estas son, precisamente, las demandas que están siendo escuchadas en las calles y asambleas populares. Este primer esfuerzo de transversalización de las distintas demandas parceladas que han existido hasta el momento, es uno de los primeros esfuerzos de elaboración programática popular que se ha desarrollado en Chile en los últimos 30 años. En este sentido, no es baladí que la actual revuelta popular que estamos viviendo tenga un horizonte transversal de transformación social. De manera que, la huelga general feminista de este 8 de marzo, tanto la realizada en Chile como en distintos países a nivel internacional, se presenta como un primer ensayo de movilización social transversal, superando las demandas parceladas e impulsando un programa popular feminista. A su vez, la consigna utilizada en función de la precariedad de la vida es precisamente lo que está vertido en la consigna actual de “no son 30 pesos, son 30 años.”

En un sentido similar, cabe pensar qué de la crítica feminista se ve plasmado en la posibilidad de que miles y miles de personas –a lo largo de todo el país- salgan a las calles a protestar diariamente. Por años nos contaron que éramos individualistas, cómodos,

Ahora bien, ¿por qué es relevante pensar en clave feminista el momento actual? No solamente porque las demandas feministas tienen plena vigencia y urgencia en un momento en que se ocupa la violencia sexual para reprimir, o porque las lógicas patriarcales inherentes a nuestras relaciones sociales no han cambiado, no solamente porque hay buenas razones para creer que la transversalización programática de este momento comenzó a abrirse camino con la Huelga de este 8 de marzo, sino porque el feminismo es, y ha sido en el pasado, profundamente crítico de las lógicas de poder verticales y  que están siendo puestas en cuestión con esta revuelta.

Hoy, año 2019, estando sumergidos en un estallido social que exige nada más y nada menos que el derecho a vivir vidas dignas, podemos analizar ciertas dimensiones del conflicto social desde una óptica feminista.  Esta revuelta ha expresado claramente la emocionalidad en el quehacer político y en el despliegue de las potencias contenidas en la subjetividad de la clase trabajadora. Como contrapartida, el Estado ha ejercido un fuerte control de la emocionalidad sobre nuestros cuerpos. Mediante la utilización de la prensa en su afán de mantener el pánico en la población para justificar la salida de militares a la calle, con el discurso del orden y la normalidad, carga su narrativa hacia la condena de la violencia de masas vs la marcha pacífica generando una sensación de terror que puede ser fácilmente considerada como otra forma de tortura y como arma de control poblacional. Desde la óptica de los cuidados, la utilización del portal del terror produce un daño directo a la salud mental y al bienestar de la población.

Por otra parte, la utilización de violencia sexual a través de los agentes del Estado ha implicado, para mujeres y disidencia sexual, un disciplinamiento con un doble carácter. En primer lugar, se reprime la protesta y organización social per sé, utilizando la violencia como dispositivo de desarticulación del movimiento social. Y en segundo lugar, se disciplina a las mujeres y disidencia mediante la utilización de violencia sexual sobre sus cuerpos, diciéndoles expresa y simbólicamente a la vez, que su lugar no está en la calle, no está en el espacio público, no está en la potencialidad de organización colectiva, sino por el contrario, como objetos del placer masculino en las esfera privada del hogar.

No obstante el uso de violencia sexual y policial constante, esta revuelta se ha presentado como una oportunidad para la ocupación del espacio público para y por la comunidad, entre ellas, mujeres y disidencia, para quienes por lo general, siempre ha existido toque de queda. Esta toma del espacio público ha permitido ocupar la calle como un espacio de protesta social, y también, ocupar la calle como un espacio de organización política potencialmente permanente. Las asambleas territoriales se presentan como una oportunidad para la recomposición del tejido social, y para la mantención de espacios comunitarios de discusión. En este sentido, la violencia de masas es una herramienta esencial para la posibilidad de ocupar el espacio público sin rendir cuenta a las lógicas del terror y de desorganización, que vienen del aparato estatal. La reconstrucción de los tejidos sociales dentro del territorio, pueden aportar a la reconfiguración de nuestras relaciones sociales, y a recomponer las lógicas de cuidado colectivas. Este ejercicio es, de hecho, una apropiación colectiva de la ciudad.

Aun cuando nos queda un largo camino de correr para teñir de feminismo la movilización y el pliego programático que surja de esta revuelta, es necesario traer en la memoria los ejercicios políticos que ya han existido. En concreto, el programa popular feminista elaborado para la Huelga General de este 8 de marzo, es una de las apuestas que debemos revisar e impulsar, como se hará este viernes 8 de noviembre en la Jornada de Protesta Feminista Plurinacional y con la Disidencia. Porque si estamos aquí, es por tantas y tantos otros que han dado la lucha en las calles y en sus territorios, y lo que hoy es posible, lo es porque venimos de un pasado lleno de sueños y aspiraciones para llegar a un buen vivir.

*Fotografía de Lili Yáñez, puedes seguirla en Instagram en @lilifotografa

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