Viernes Desnudo, pero tapado: Una historia que también es una denuncia

andreaPor Andrea Ocampo

El feminismo para mí no es faranduleo, es la práctica irrestricta de una ética puesta a prueba sobre el amor propio, las redes y la capacidad activa de avanzar en la disputa de nuestros derechos, ya sea domésticos, laborales, sociales e incluso sobre la representación de nosotras mismas.

Los medios que se venden de plurales, modernos, amantes de la diversidad no lo son tal. Tienen límites muy estrechos en sus “líneas” y “pareceres” editoriales, situación derivada de un periodismo sin pauta, que legitima estereotipos de belleza que ejercen control sobre los cuerpos. No solo sobre aquel que recibe la imagen, sino que también sobre aquel que se exhibe como representación. Esta es la historia de una publicación interrumpida por la ceguera y miseria de los medios de comunicación hegemónicos. Una historia que no voy a dejar pasar.

I

Esta foto es un registro de backstage que realizó el fotógrafo Pedro Quintana. La sesión oficial fue de otro fotógrafo: Sebastián Utreras, colaborador de revista Viernes de La Segunda, a quien conocí cuando lo entrevisté para VICE. Las imágenes oficiales y en baja, que tengo en mi poder, no puedo publicarlas en este texto, porque a pesar de que yo aparezca en ellas, no me pertenecen. Por ello verán dos dibujos a mano alzada del artista visual Nicolás Astorga que relatan las fotos originales que no puedo usar.

Es decir, para revista Viernes hay dos fotos preseleccionadas con las que acepté aparecer. En la primera aparezco con una bata de plush facturada por Coni García para su marca Phurrreal. En la segunda, aparezco sentada en el suelo, totalmente desnuda, tal y como me ven arriba.

De esa sesión hasta hoy, han pasado cinco meses. Meses que han traído al presente las más antiguas y dolorosas sensaciones de discriminación, siendo una mujer gorda en Chile. A la sesión en cuestión asistí con Pedro Quintana, el maquillador Iván Barría y con Camila Palacios, porque somos amigos y nos apoyamos en este tipo de cosas. En el taller de Barrio Italia -al que me convocaron- estaba el periodista Francisco Yávar y la maquilladora Fernanda Villarroel. Yávar es el periodista responsable de Viernes Desnudo producido por Territorio Comunicaciones, que realiza el trabajo secundarizado que Viernes publica. Le pedí a Yávar que se ausentara de mi sesión, pues solo quería estar con los imprescindibles: en este caso, mis amigos, el fotógrafo y la maquilladora. Se retiró sin chistar, incluso se ofreció a comprar una caja de ibuprofeno porque ese día me esguincé el pie entre tanta corredera.

La sesión de fotos comenzó y fue de menos a más. Digo: de menos desnuda a más desnuda. Luego de cuatro horas de fotografías, las primeras, armada de una bata y de perfil, darían paso a unas con un abrigo de piel, de frente, exhibiendo esa “guata” que he aprendido -siglo tras siglo- a esconder. Sebastián me las muestra. “Me vai a matar a todos los Tinder”, le digo, probemos más. Durante todo ese tiempo, mis amigos esperaron sentados y un par de veces Pedro me aconsejó poses. Una de ellas fue sentada en el suelo, desnuda. Allí aparecieron las imágenes que pueden ver aquí publicadas; fotos que, sin necesidad de usar un artilugio o ropa, me mostraron desnuda pero sin exhibir los pezones o la vagina, que es lo que editorialmente se debía cuidar. Así como también el 70/30 de desnudez/ropa como mantra de la sección a la que fui invitada. Esto lo sabía desde antes, pues conocía la revista y porque mi amiga videísta Cecilia Checa ya había aparecido en Viernes Desnudo. Para ella, su proceso de publicación fue relativamente normal, salvo un tema con el maquillaje y peinado con el que ella no se sintió cómoda. La publicaron dos semanas después de la toma de fotos, sin problemas.

A sabiendas de que algo así no me ocurriría -porque yo llevaría pensado mi peinado y maquillaje- así como ropa y zapatos con los que podría jugar en el desnudo, acepté. Pensé en lo terrible que sería para mi abuela y papás verme en pelotas en el diario. Pensé también en lo difícil que iba a ser contarles y hacerles entender la idea bajo tal fotografía. Pues si yo aceptaba no era por vanidad, sino que por amor a mi cuerpo y a mi sexualidad. Por amor a las gordas que conozco y por ser de las poquísimas que gozamos de voz en el ámbito de lo público. De las pocas mujeres que han podido validar su trabajo por sobre su cuerpo para ser alguien, para tener nombre e identidad. De las pocas mujeres gordas que resistimos la invisibilización y la burla.

