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El perdón y la realidad

by Patricio Rivera

Por Wilson Tapia Villalobos

Puede que sea una fijación personal, pero esto de amalgamar fechas con cambios relevantes o con gestos sociales extraordinarios, me incomoda.  No puedo olvidar a los milenaristas y sus monsergas apocalípticas. Es un recurso barato que busca someter, a menudo por el temor o la sensiblería ¿Por qué a los 40 años del golpe militar los chilenos vamos a estar más dispuestos a reconciliarnos que a los 39? Y si se comienza a escuchar con atención a los protagonistas, las dudas surgen a borbotones.

Pareciera que sobre Chile cayó un manto de generosidad destinado a hermanarnos. Y, al comienzo, fueron numeroso los dispuestos a pedir perdón. Con el paso de los días, el interés bajó y muchos empezaron a reconocer sólo errores de otros, pero no pidieron perdón. Entre los políticos, Evelyn Matthei fue la primera que desentonó, al menos de viva voz.  Para no pedir perdón, se escudó en que apenas tenía 20 años para el golpe.  Cuando alguien le recordó que al final del proceso en que su padre fue factor fundamental ya tenía 37, prefirió el silencio y sumarse a los dichos anodinos.  Pero, al menos, fue oportuna. Y mostró su intención de no sumarse a esta especie de plegaria del perdón. Simplemente no estaba dispuesta a hacer la petición de indulgencia por la ofensa cometida, que en el caso de Chile fue atroz. ¿Le parecerá bien lo ocurrido?

Otros, en cambio, hasta ahora han guardado un silencio decidor. Jovino Novoa, por ejemplo.  Fue funcionario importante en la dictadura y es factor esencial en la ultraderechista Unión Demócrata Independiente (UDI). Es posible que él crea que lo que se hizo estuvo bien.  Que esto del atropello de los Derechos Humanos era un costo que había que cobrar. O, más simple aún, que los DD.HH. son una invención de los comunistas.

Es evidente que este rasgón en las vestiduras democráticas chilenas no es casual.  A alguien se le ocurrió que la fecha calzaba muy bien con la campaña electoral.  Y el otro bando se subió al carro, encantado. El problema es que cuando se trata de pedir perdón para reconciliarse, no puede haber dos instancias.  Eso refleja que los enemigos siguen siendo enemigos  Y que las odiosidades de antaño continúan estando en los pliegues del alma nacional.

De cualquier manera resulta algo difícil de soportar escuchar las peroratas de quienes se sienten referentes sociales. El arzobispo Metropolitanos de Santiago y Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, Ricardo Ezzati, se pronunció al respecto. Leyó una declaración en que los obispos católicos llaman la atención acerca de que se escuchan más recriminaciones que gestos de reconciliación.  Bien, por Ezzati.  Pero como todo es tan relativo, a las pocas horas se escucharon otras declaraciones suyas. En ellas descalificaba a James Hamilton por sus acusaciones de abusos sexuales contra el cura Fernando Karadima. El sacerdote fue condenado por el Vaticano.  Y la justicia chilena lo encontró culpable, pero no le aplicó condena porque sus delitos estaban prescritos.  Ezzati se permitió decir que Hamilton fantaseaba.  En palabras más directas, mentía.

El aniversario del perdón también ha servido para otras múltiples actividades.  En estos días se puede escuchar a personajes como Sergio Bitar o Gutemberg Martínez, dirigentes del Partido por la Democracia (PPD) y de la Democracia Cristiana (DC), respectivamente, hacer aseveraciones rimbombantes.  Martínez ha sostenido que la famosa frase del ex presidente Patricio Aylwin: “Se hará justicia en la medida de lo posible”, es un acierto jurídico.  Aylwin, siendo primer mandatario, hablaba del trabajo de los tribunales respecto de los atropellos a los Derechos Humanos.  Bitar, por su parte, ha sostenido que la transición chilena es ejemplo mundial. Recordó que aquí está preso el jefe de la policía política de la dictadura, general Manuel Contreras.  Y se encuentra condenado a cadena perpetua. Rememoró, también, que el dictador fue enjuiciado.  Olvidó decir que nunca se le sentenció. Y que los gobiernos de la Concertación, de los que él formó parte, salvaron a Pinochet cuando se encontraba detenido en Londres.  La razón, el temor de que los militares se rebelaran. También omitió decir que los detenidos desaparecidos siguen siendo una deuda. Las tres ramas de las FF.AA. chilenas se han negado a revelar qué hicieron con los cuerpos de centenares de compatriotas. Si el quiere, somos ejemplo mundial de transición democrática.

Este ambiente de revisión de nuestra historia, al menos ha servido para mostrar algo de las atrocidades que ocurrieron entre 1973 y 1990. Muchos jóvenes se habrán podido enterar de ese segmento tan oscuro y doloroso que marcó a Chile. Pero ha tenido que ser al ritmo neoliberal. Los  canales de TV han puesto en sus parrillas miniseries con algunas de las barbaries cometidas por uniformados y civiles que formaban parte de la dictadura. En medio del horror y de tanto dolor, la proyección se interrumpe. La pantalla se llena de color para mostrar avisos publicitarios en que todo es felicidad provocada por el consumo.  En especial, ropa de temporada y jugosos asados a ser consumidos en estas Fiestas Patrias.

Para conocer del dolor, hay que pagar. Es el perdón y la realidad en tiempos de neoliberalismo.

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