Chillán: a 80 años de la gran tragedia

escrito por Miguel Ángel San Martín G.

El 24 de enero de 2019, conmemoramos el Octogésimo Aniversario del Gran TerremotoA de 1939, ese capricho de la naturaleza que provocó la muerte de media población de Chillán y la destrucción casi total de nuestra ciudad.
No hay cifras fiables. De 25 mil a 35 mil de los entonces 60 mil habitantes, desaparecieron en poco más de un minuto. Por el natural caos, no hubo un registro riguroso y científico de las pérdidas humanas. Pero sí hubo un intento por parte de heroicos funcionarios del Registro Civil, que en un enorme libraco iban anotando en la Plaza de Armas a quienes daban cuenta de la pérdida de sus familiares. No sobrepasaron los 3 mil nombres. De todas maneras, el esfuerzo merece reconocimiento. Es que hubo familias enteras que desaparecieron bajo los escombros de sus casas aquel 24 de enero de 1939.

Por todo eso, es importante destacar lo que hace la Unidad de Patrimonio de la Municipalidad, elaborando un programa interesante de homenaje y memoria. Porque aquel enorme capricho de la naturaleza, que nos sumió en llanto y tristeza, fue capaz también de sacudirnos y despertar nuestra fortaleza y creatividad, empujándonos hacia el futuro con la fuerza de nuestra identidad.

Mención especial para el Presidente Pedro Aguirre Cerda, conmovido hasta los tuétanos en su visita al sitio de la tragedia, lanzó su rabia hacia la proyección futura y, desde el Chillán destruido, se comprometió a reconstruirlo aquí mismo y, a la vez, echar las bases para que el desarrollo de Chile tuviera un nuevo impulso a partir de este punto del dramatismo.

Visión grande de un Presidente no suficientemente reconocido. En los pocos años que gobernó, porque la muerte le sorprendió en medio de su período gubernamental, fue capaz de liderar con decisión no sólo el restañar de las heridas de una extensa zona, sino que crear las instituciones que –hasta hoy- significan el motor del desarrollo y crecimiento de nuestro país. Y, además, echó las bases para establecer las normativas de construcción más severas y preventivas para situaciones similares que se han ido produciendo en años posteriores.

Volviendo al Octogésimo Aniversario, creo que debemos hacer honor a nuestros muertos y construir memoria digna a lo que sucedió. Y asumir un nuevo compromiso para reimpulsar nuestro Ñuble hacia las cotas mayores que su gente se merece.

Desde las instituciones que surgen de la nueva Región, debemos sumarnos como activadores de la creatividad de Aguirre Cerda para mirar hacia adelante y conseguir salir de la dependencia que nos empobrece y abrir los caminos de un desarrollo perseverante y certero que nos merecemos.
Testimonios de sobrevivientes

Hace unos diez años, en la Municipalidad de Chillán formamos un equipo para editar un documental en homenaje a las víctimas del Terremoto de 1939. En dicho documento audiovisual, conseguimos incluir algunos testimonios de sobrevivientes de la gran tragedia.

He aquí los recuerdos más significativos de algunos de estos sobrevivientes:

HÉCTOR MUÑOZ MERINO.: “Todos esos días antes del terremoto hubo bastante calor. Había un calor intenso, como que salía calor de la tierra hacia arriba. Eran, más o menos las once y veintitrés minutos cuando empezó el gran terremoto del año 1939. Yo estaba oyendo radio Galena con tono, -una radio de Buenos Aires-, así que estaba despierto. Sentí en aquellos momentos que empezó despacito y empezó a saltar inmediatamente, ya bruscamente el movimiento. En las casas no había nada en su lugar, todo saltaba, todo se caía. Las casas, con adobes, con gruesos durmientes y postes se vinieron abajo, aplastando a la mayoría de la gente que en esos momentos dormía en sus dormitorios. Esa noche, es muy difícil que la olvidemos los que la pasamos, a pesar de que ya van muchos años, pero el recuerdo es el mismo. En nuestra retina están grabados todos esos pasajes inolvidables de la gente que pedía ayuda, que estaba enterrada en las casas de adobes.
Luego de pasados los tres minutos, de este movimiento, vino una oscuridad sepulcral y no se oía ningún ruido. Pero, ya pasada una media hora empezaron los lamentos de la gente que estaba atrapada en las casas, llamando a auxilio para que la sacaran. Era doloroso no poder atender a toda la gente que estaba sepultada bajo los adobes”.

