Catástrofe

Por Wilson Tapia Villalobos.-

Catástrofe es la palabra que hoy se escucha con más frecuencia en los medios y en las conversaciones. Es comprensible, tiene sonoridad y el contenido produce instantáneamente miedo. Y mucho más cuando se van entregando los detalles de muertos e infectados. Los estudiosos llevan las referencias a la pandemia de 1918, cuando en un año murieron entre 20 y 40 millones de personas en todo el mundo. El contagio habría comenzado en Kansas, el 4 de marzo de ese año, a través de un soldado norteamericano que embarcaba para sumarse a las tropas aliadas que combatían en la Primera Guerra Mundial. Era el virus de la influenza A, del subtipo H1 N1, y se la conoció como Gripe Española, una denominación que obedeció al interés de la prensa de ese país por informar acerca de lo que estaba ocurriendo. Era un momento en que la mayoría de los medios europeos se encontraban silenciados por las normas que imponía la guerra, en la que España no participaba.

Aficionados a las cábalas, llaman la atención a la centuria que separa ambos acontecimientos. Otros apocalípticos aventuran la posibilidad de que sea el inicio del final de la raza humana, idea que se engarza con lo anunciado por numerosos canalizadores esotéricos acerca de los difíciles momentos que se comenzarían a vivir en el planeta desde el 2018 en adelante. También se recuerda a Platón evocando a la avanzada civilización que poblaba la Atlántida, y su final, como un anticipo de lo que ocurriría con nuestra civilización. Incluso, hay quienes estiman que los mayas equivocaron la fecha de sus mensajes y que, en vez de 2012, quisieron poner 2021, como el momento en que se acababa nuestra vida. Y, además, se escuchan voces que denuncian la actual situación como producto de ensayos para una guerra bacteriológica. Todas, alternativas nada alentadoras.

Independiente de las cercanías que se pueda tener con algunas de estas explicaciones, lo concreto es que el difícil momento que vivimos debe tener una que no es ajena a la manipulación humana de los recursos con que nos provee el planeta. Hay que recordar que poco antes de que se presentara la pandemia actual, los estallidos sociales comenzaban a aparecer en todo el mundo, como riachuelos que iban creciendo a medida que se acercaban al mar.

Las protestas iban dirigidas esencialmente al modelo imperante en el mundo entero. El neoliberalismo llevó a una situación difícilmente sostenible. En cifras, hoy el 80% de la riqueza se encuentra en las manos del 1% de la población. Lo que entrega como resultado que importantes zonas de mundo padecen hambre y los muertos por esa causa suman miles diariamente. Según la ONU, hay 40 millones de personas que padecen inanición hoy, sólo en el Sur de África. Datos que se ven abultados si considera a quienes viven precariamente en países subdesarrollados, en desarrollo e, incluso, desarrollados. Es evidente que el sistema de reparto no es justo. En él imperan el lucro y las ansias de poder, no la solidaridad, como debería esperarse en un mundo civilizado.

Hoy el encierro, provocado por la pandemia, tal vez haga pensar a la raza humana en la necesidad de buscar más cercanía con sus congéneres. Algunas manifestaciones son alentadoras, pero también hay otras que reflejan un individualismo extremo, que va desde el acaparamiento de alimentos, hasta el intento de imponer restricciones en sus viviendas a personal de la salud que cuya morada está en edificios de departamentos.
La dualidad en que se maneja nuestra especie hace posible acciones como éstas últimas. Pero hay que reconocer que no corresponden a seres humanos evolucionados, que comprenden la necesidad de solidarizar en los momentos de dificultad. En Chile hacemos gala de nuestro desprendimiento cuando se producen catástrofes. Cierto. Ante tales acontecimientos, los chilenos sacan a relucir su entrega y capacidad de hacer suyo el dolor ajeno. Pero ha sido así cuando se trata de hecatombes acotadas. La pandemia actual nos involucra a todos, y, en tal circunstancia, el temor parece borrar ciertos límites para dar paso a la protección individual, incluso a costa del otro.

Tal vez la mayor enseñanza que deje este momento crucial que vivimos, sea la comprensión de que la especie supervive sólo con la solidaridad. Y eso no está incluido en el sistema que impera en el mundo. Un sistema de convivencia esencialmente economicista, individualista, que nos aleja a los unos de los otros. Finalmente, habrá que entender que la riqueza, el acaparar bienes, es una acción que destruye la unidad de seres que se necesitan. Y si eso no se comprendía hasta ayer, hoy la pandemia lo está dejando claramente establecido. Si usted no se cuida, el afectado puedo ser yo. Y eso, que nos ha hecho comprender un virus, se proyecta a todo lo esencial de nuestras vidas. Finalmente, lo que está en juego es la subsistencia de la especie.

¿Estarán dispuestos a asumir todo esto quienes manejan el poder? ¿O verán que en ello puede estar en juego precisamente su capacidad de imponer conductas, cuya aceptación surge gracias a la separación en que nos mantienen?

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