Época de definiciones

Imagen: Patricio Rivera Moya (Medio a Medio)

Por Wilson Tapia Villalobos.-

“Antes éramos felices de mentira. Ahora estamos mal de verdad”. La frase pertenece a una joven del más de un millón de manifestantes que se congregaron hoy en el centro de Santiago. Y, de alguna manera, parece sintetizar el cordón de comunicación que unía a la multitud que, justo después de una semana del inicio de concentraciones sin líderes aparentes, mostraba la mayor movilización conocida en Chile.

Hasta ahora las instancias políticas, que son las encargadas de establecer equilibrios en la sociedad, aún no muestran alternativas que les permitan recuperar tal función. Se limitan a reconocer que estaban equivocadas. Que no fueron capaces de prever que algo así podría ocurrir. Pero los mea culpa no bastan. Al menos, no en las actuales circunstancias. Y es por eso que la gente sigue saliendo a las calles, pues parece que uno de los slogans más escuchados: “Chile despertó”, ha calado hondo.

Pese a los análisis interesados en ver en lo ocurrido la mano oculta de una conspiración internacional, la realidad parece decir otra cosa. Varios ya son los empresarios exitosos que han anunciado alzas considerables en los sueldos mínimos mensuales que hasta hoy pagaban a sus empleados. El alza lleva los emolumentos a una suma cercana a los US%700. Y en eso han ido mucho más allá de la visión del presidente Sebastián Piñera. Este último anunció, en una de sus últimas alocuciones, que se aumentaría el sueldo mínimo a 350 mil pesos, algo así como US$ 500. Una suma claramente insuficiente para un país con el costo de vida elevado y en que las propias cifras oficiales muestran una concentración económica que ubica a Chile en un lugar destacado a nivel mundial: alrededor de una cincuentena de personas acapara la mitad del Producto Interno Bruto (PIB) del país. El otro 50% se reparte entre más de 17 millones.

Hoy es evidente que lo que ha fallado en Chile es el modelo neoliberal, que aquí se impuso con mano de hierro durante la dictadura cívico-militar (1973-1989), que encabezó de general Pinochet. Un modelo que protege de manera desmedida la inversión privada y que generó una desigualdad que fue incubando un malestar soterrado. Realidad que finalmente estalló en la ola de protestas que se desataron desde el viernes 18 de octubre. Pero debieron pasar alrededor de 46 años para que la caldera explotara.

Desde el golpe militar de 1973, con la asesoría de economistas de ultra derecha, se impuso aquí el modelo ideado en la escuela de Chicago. Fue el laboratorio mundial para un esquema económico que luego se expandiría por el mundo. Pero sería un error achacar toda la responsabilidad a la dictadura y a sus aliados de la derecha local, de la marcada desigualdad que hoy muestra a unos pocos chilenos adinerados y a una gran masa que tiene dificultades serias para terminar el mes. Durante la mayoría del tiempo posterior a la dictadura y hasta hoy, Chile ha sido gobernado por dirigentes de sello progresista. Incluso una de esas administraciones incluyó al Partido Comunista. Pero ninguna de ellas se alejó del modelo. Incluso, la Constitución Política que hoy guía el proceder institucional y cívico chileno es la misma -con cambios menores- elaborada durante la dictadura.

Posiblemente son esas responsabilidades compartidas las que muestran hoy a un pueblo en la calle y que no reconoce líderes políticos. En las manifestaciones se ven banderas chilenas, símbolos de líderes históricos -como el Che Guevara-, o estandartes deportivos, pero ningún emblema que represente a algún partido político. Y, tal vez, eso también explica la desubicación de dirigentes que, hasta ayer nomás, fungían de personajes señeros en el devenir político nacional. En esta misma situación se encuentra el propio presidente Sebastián Piñera. Sus análisis y anuncios suenan tardíos, fuera de lugar y reiterativos con promesas de campaña incumplidas. Incluso hoy se dirigió al país mientras departía en un ágape con un grupo de señoras adultas mayores. Aparte de que la escena no parecía la más adecuada para el momento que vive el país, sus palabras demostraron que no ha escuchado las demandas. Se limitó a repetir ideas y propuestas ya conocidas. Y todas apegadas a la defensa del sistema neoliberal que beneficia esencialmente a quienes manejan el modelo: todos empresarios y políticos adinerados que pertenecen a su mismo sector político.

En tanto, los militares continúan en las calles y la situación de emergencia se extiende por el país. El toque de queda hace recordar los peores momentos de la dictadura, mientras los ciudadanos se organizan a través de las redes sociales y logran mostrar en las calles las manifestaciones más masivas conocidas aquí. Obviamente, esto resalta una ausencia de liderazgo cuyo final es difícil de pronosticar. Y mientras ello no ocurra, resulta imposible imaginar una normalización del país.

Hasta ahora lo único claro es que el modelo imperante ha fracasado. En cambio es difícil prever si la situación seguirá escalando hasta hacer que las autoridades actuales reconozcan su ignorancia respecto al verdadero sentir de los chilenos. Y, tal vez, eso tampoco baste. Lo que hace pensar en momentos de incertidumbre.

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