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Astrid González, activista afrocolombiana y migrante: “Hablar de racismo era imposible”

by sedec

Astrid González es una joven afrocolombiana que vive en Chile desde hace cuatro años. Empapada de las diversidades ancestrales y el feminismo negro decolonial, se aleja del feminismo “blanco de academia”. Es maestra en Artes Plásticas y trabaja en este país como artista y docente en proyectos educativos y creativos. Lo suyo es la calle y la necesidad de conectar su experiencia con la de otras mujeres como ella y también con las afrochilenas o las de pueblos originarios.

En 2019 publicó Ombligo Cimarrón, un libro de investigación en artes con el que recorre la historia de los territorios y pueblos afrodescendientes en Colombia desde sus propias vivencias. Ella nació y creció en Medellín, una ciudad con profundas bases coloniales, pero que siente más conexión con el pacífico colombiano, donde nacieron sus padres y abuelos.

Es parte de la Red de Mujeres Afrodiaspóricas, una comunidad creada para visibilizar, difundir y reconocer las experiencias de mujeres negras descendientes de la diáspora africana en Chile. Acá, la mayoría de sus habitantes se considera “más blanco que otras personas de países latinoamericanos” y muchxs creen que las personas migrantes son “más sucias”, según un estudio realizado en 2017 por el Instituto Nacional de Derechos Humanos.

Astrid tiene 25 años pero no le sorprenden los asesinatos de George Floyd y Breonna Taylor a manos de la policía estadounidense, porque sabe que responden a una violencia sustentada por décadas de racismo, discriminación y segregación. Lo que le parece valioso es que con estos hechos y con la cruzada transversal del “Black Lives Matter”, al menos en Chile se empieza a hablar de racismo con todas sus letras.

Astrid González

-¿Cómo te pilla la revuelta mundial y el levantamiento de tantas voces en el mundo en contra del racismo?

-Lo que está pasando es algo que hace años muchas personas vienen escribiendo, denunciando, activando y estudiando. Las manifestaciones en la calle por actos de racismo policial no son novedad, mucho menos en Estados Unidos. Lo que me parece interesante, además de la magnitud en que se ha esparcido el mensaje de protesta, es que ya no haya tanto temor en nombrar al racismo. En Chile, por ejemplo, hablar de esto era prácticamente imposible hasta hace poco, ni siquiera porque a las comunidades mapuche se les viene sometiendo desde hace años. Eso está bien documentado desde sus colectivos, organizaciones y desde su propia construcción histórica. Nadie que no fuera racializado llamaba a eso racismo. Por eso me parece importante que en este momento la gente deje de tenerle tanto escozor al concepto y ya no lo camuflen bajo la discriminación o xenofobia, que son conceptos completamente diferentes pero que coexisten con el racismo.

-¿Cuáles fueron tus primeras impresiones al llegar a Chile? ¿Te sentiste bienvenida?

-Apenas llegué, el primer choque fue entender que pasé a estar dentro del censo de la población migrante y por ende tenía que enfrentarme a un proceso infinitamente burocrático para poder andar en la calle con regularidad y tranquilidad. Es un proceso muy largo del que todavía estoy aprendiendo. Sobre todo porque dentro del imaginario social soy parte de un grupo que desde hace algunos años es visto como un fenómeno que viene a ‘perturbar’, a ‘molestar’: una migración racializada, empobrecida, donde la gran mayoría de las personas no llega por decisión propia, sino a raíz de problemas en sus países de origen, también denominada como migración forzada.

-¿Cómo te posicionas políticamente y como una mujer negra frente a esa realidad?

-En Colombia ya me relacionaba con un grupo de jóvenes afrodescendientes y desde una apuesta política, cultural, estética y desde la biografía. Cuando llegué a Chile, una de mis primeras intenciones fue construir o acercarme a redes de mujeres migrantes, específicamente mujeres negras o afrochilenas que estuvieran en un proceso similar al mío, así que busqué posicionarme como sujeta política desde esa esquina y desde el reconocimiento de la existencia de otras experiencias afro en el país. Esto es básicamente porque yo vengo de Medellín, un territorio donde lo negro es ajeno y se asocia sólo al pacífico y la costa de Colombia, que es donde nacieron mis ancestros más recientes, aunque actualmente un gran número de afrodescendientes se ha ido asentando en las principales ciudades del país y hemos aportado en la construcción de su historia.