Yo fui una de esas niñas que odió su cuerpo tanto como los medios de comunicación, la publicidad, las teleseries y TV Grammas le enseñaron. Una niña que a medida que crecía, los insultos de “gorda”, “chancha”, “cuatro ojos” se iban enunciando con una vocecita cada vez más perversa, creativa y badulaque por esa fila indistinguida de viejos asquerosos que caminan por las calles del centro de Santiago. El desprecio se siguió muy rápido del manoseo; del apretón de cachetes, muy rápido pasamos al agarrón de teta. Pensé que mientras más vieja me hacía, menos asedio sufriría y, desde el episodio del “Experta en Reggaetón” no ha sido así.

II

Nunca supe cuándo saldría publicada esta foto, pero estaba tranquila, no sospeché nada; a pesar de tener semana tras semana a mi familia y amigos preguntándome por ella. Hasta un día en que me di cuenta que dos meses de espera ya eran suficiente y que, en último término, no correspondía que el periodista me ubicase por favores (sin responderme la pregunta principal “¿cuándo sale la foto?”); llámese: publicarle cosas en VICE, invitar a una de sus clientas a Radio Súbela, así como también para que lo ayudase en un reportaje. ¡Reportaje donde me ofreció aparecer con mi foto desnuda!, cuando el contexto eran las mujeres chilenas y el reggaetón. Le dije que no, que ese motivo no fue por el cual yo accedí a la sesión. Sin embargo, le proporcioné toda la información que me pidió, porque además yo sería parte de ese reportaje como investigadora de música urbana. En el último correo le pregunté nuevamente el cuándo, además de exigirle que -de ser publicado tal reportaje- mis créditos como investigadora debían aparecer; pues se lo di completo. También le comuniqué mi intención de entenderme directamente con la responsable de la revista.

Viviana Flores es Editora General de revista Viernes y tiene el mismo nombre de mi profesora de Lenguaje del colegio de monjas españolas al que sobreviví. También tiene el mismo nombre que la doble oficial de Justin Bieber en Chile. Seguí buscando su correo y la agregué a Instagram. Quería saber quién era. Me impresionó un fancy balcón con vista al Parque Forestal. No sé nada más de ella. Probablemente, sea una mujer estupenda e inteligente que ha debido imponerse a muchas cosas para alcanzar el poder editorial en este diario derechamente octogenario. Felicidades. Pero también es quién me escribió correos llenos de frases toscas y presupone que mi decisión de negarme a publicar mis fotos en su revista es un maquineo farandulero. Incluso presume que probablemente, nunca quise publicarlas. Ese es el nivel de la paranoia.

III

De las dos opciones que le di, ella eligió publicarme en bata. Foto muy favorita mía, por lo demás: porque es linda. Y me lo hizo saber en un llamado por teléfono, a la hora del almuerzo. Yo en un primer momento estuve de acuerdo con publicar esa, pero durante esa noche lo pensé y consulté con mis amigos. Al día siguiente le escribí un correo comentándole que había cambiado de opinión, que yo quería publicar la otra: la desnuda. Porque bajo el contexto de los medios de comunicación locales, la foto del cuerpo gordo tapado es irrelevante. Durante largas conversaciones por teléfono se me acusó incluso de imponer mi línea editorial (“la revista no es un diario mural donde uno venga a poner lo que se le antoje”) y que la libertad de prensa, blablablá, y que por eso, blablablá.

La situación fue y sigue siendo esta: desde ese instante hay una gorda en pelotas contra El Mercurio (dueño de La Segunda). Bajo ese contexto, ¿en serio la que se impone soy yo?. Otra razón dada por Flores, fue que la foto desnuda podría fácilmente encontrarse en Google. Vale decir, que en internet habrían muchas gordas desnudas orgullosas de sus cuerpos. Fenómeno que yo cuestiono ampliamente.

Traigo a la mesa, además, que una de las condiciones que manifesté para participar de esta publicación fue escribir la cuña -casi siempre insípida- que acompaña las poses de hermosos cuerpos esculpidos, modelados, ejercitados. Esa condición fue aceptada por el periodista Yávar, quien también me garantizó que tanto texto como foto no saldrían sin mi aprobación. Pues una foto desnuda, no es cualquier foto, admitámoslo todos. Es una foto sin ropa, vale decir, es la vulnerabilidad absoluta para un cuerpo, ya sea de hombre o de mujer, pero sobre todo para una mujer gorda. Una mujer ante la cual la sociedad se horroriza y culpa por existir.