JUANITA RIVAS FERNÁNDEZ.: “Antiguamente cuando alguien veía algo decían como que mentía. Yo, un mes atrás más o menos, había visto pasar yo por la cordillera, porque mi casa estaba así, y se veían para allá los campos libres, entonces yo vi que pasó una bola de fuego… como se dice… una colita. Entonces mi mamá decía que eran… yo sabía que eran cometas porque se comentaban los abuelitos que pasaban cometas y todas esas cosas. Un mes antes del terremoto yo les conté: “yo vi pasar, un cometa”.
No –me decían- como va a ser cosa así, cómo vas a ver tu chiquilla esas cosas…” Pero yo lo vi, pasó así por la cordillera. Entonces mi abuelita dijo “esos son anuncios malos, puede ser un terremoto, puede pasar cualquier cosa”. Y pasó. Oscuro, todo estaba oscuro, muy oscuro. No se veía nada. Había que andar con velitas o chonchón que se usaba antiguamente en esas partes. El ruido tremendo era un ruido devastador. Y nosotros no salimos de adentro de las casas. Nos quedamos adentro no más porque si nosotros salimos, se nos hubiesen caído las murallas encima de nosotros. Pero el ruido fue tremendo, muy devastador estuvo todo eso.
Si, esto era devastador, todo por el suelo, todo caído. Y cuando, mis tíos vivían ahí en Carrera con Itata, cuando abro la puerta y entro había tres cadáveres. Oh, yo me asuste porque pensé que era mi mamá, pero no, eran otros tíos que vivían en Rosas con Vega de Saldías que se les cayó la casa y murió el matrimonio con una sobrina de Santiago que estaba de visita. Todo, todo en el suelo, la polvareda. La gente lloraba, gritaba, trataban de sacar a sus familiares que estaban enterrados…, así que eso fue devastador, lo que yo alcancé a ver hasta las tres de la tarde cuando me regresé a Ninhue con mi madre.
En mi familia murieron 29 personas. En una casa grande donde vivían como 12 personas, los adobes cayeron hacia dentro y quedaron todos sepultados. Esa noche fue aciaga para todos”.

OMAR ARTURO SEPÚLVEDA.: “Mi madre corrió a abrir las puertas y eso fue lo que salvó a toda la gente. Y cuando empezó el temblor corrió abrir las puertas y ahí, ahí pudimos salir después, ya después cuando cayó la casa entera. No, si no había nada, algún pedazo de muralla en pie, pero no lo demás. Todo se hizo pedazos. Mis hermanas, quedaron bajo tierra, tapadas por el techo, se favorecieron porque los catres de ese entonces eran de bronce y yo me favorecí por un ropero grande de tres cuerpos que la muralla quedó afirmada en el ropero, por eso a mí no me pasó nada, si no hubiera sido por eso, me muero”.

FERNANDO CONCHA POBLETE.: “Nosotros éramos niños, vivíamos en una casa de dos pisos. Y, como quedó todo oscuro, bajamos la escalera, mi madre adelante con una guagua chica y llegamos como pudimos afuera a la calle. Afuera no se podía respirar porque la nube de polvo que despidió el derrumbe de la parroquia era tan intensa que prácticamente no se podía respirar. Y ahí tuvimos que alojar, debajo de los árboles en la Plaza de Armas esa noche, todos. Nadie se atrevía a entrar a las casas que quedaban a medio derrumbarse”.