-¿Qué cosas descubriste como migrante y como investigadora desde las artes?

-Como migrante entendí que existen otras experiencias negras y otras formas de pensar la migración, debido a que las instituciones exponen burocráticamente de manera diferenciada a los grupos migrantes, lo que es una muestra del racismo institucional. Y como artista, debo decir que en Colombia me movía en espacios de arte no hegemónico ni elitistas, que se piensan muy al margen de lo institucional. Cuando llegué a Chile me di cuenta que también existen estos espacios pero yo no los conocía. Entonces me acerqué a un grupo de artistas mapuche, que a partir de su ser en las periferias de Santiago y desde su herencia de pueblos originarios, construyen arte no solamente desde lo plástico y lo visual sino también desde la poesía y el performance. Me empiezo a interesar en el trabajo de estas personas porque apuntan precisamente hacia donde van mis intereses investigativos y formales.

-¿Te toca de cerca ese racismo que describes?

-Constantemente, dentro de mi casa y fuera de ella. Por ejemplo, una vez en el aeropuerto de Arica, regresando de un foro al que fui invitada a exponer, la Policía de Investigaciones decidió sacar de la fila a dos mujeres negras que estábamos allí. Nos llevaron a una habitación a revisar nuestros pasaportes, sólo a nosotras y no a las demás personas. Pasó hace varios años pero es una de las experiencias más fuertes que me ha tocado vivir acá. Y como esa, muchas otras. En este país la migración se piensa y se asume como un agente patógeno, como algo que llega a contaminar. También hay una diferencia de cuáles son esos cuerpos que vienen a contaminar, porque no son todos: son los cuerpos negros y de Abya Yala (pueblos indígenas en América). Los cuerpos europeos, por ejemplo, sí son bien vistos. Todo esto está basado en la construcción histórica de la pureza eurocentrista y la noción de desarrollo colonial y de modernidad.

-A propósito de eso, ¿qué opinión tienes del trato que han recibido los migrantes en medio de la pandemia? Muchísimos ecuatorianos, venezolanos, colombianos y haitianos quedaron sin trabajo y sin casa en Santiago y hasta principios de junio seguían en campamentos afuera de los consulados de sus países esperando alguna ayuda.

-Con esa situación me hace mucho sentido lo que plantea el teórico camerunés Achille Mbembe. Él habla de la necropolítica como concepto, entendida como la forma en que los Estados y los gobiernos están diseñados para decidir quiénes viven y quiénes no. Esos que viven son personas que están en el poder o que pertenecen a élites y deciden cómo mueren las personas que ni consumen ni producen, que en este caso serían los migrantes durante la pandemia y los grupos racializados. Creo que estamos a merced de la necropolítica y de un racismo estructural cimentado desde la época de la colonia, que se ha naturalizado y sofisticado. Es muy preocupante.

-Y sobre el feminismo chileno, ¿qué tienes que decir?

–La verdad es que soy muy partidaria de pensarse desde lo decolonial o desde otro feminismo que no sea el blanco. La escritora Bell Hooks habla de cómo la presencia de las mujeres negras dentro de la existencia del mundo no puede homogeneizarse como igual a las otras. Yo comparto eso plenamente. Siento que muchas de las ideas del feminismo blanco están basadas en que todas las mujeres somos iguales y padecemos de igual manera, sin interceptar la pertenencia étnica y la cultura junto con la clase y el género. Entonces obviamente muchas de las consignas e ideas de ese feminismo blanco, muchas veces académico que anula la agencia histórica de los pueblos afro y originarios, no me hacen sentido porque no responden a mis demandas, ni a mi realidad, ni a mi lugar de enunciación.

Por Airam Fernández Fuente: AnRed

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