Detengámonos aquí un segundo y preguntémonos ¿cuál es el lugar del cuerpo gordo en los medios de comunicación?. La Zapallito Italiano (y su ridiculización), Teresita Reyes (“la nana”, luego “la señora mayor”), Vivi Kreutzberger (y su dieta de la sopa de repollo, la hija de su papá), la Dra. Cordero y la Patricia Maldonado (la vecina loca que se viste como tal). ¿Hay más? ¿Esos son los referentes locales que tenemos las gordas?. No veo entre esos nombres a una mujer joven, inteligente, profesional, con obra, feliz con su cuerpo y con su sexualidad no heterosexual. No veo en los medios de comunicación un referente para las niñas que no tienen voz, pero cargan palabras e insultos a diario; no veo una adolescente gorda en la televisión. Pero sí veo a mis hermanas chicas, ocultas bajo los chalecos largos, el flequillo, el buzo de colegio y las pocas oportunidades que da vivir en la periferia santiaguina. No veo mujeres grandes en la televisión, no las escucho en las radios.

Veo a una presidenta que está al debe con todas las mujeres de Chile, pero también está al debe con ella misma al hacer de su maternidad un asunto de política y negocios; y no de políticas que garanticen la dignidad de tal maternidad, como lo sería también una ley de aborto universal, gratuito y libre. Veo ante todo, a una presidenta ser insultada por ser gorda (“la gordi”). Para ella su cuerpo siempre será su primer descriptor. Pero también veo a muchas señoras de edad colgando en la micro con su bufanda de polar, copiando tanto el modelo de lentes, como la melena corta-corta de la presidenta.

Insisto, ¿dónde están las gordas?. En la señora feriante, la mamá que acarrea los niños en la calle, la señora víctima de un robo, del cuello para abajo y en loop en los reportajes sobre los peligros de la obesidad. En los realities gringos para bajar de peso y en los programas de operaciones bariátricas. Ah, y en las grotescas transformistas de Youtube. Fíjense: todo está mal alrededor del cuerpo gordo: es enfermo, inválido, marginal, grosero, sucio, flojo, indeseable, infeliz. Ese es el mensaje que los medios de comunicación hoy en día dan sobre el cuerpo de la mayoría de la población local.

Ante tal panorama, por supuesto que acepté las fotos pensando que tanto el equipo como la dirección de la revista se alinearían con un mensaje de diversidad, autoestima, feminismo. Acepté porque por primera vez un medio de comunicación abriría el espacio para un cuerpo diagnosticado como obeso mórbido ¡Hasta la palabra es monstruosa! Supuse que abrirían la página para los primeros pliegues y pechugas reales, llenas, pesadas y deseadas hasta el hartazgo. Pensé que por primera vez en mi vida vería a una mujer gorda desnuda en las hojas de un diario y que esa mujer sería yo. Me vería en esos mismos papeles que me enseñaron desde chica que tendría una vida infeliz, sin amor y no. No fue así.

IV

¿Por qué me invitan a Viernes Desnudo si no me quieren publicar desnuda? ¿A quién le molestó mi cuerpo abierto, exuberante, blanco, inmenso?. Durante todo este tiempo he comentado este asunto con mis amigos testigos de esto, incluyendo las difíciles conversaciones por teléfono. Esas conversaciones luego pasaron a correos escritos con esa gran regla editorial de las buenas formas y malas intenciones. Verdaderos comunicados de prensa y/o clases de cómo imponer visiones sobre otro cuerpo (mi cuerpo), a alguien que ya tiene su propia perspectiva sobre su imagen y representación en medios de comunicación.

Me pregunto: ¿Tan conflictivo resulta ser gorda, feminista y comunicadora? ¿Tan peligrosa es una gorda en pelotas que la editora de una revista de diario facho me envía comunicados de prensa a mi correo? ¿Tan terribles están las confianzas de uno sobre el trabajo de otro, que debemos asegurarnos el silencio del otro? ¿Cómo es que una mujer que se dice feminista -porque siempre ha trabajado la “femeneidad”- tiene una sección donde nunca han aparecido cuerpos diversos (raza, biotipo, clase social, etnias, culturas)? ¿Cómo es que una editora “feminista” decide publicar el cuerpo de una gorda pero tapado?.