ERNESTINA NOVA : “Bueno, yo recuerdo, estaba muy niña, muy niñita. No sabía lo que era un temblor, no sabía lo que era un terremoto, y me di cuenta cuando me estaban sacando en brazos por una ventana hacia la calle. Fue un momento muy doloroso que no quisiera volverlo a vivir nunca más, por la sencilla razón de que había incendios por todos lados, la gente corría, la gente gritaba, la gente lloraba; tiraban muertos para afuera por la ventana. Todo, todo, todo estaba en el suelo. Entonces, como niña, era muy curiosa, con mi demás familia y empezamos a ver todo este tipo de cosas que nos impactó de tal manera que no podíamos comprender y ni entender qué había sucedido.
Yo veía que toda la gente de aquí de la Plaza lloraba y decía: “llega el Presidente, llega el Presidente”. Como yo no tenía idea lo qué era un Presidente, anduve en el grupo, descalza, recuerdo… y en la tarde, como a las 8 más o menos sería, llegó aquí a Maipón esquina a 5 de Abril un auto en el cual venía el Presidente de la República, que era el Señor Pedro Aguirre Cerda. La emoción que tengo al recordar esto, fue que él se bajó del auto y lloraba como un niño. La gente lo abrazaba, lloraba, y bueno, yo me puse a llorar también, pues, esa fue la verdad de las cosas. Me puse a llorar porque, una que no entendía de qué se trataba y de ver llorar al Presidente, porque todos le decían señor Presidente, señor Presidente, un terremoto, un terremoto. Y vi llorar por primera vez al Presidente de la República que era don Pedro Aguirre Cerda. Después de esto, yo me gané las piernas de él y él me tomó de la manito y atravesó por la diagonal hasta llegar a Isabel Riquelme. De allá nos volvimos y una señora le regaló, recuerdo, una rosa roja, llorando. Pero lloraba de una manera que no le puedo describir el sentimiento o el dolor que sintió el Presidente en este momento cuando vio todo Chillán en tierra”.

FERNANDO CONCHA.: “Las pompas fúnebres, que había muy pocas, no dieron abasto, para nada. Por consiguiente, todos, la policía, los bomberos, los militares, recogían los muertos y los echaban adentro de una carreta con bueyes llena de cadáveres y los iban a depositar a una fosa común al cementerio”.

Reflexión final

La desgracia vivida en 1939, así como la de 1835, han obligado a refundar varias veces a la ciudad de Chillán. Sí, pero refundarla urbanísticamente, porque cultural o socialmente… ¿hemos impulsado de verdad nuevas formas de vida, de convivencia, de desarrollo integral, de creación con alas capaces de volar por los confines de la cultura y el desarrollo?

En aquellos momentos de silencio negro, de roja oscuridad, de hedor amarillo y de cielos grises, nuestros sobrevivientes fueron capaces de responder con heroísmo a la tarea de sepultar a tanto ser querido, de tapar la angustia y el dolor, de secar las lágrimas para mirar hacia el futuro con vista prístina. De cimentar el futuro sobre más de la mitad de la población e invitarnos a caminar de nuevo por la senda del crecimiento y del progreso.

Sin embargo, al pasar los años, tras la sutura de las heridas del alma, miramos hacia atrás y sólo vemos un bosque ralo, con algunas especies excepcionales cimbreantes en la historia, pero sin la construcción de aquel edificio sólido que se transformara en orgullo de nuestro Chile.

Debemos, en consecuencia, plantearnos la autocrítica en forma descarnada y generosa. Y debemos replantearnos el accionar de tal manera de que seamos dignos depositarios de la historia. Debemos recordar y ver. Ver y mirar. Mirar y no olvidar. Mirar para renovar esfuerzos que marquen nuevas esperanzas.

Miguel de Unamuno dijo una vez: “Jamás desesperes, aún estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes cae agua limpia y fecundante”.
Hoy nos cae agua limpia y fecundante desde las nubes que nos ofrecen las circunstancias de una nueva Región.

El escritor griego Menandro de Atenas afirmó: “En la adversidad, una persona es salvada por la esperanza”.

Hoy nosotros reconocemos que no vivimos en la adversidad, pero debemos tener la certeza de que no vamos a necesitar caer en ella para poder reaccionar y potenciar nuestras esperanzas de un mañana más luminoso.

El poeta inglés Alfred Tennyson, reflexionó: “Nunca será tarde para buscar un mundo mejor y más nuevo si en el empeño ponemos coraje”.

Y yo les invito ahora, con la audacia de un modesto periodista que se apoya en tan bellos pensamientos, para que seamos capaces de recoger las enseñanzas del ayer, basadas en las tragedias que la naturaleza nos ha traído, y unamos nuestras esperanzas de futuro con el coraje suficiente para concretarlas.

En definitiva, convertir los sueños en realidad y ser dignos de aquellos que hoy no están y que con su sangre han regado las calles y los campos de Ñuble.


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