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El Estado opresor

por Patricio Rivera

Wilson Tapia Villalobos.-

La creación de Lastesis da la vuelta al mundo y hace un nuevo aporte a la estructura que se está creando para la mujer en la sociedad del futuro. Pero mirarlo sólo así sería un error. Esto es nada más que el comienzo de algo más amplio. Posiblemente, el inicio de lo que estará en la base de la nueva civilización. Un cambio que reemplazará modos y valores afincados durante más de doscientos años.

Por eso, fijar la mirada sólo en la violencia, los saqueos, los robos, los incendios que han acompañado el estallido social, es dejar paso al temor que siempre acompaña al ser humano cuando enfrenta cambios. Los desmanes son cuestionables e injustificables, pero no son más que el lado oscuro de la sociedad en que vivimos. Y su génesis está en las desigualdades que caracterizan al modo de vida capitalista. Que, en realidad, son su base de sustentación. Sin que haya unos pocos arriba y otros muchos abajo, el capitalismo sería imposible.

Pero todo encuadre civilizatorio tiene un límite. Es el que le fija el desarrollo de sus componentes. Así avanza o retrocede la especie humana. Es lo que muestra la historia. Los avances son los que marcan el desarrollo. Los retrocesos son transitorios y los superan nuevas ideas que, por lo general, logran imponerse aunque no sin dolor.

Es lo que se está viendo hoy con extraordinaria claridad. Y es así, porque antes no estábamos acostumbrados a ver. Sólo los visionarios, los inadaptados, los revolucionarios, denunciaban tal estado de cosas. El resto optaba por acomodarse. Por seguir los dictados de una sociedad dirigida por conservadores que imponían modos, costumbres y valores supuestamente inmutables. Al comienzo, se le atribuían a Dios. Por eso es que las sesiones de los organismos relevantes del Estado siempre comenzaban con una mención al Supremos Hacedor. Así se abrían las sesiones de los cuerpos colegiados, y cuando se debía asumir un compromiso, se juraba. Lo que involucraba poner de testigo a Dios, respecto del compromiso que se asumía.

Hoy las religiones que impusieron todos esos procedimientos se encuentran cuestionadas, al igual que las costumbres que emanaron de ellas. Con eso, es la conducta conservadora la que está en entredicho. Todo esto ya ha llegado a la calle. Sin duda estimulado por el malestar que produce el sentirse maltratado y, finalmente, asumir que se posee la fuerza y la compañía para poner fin a tal estado de cosas.

En la actualidad parece inconcebible que organismos del Estado, como Carabineros, atropelle los Derechos Humanos. Se habla de revisar los protocolos. No se entrega el detalle de lo que se debería cambiar, o agregar, en tales protocolos. Como si bastara con enseñarles a respetar los DDHH, lo que significa no disparar a la cara perdigones a los manifestantes o evitar que una bomba lacrimógena estalle en su cabeza. Está bien que se haga hincapié en tales conductas. Pero es indispensable que se asuma que las fuerzas policiales fueron creadas bajo una cierta mirada que involucra una concepción de sociedad. Y si Chile aún sigue regido por una Constitución creada bajo dictadura, es lógico pensar que sus instituciones represivas obedecen a una idea muy conservadora de sociedad.

La vuelta de la democracia se produjo hace casi cuatro décadas. Un tiempo que parece suficiente para estructurar una democracia sólida y con parámetro claros. Pero no ha sido así. La derecha conservadora sigue dominando los enclaves esenciales. Y si no lo hace en forma presencial, sus ideas continúan rigiendo sin contrapeso. Es como si la generación que soportó la dictadura se hubiera conformado con los cambios formales. No hay que olvidar que desde el término del régimen del general Pinochet hasta ahora, la mayoría de los gobiernos han sido de centro izquierda. Sólo se han producido dos excepciones. Ambas encabezadas por el actual presidente, Sebastián Piñera. Lo cual parece indicar que tanto el centro – Democracia Cristiana y Partido Radical- como la izquierda -a excepción, tal vez, de los comunistas-, nunca aspiraron a cambiar sustancialmente el régimen. Con un agravante, en la última elección presidencial de 2017, votó el 46% de los electores habilitados. Lo hicieron sólo 6 millones 650 mil, de los 14 millones 347 mil con derecho a sufragio.

Todo esto cambió con el estallido social y con las Tesis cantando contra el Estado Opresor que es un macho violador. Así llegan los nuevos tiempos. En ellos, el empoderamiento de la mujer para jugar el papel que le corresponde en la sociedad, es sólo un aspecto. Pero es una manifestación lo suficientemente poderosa como para comprender que lo que viene, en un futuro relativamente cercano, es un cambio sustancial. Y la acción conservadora ya no bastará para detenerlo.

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