Para Viviana la foto con bata era “más chora” (!), “no tan buena”, “ya está vista en internet”. Y a mí maní, pienso. Esas justificaciones no alcanzan, no me interesan. Incluso creo que son erróneas. Además me anticipo: cuando la gente viese la foto publicada y la promesa no cumplida (de la gorda desnuda) no iban a dudar en culparme a mí de vergüenza, cobardía o mojigatería. Y soy todo lo contrario. Por eso le seguí diciendo que no, porque no soy alguien que deje las cosas a medio camino, no soy alguien que necesite esconderse. No soy un cuerpo al que puedes obviar, tampoco una mujer a la que puedan callar. Soy un cuerpo comandado porque en él habito y soy consciente de su representación. ¿Viviana Flores me va a decir a mí, cómo me veo mejor? ¿Cómo me conviene aparecer ante la sociedad? ¿Alguien que no tiene idea lo que es vivir este cuerpo me va a enseñar a administrarlo? Lo dudo muchísimo.

Las líneas editoriales ejercen violencia sobre el cuerpo de las mujeres y ésta se llama violencia simbólica (Pierre Bourdieu), invisibilizándolas como sobre-explotándolas. Tanto mi cuerpo obeso como el de las Bombas 4, están siendo oprimidos y esto no siempre ha sido así. Nosotros lo conocemos así, pareciera “normal” no vernos en los medios de comunicación. Pareciera que la mujer siempre está disconforme con su cuerpo y representación. Damos por sentado, entonces, que un cuerpo como el mío es demasiado, es burdo, es peligroso y de mal gusto. Es un cuerpo de flaite, en último término. Sumo a esta línea argumental que por teléfono se me cuestionó incluso mi relación con mi propio cuerpo. Si eso no es violencia, díganme qué es.

Por eso denuncio y escribo esto, pues vivo esta experiencia como una discriminación y una censura. Aunque el marco de lo legal no se ajuste a mi parecer, esto me interpela como comunicadora y como cuerpo expuesto. Desde esa doble militancia puedo ser víctima y defensa de mí misma. Una cosa no quita a la otra. Por eso digo que no y exhibo lo ocurrido. Para que nunca más una mujer con poder, pueda imponerle a otra mujer -en este caso desnuda- un modo de verse y comprenderse a sí misma. El cuerpo desnudo que no quisiste publicar Viviana Flores, está aquí escribiéndote, lleno de razones y argumentos que estoy segura tienes pensado en ese fuero secreto que llevamos las mujeres. En esa intuición de que lo que hiciste es éticamente incorrecto y está mal. No obstante, hay que defender la pega.

V

Hoy comprendo que aceptar las fotos fue un error. El error de ser radical, educada, sin miedo y con voz, con medios de comunicación cercanos y un cuerpo enorme, completamente significativo para mi identidad, mi carácter y obra. El feminismo, en ese sentido, no es ni será faranduleo, no es vanidad para que sepan; si no, aceptaba la foto en bata que no muestra ni un rollito juguetón. El feminismo no es verse linda, Flores. No es empelotarse porque sí en Instagram, tampoco es la polera de moda con la palabra “feminismo”, ni las campañas del retail que usan hasta a mujeres transgénero.

El feminismo es una disputa de todos los espacios de lo social que le han sido quitados y arrebatados a las mujeres, incluso a manos de otras mujeres. Es el respeto irrestricto a la dignidad propia y ajena, al cuerpo que poseo y aquel que disfruto. Es la libertad de ser y mostrarnos como queremos ser exhibidas. Es el control de la natalidad, así como el control de nuestros nombres, roles e imágenes. Es también la capacidad solidaria que tenemos entre nosotras para hacer funcionar el mundo, la misma que me ha llevado a estar rodeada de comunicadoras, abogadas y activistas que a través de este caso han podido establecer nuevas redes de apoyo. El feminismo, en ese sentido, cuando es colectivo cohabita en ese hálito de justicia y de paz que nuestras abuelas nos enseñaron a valorar. Son todas aquellas palabras que la historia oficial ha borrado de los libros, de los periódicos, de la televisión, de las telenovelas, de la publicidad.

Digo entonces que no a La Segunda, digo que no a su editora, digo que no al fotógrafo y las invito a no prestarse para este circo, al que yo me presté. Porque su edición exhibirá todo lo que quieren borrar y tapar.

