¿Crisis o evolución política?

Wilson_TapiaPor Wilson Tapia Villalobos

La definición de política con la que me siento identificado es aquella que, por su simpleza, revela su profundo contenido: “Es el arte de hacer posible la vida en sociedad”. Pero el arte, como herramienta social, es usado de diferentes maneras. Casi siempre para conseguir mayores cuotas de poder, sin importar si se dañan o se conculcan los derechos de otros. Se puede argüir que ello dependerá del régimen en que este arte deba desarrollarse. Sí, pero el proceso será siempre similar, aunque sus características dependerán del momento histórico en que se encuentre; de las condiciones de la nación que se trate; de experiencias previas, etc. Sin embargo, los aspectos innovadores que traiga, permearán no sólo al territorio en que comienza a aplicarse, sino que se transformará en global.

Hoy, pareciera que estamos en uno de esos momentos. Aquellos en que lo conocido, por ejemplo en la vía democrática, empieza a dar muestras de insuficiencia, de carencia de soluciones para nuevos problemas, de manifestaciones reñidas con valores esenciales que el sistema dice defender. Generalmente se tiende a achacar todo eso a errores de conducción, a mal manejo de los personajes involucrados. Seguramente, allí hay parte de la verdad. Pero sólo parte. El resto, hay que adjudicárselo al momento que se vive. Y que determina que los actores políticos ya no son capaces de responder a las demandas. Entre otras cosas, porque han sido superados por una nueva realidad. Realidad para la que no estaban preparados.

¿Quién entiende por qué lanzan cocteles molotov desde los techos del Instituto Nacional? ¿Cuáles son las demandas de esos jóvenes? ¿Qué ocupará el espacio que mantenía celosamente para sí la Iglesia Católica? ¿Cómo se dará el tránsito desde el machismo a una sociedad verdaderamente igualitaria, sin recelo por las preferencias sexuales? ¿Qué respuesta deberá entregar la educación para mirar sin temor a una sociedad futura, en que la inteligencia artificial jugará un papel determinante? ¿Logrará el mundo del futuro un acercamiento más justo entre las clases sociales?

Hoy, esas interrogantes obtienen respuestas a veces hasta ridículas. Respuestas que muestran a la política como algo muy distinto al arte que definíamos al comienzo. ¿Qué tiene que ver con eso que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, manifieste por redes sociales su deseo de comprar Groenlandia a Dinamarca y, ante la negativa de la primer ministro Mette Frederiksen, monte en cólera y suspenda una visita a ese país, programada para los próximos días? ¿O que la vocera del gobierno chileno, Cecilia Pérez, atribuya la acusación constitucional que prepara el Partido Socialista contra la ministra de Educación, a tapar los lazos que supuestamente esa colectividad mantiene con el narcotráfico? ¿O que el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, intente liberarse de su responsabilidad en los incendios que hoy arrasan la amazonia, a una confabulación de las ONG que defienden el medioambiente? ¿Y cómo explicar los desastres que provoca a la causa humanitaria la derecha populista en Italia? ¿Y cuál es la respuesta de los dirigentes políticos a las movilizaciones de adolescentes que luchan por el término de las emisiones de carbono? Y todo esto sin mencionar cómo las figuras del espectáculo y la farándula, logran posicionarse en la política. Y, desde allí, seguir haciendo algo que es una parodia de lo que un verdadero dirigente social debería realizar.

Ante muchas de estas realidades, las respuestas de los analistas se limitan a resaltar la discordancia de tal proceder con la competencia intelectual mínima que debería tener alguien con responsabilidad política. Puede que en algunos casos la razón los asista. Sin embargo, también es necesario considerar que su presencia en la política es algo semejante a un aborto. Y que tal hecho inusual se debe a que el ambiente en que se están desarrollando las cosas se encuentra en un proceso de cambio. Y como tal, aún es imposible visualizar con certeza lo que vendrá. Existe la posibilidad de que nos encontremos en la antesala de una inflexión civilizatoria. Una situación que, en el pasado, provocó tanto desconcierto como ahora y, además, sucesos extremadamente dolorosos.

Lo concreto es que hoy las propuestas tienen corta vida. Como siempre que se trata de acciones políticas, lo primero a que se echa mano, por la facilidad con que son recogidos, es a planteos que tienen fácil arraigo en el pensamiento conservador. Hoy es el sentimiento anti inmigración. Una suerte de rescate a la “pureza” de la raza. Como si tal cosa existiera. Pero tales propuestas tienen poca duración, ya que carecen de una profundidad que permita adelantarse a los tiempos, como debe hacerlo cualquier política coherente. Y como ese panorama futuro no está para nada claro, la facilidad populista es de corta vida.

No está de más señalar que hoy no existen propuestas verdaderamente revolucionarias. Al menos no que se identifiquen claramente con los sectores postergados de la sociedad. No existe una coherencia en la izquierda. Es posible que ello se deba, precisamente, a que nos encontramos en la antesala -en la previa, como les gusta decir a los comentaristas futboleros-, de un nuevo orden. De una nueva propuesta social que derribará buena parte de los marcos que conocemos. Algunos de ellos ya han caído. Pronto vendrán otros. Aparte de su contenido profundo, la gran duda es el costo humano que ello traerá.

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