El periodismo televisivo que NO queremos

¿Cuándo empezamos a cuestionar el tipo de relatos que están circulando? ¿Cuándo nos damos cuenta de que nos están mintiendo?

Por Lorena Antezana Barrios, Académica del Instituto de la Comunicación e Imagen ICEI

Columna escrita para el Observatorio de Género y Equidad, Julio 2011

Las movilizaciones estudiantiles seguramente marcarán un antes y un después en muchos temas; educacionales por cierto, pero también sociales y políticos. En este contexto, los medios de comunicación y especialmente la televisión también tienen que rendir cuentas porque el papel que han jugado en el conflicto no sólo ha sido parcial sino que ha sido descaradamente poco ético.

La concentración de los medios de comunicación en unas pocas manos y la política de “no tener política” del Estado en materia comunicacional ha dejado en evidencia, una vez más, que el mercado no sólo no garantiza en absoluto la libertad de expresión, ni la calidad de la información, ni el ejercicio ético de una profesión que debiera cumplir un rol fundamental en nuestras sociedades contemporáneas sino, al contrario, el mercado ha demostrador que la manipulación de la información puede llegar a extremos obscenos.

La televisión, como dispositivo comunicacional que permite construir relatos tejidos con imágenes y sonido “en directo”, es altamente verosímil -que no es lo mismo que verdadera- y, en sociedades como la nuestra, replegadas en el espacio privado, es la que permite que accedamos a lo que está ocurriendo afuera. Es, por tanto, una ventana al mundo cuya información es leída como real. ¿Cuándo empezamos a cuestionar el tipo de relatos que están circulando? ¿Cuándo nos damos cuenta de que nos están mintiendo? Cuando la mentira presentada como información es tan burda y descarada que se hace evidente. Y en la cobertura de la movilización otros medios como la radio y las distintas plataformas en Internet la hicieron evidente.

Asistir a las distintas marchas, monitoreando en el recorrido el tipo de cobertura que los medios de comunicación televisivos le brindaban a la misma sólo puede causar indignación. Basta analizar la cobertura sobre las primeras marchas, que casi no existieron en los noticieros salvo por unos minutos dedicados a cubrir la “violencia”, hasta las más recientes  (16 y 30 de junio) donde, gracias a las denuncias y recursos legales interpuestos, los canales son “obligados” a moderar, rectificar y tratar de “blanquear” su cobertura, estrategia que parece ser la tónica de estos tiempos.

Si la censura como tal se supone que no existe -ya no estamos en dictadura-, si los propietarios de los medios no pueden manipular la información -estamos hablando de coberturas “en directo”donde no hay tiempo para ello-, entonces hay dos opciones, o bien los editores de algunos canales dan las consignas sobre lo que se debe o no cubrir y envían a unos monigotes que, cual títeres sin capacidad de razonar, hacen lo que les dicen que deben hacer, o bien se trata de periodistas –resulta difícil utilizar este concepto en este caso- a los que se les olvidó que ellos no son el personaje central de las historias que se construyen, que tienen una función social que cumplir y una responsabilidad ética que debiese regir su quehacer.

En algún minuto, en algunos de nuestros canales de la televisión abierta se transó la ética por la estética, y dejamos que “rostros bonitos” reinaran en nuestras pantallas sin preocuparnos por su formación y sin cuestionar su quehacer. Ahora pagamos las consecuencias y, por tanto,“tenemos los medios que nos merecemos” pero, estos mismos jóvenes movilizados nos enseñaron que podemos ser una sociedad distinta y que, en consecuencia, tenemos derecho a otros medios, otras voces, otros espacios en los que pueda circular información responsable, de calidad, que contraste fuentes, que no propague rumores…  Medios con periodistas que hagan su trabajo, que escuchen y miren lo que está pasando, que duden de los “resúmenes” que se les entregan para facilitar su trabajo, que no se dejen conquistar por viajes y regalos, que puedan tener una visión de conjunto que les permita no armar una historia a partir del único retazo que lograron captar porque no estuvieron desde el principio o no se quedaron hasta el final de su historia. Ese es el periodismo que necesitamos y es el periodismo que exigimos

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