WIKILEANDO

Por Wilson tapia Villalobos

Deberíamos crear un verbo con WikiLeaks.  Wikilear, sería todo un impacto en beneficio de la transparencia.  Y, por otro lado, un freno de temor para no irse de lengua.  Podríamos, también, transformarlo en adjetivo.  Un wikilión, en una primera acepción, representaría a un personaje dado a hablar demasiado.  La segunda acepción resultaría aún más intrigante, se trataría de quien se aprovecha de la confianza para sacar información y revelarla por dinero.

Aporte al lenguaje o no, WikiLeaks ha abierto un nuevo cauce para el periodismo.  No se trata de una novedad.  Pero sí de volumen de información, cuestión que parece vinculada directamente con las nuevas tecnologías aplicadas al trabajo de los medios de comunicación. En el pasado ya hubo graves denuncias en todo el mundo. Pero son las que tienen por origen Estados Unidos las que más llaman la atención, por provenir de una potencia mundial.

En 1971, los Pentagon Papers abrieron un forado en la credibilidad de la palabra oficial, al develar verdades de la Guerra de Vietnam que se desconocían.  Y que, es más, la verdad oficial mostraba de manera absolutamente contradictoria. A diferencia de lo ocurrido ahora, en aquella oportunidad estaban en juego aristas que llegaban directamente a la seguridad nacional. Y el alma nacional estadounidense se sintió conmovida por las muchas vidas de sus hijos que se mancillaron. En aquella época, el villano para el stablishment se llamó Daniel Ellsberg, un brillante economista, con estudios en las universidades de Harvard y Cambridge, antes de enrolarse como marine, en 1954. Anticomunista militante, Ellsberg trabajó en el Pentágono y sirvió dos años en Vietnam como asesor civil. Más tarde se integró a la Rand Corporation, un prestigioso think tank conservador. A esta entidad le fue encargada una investigación acerca de la guerra en que Estados Unidos estaba involucrado en el sudeste asiático. Lo que Ellsberg y su equipo encontraron convenció a éste a cambiarse de bando.  Dio a conocer los resultados. Se transformó en un enemigo de la guerra. Fue perseguido y acosado por el gobierno de Nixon.  Su aporte hizo cambiar la visión del estadounidense medio acerca del conflicto.

Julian Assange, el factótum de WikiLeaks, es un autodidacta australiano con paso brillante por la Universidad de Melbourne como estudiante de matemática y física. Su objetivo central pareciera ser impulsar las mayores cotas de transparencia.  Y para ello se vale del periodismo.  Ha logrado varios premios por su intento.  Como el de Amnistía Internacional de los medios británicos, en 2009.  Con ello se le reconoció su esfuerzo por esclarecer asesinatos cometidos por agentes estatales en Kenia.  También ha sido reconocido por el conservador  The Economist. En 2008 le concedió el reconocimiento Index on Censorship. Hoy, Assange es enemigo público número uno para los Estados Unidos.

Independiente, de los objetivos que perseguían Ellsberg y Assange, sin duda han conmovido el andamiaje informativo de su época. Pero el caso actual, por su cercanía, tiene connotaciones que deben ser analizadas en profundidad. La Internet se ha transformado en una herramienta que presiona de manera insistente a los medios de comunicación.  Y, de algún modo, logra que éstos rompan, aunque sea en una medida relativamente menor, con los grupos de poder. Un avance significativo, en una sociedad que constantemente amenaza ahogar los mecanismos de participación, que desinforma y mantiene a los ciudadanos ajenos a la solución de sus verdaderos problemas.  De este modo, la democracia representativa se va transformando en un sistema que esencialmente busca la defensa de interese económicos y/o políticos individuales o corporativos. Y, en la misma medida, transforma a los ciudadanos en consumidores. En la creación de tal realidad, los medios de comunicación juegan un papel relevante e irremplazable.

Pero lo ocurrido con WikiLeaks plantea también otros problemas. Pereciera que los 250 mil documentos que entregó al conocimiento público pasaron por algún tipo de censura.  En ellos no hay nada que resulte verdaderamente grave para la seguridad nacional de Estados Unidos. No hay revelaciones acerca de espionaje, de acciones encubiertas contra otros países.  Nada dicen de las cárceles secretas de la CIA en Europa.  Tampoco aportan datos claves sobre corrupción instigada por Washington.  Silencio acerca de las acciones que se llevan a cabo contra China, Cuba, Vietnam del Norte, Irán, naciones africanas. Silencio sobre el poder nuclear de Israel. Ni una palabra que manche la reputación de organismos de seguridad o de la Defensa. Sólo chismes que afectan esencialmente al Departamento de Estado y, en especial, durante la administración Obama.

Es posible que Assange sea un defensor convencido de la transparencia.  Pero seguramente sabe que puede ser utilizado para juegos políticos que vayan más allá de sus intereses.  Las revelaciones ponen en muy mal pie a la Secretaria de Estado, Hillary Clinton.  Pero no es algo extraordinario que la diplomacia juegue sus cartas con una inmensa dosis de hipocresía. Por lo tanto llega hasta ser comprensible el papel que los documentos le atribuyen a Clinton. Si hay algo que sale perjudicado, es la imagen de la administración Obama en el campo internacional, básicamente por su desprolijidad para evitar las filtraciones.  Un golpe fuerte para sus pretensiones de reelección, que deberán resolverse en el período que media desde ahora hasta 2012.

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