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Decadencia política

by Patricio Rivera

Por Wilson Tapia Villalobos.- |

Es frecuente escuchar críticas a la política. Pero quienes enarbolan las banderas negras de la condena son políticos que descalifican a sus adversarios, esquivan la autocrítica y se niegan a ver que son todos ellos los responsables de lo que se conoce como política. Sin duda eso lleva a un error, ya que la Política -así, con mayúscula- tiene por única finalidad lograr una convivencia digna y pacífica.

El tema fue puesto nuevamente en la palestra a propósito de una entrevista que se le hizo a Mauricio Hernández Norambuena, en la que se declara preso político, al ser acusado como responsable de la muerte, en 1991, de Jaime Guzmán Errázuriz, ideólogo de la dictadura del general Augusto Pinochet. Actualmente Hernández se encuentra preso por ese delito, cumpliendo una pena que se extenderá por 26 años, período que aún le faltaba por cumplir cuando escapó de la prisión en 1996, en una espectacular fuga en helicóptero. Luego fue detenido en Brasil y condenado por el delito de secuestro y extorsión del empresario Washington Olivetto. Otro de sus compañeros en aquella fuga, Ricardo Palma Salamanca, también acusado de participar en el crimen de Guzmán, se encuentra libre en Francia, país que reconoció su carácter de preso político en Chile.

Como se puede apreciar, la política y su connotación en la vida de la ciudadanía tiene matices. Quienes reclaman a voz en cuello por la entrevista a Hernández, son destacados dirigentes de la Unión Demócrata Independiente (UDI). Ellos nunca levantaron la voz para condenar los crímenes y atropellos a los Derechos Humanos cometidos por el régimen del general Pinochet. Tampoco les sorprende que Guzmán -su más connotado líder- defendiera la pena de muerte, catalogándola como una liberación que “le permite al condenado redimirse antes de morir”.

Las contradicciones sin resolver sólo sirven para estimular, agravar, envilecer las diferencias llevándolas hasta puntos en que es imposible alcanzar una mirada común. El crimen es condenable, sea quien sea la víctima y su autor. Insistir en condenar sólo al contrincante, es tratar de actualizar el “ojo por ojo, diente por diente”. Pero eso no lo entienden algunos políticos. Les resulta imposible comprender que su misión no es sólo sacar dividendos personales y para su entorno, sino brindarse por la educación de todo un pueblo, por enriquecer su cultura.

Esto es lo que envilece la política. ¿Por qué se cataloga como delincuentes a quienes salen a la calle a protestar contra el sistema? Ya parece olvidado el estupor en que quedaron sumidos los políticos luego de la multitudinaria manifestación de octubre. Y desde aquel entonces nada se ha resuelto. Las dádivas entregadas por el poder no son más que eso: dádivas. Y con ellas no se enfrentan problemas que tienen que ver con la dignidad, con el respeto por el ser humano, con la posibilidad de enfrentar las encrucijadas de la vida sin tener que cubrirse de vergüenza.

Eso no lo entienden. Y hoy se sienten seguros luego de que la pandemia los alejara de quienes venían a pedirles cuentas. A exigirles que respondieran a lo que juraron defender: el respeto a la ciudadanía. Pero ese lapso no será eterno, los problemas siguen existiendo y muy pronto habrá que enfrentarlos verdaderamente.

Esto es lo que algunos llaman la decadencia de la política. Pero se equivocan. No es la política la que decae. Son quienes dicen practicarla, los y las que la bastardean al transformarla en un medio que les otorga beneficios.

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