Esta es la cuña enviada a La Segunda que sería publicada junto a la foto desnuda:

“El feminismo es más que un desnudo. Es un modo ver y moverse en el mundo. Comienza con el amor propio, la autoeducación, la conversación con las amigas y termina con la igualdad de derechos entre géneros, roles y distintos cuerpos. Sé que mi cuerpo y actitud molesta, por eso me tomo esta página por derecho propio, como comunicadora, escritora y dj. Este es mi cuerpo gordo, blanco, hermoso que ha hecho feliz a otros y a mi misma. El feminismo me da esa libertad: desear ser tal y como deseo ser”.

Lo destacado, no le pareció a Flores. Como tampoco la foto “al desnudo”.

Actualización: ¿Dónde están mis fotos?

Estamos en agosto. Han pasado meses desde que escribí esta columna con la que he presentado mi caso a las organizaciones que respaldan mi denuncia. Mailén Parodi, abogada de Humanas ha tomado mi caso y me ha hecho ver el error de no pedir un contrato al fotógrafo, productora y/o revista. Así como también me ha hecho ver el error de todos actores anteriores al no poseer un protocolo profesional referido a esta delicada sección de la revista. Vale decir, todas las mujeres que han aparecido ahí publicadas, quedaron en pelotas y en sus manos.

La abogada entonces, siguió el curso formal de las conversaciones y se contactó primeramente con la editora de Revista Viernes para saber el paradero de mis fotos. Flores declaró en un primer momento:

“(…) Me permito informarle que nuestra revista no cuenta con ninguna fotografía de la señorita Ocampo, dado que todos los derechos de dichas fotografías le pertenecen exclusivamente al fotógrafo señor Sebastián Utreras y a la señorita Ocampo (imagen). El señor Utreras es un colaborador externo de nuestra revista. En su minuto sólo tuvimos acceso a ver las fotografías enviadas por el señor Utreras, pero dado que las mismas no son de nuestra propiedad, no tenemos registro alguno de las fotos en cuestión. De esta forma nuestra revista no posee ni dominio, ni registro del material antes señalado, por lo que es imposible su uso por parte nuestra. En caso de dudas, la señorita Ocampo debe contactarse directamente con el titular de los derechos que en este caso es el fotógrafo”.

Paso seguido, Mailén insiste para que la Revista Viernes se haga responsable de la situación ambigua respecto a quién tiene estas fotos. La Sra. Flores responde:

“Le reitero que nuestra revista no posee ningún registro de las fotos de la señorita Ocampo y no tiene derechos sobre las mismas. La propiedad de las fotos es del fotógrafo y el derecho de imagen de la señorita Ocampo. Es habitual que las revistas trabajen con productoras y fotógrafos externos como ocurrió en este caso. Además, la señorita Ocampo, señaló antes de que se llevara a cabo la sesión de fotos que ella conocía al señor Utreras. En esos casos para poder usar y publicar una foto, nuestra revista debe (i) comprar las fotos al fotógrafo y (ii) tener la autorización expresa de la persona que está siendo fotografiada. Lo que no ocurre en este caso. Los datos de contacto del fotógrafo Sebastián Utreras son los siguientes”.

Luego, Humanas se comunicó con el Sr. Utreras quien da esta respuesta:

“En relación con la propiedad de las fotografías a las que hace mención, siendo en mi caso el profesional que captura dichas imágenes, en calidad de fotógrafo, dichas imágenes son resultado de mi trabajo, razón por la cual, el producto del mismo, que son las fotografías propiamente tales, me pertenecen sólo a mí, y en ningún caso, desde un punto de vista legal, dicha propiedad se comparte ni con el medio que las encarga ni con la modelo que es fotografiada, así como tampoco la tenencia de las mismas ni la autoría de las imágenes. Atendido lo anterior, le aclaro que la decisión de entregarlas, destruirlas o hacer un uso comercial de las mismas es sólo mía. En relación con las circunstancias acontecidas con posterioridad a la captura de dichas imágenes, en particular al hecho de que este trabajo no fue pagado por el medio que las encomendó, le solicito informe a su cliente que he tomado la decisión de no hacer uso de las fotografías encargadas por la Revista VIERNES de El Mercurio. Le aclaro además que soy un profesional con una larga trayectoria como fotógrafo y en medios tanto nacionales como internacionales, por lo que imagino que está de más que le indique que respeto la imagen de Andrea Ocampo, así como de todas las figuras y personalidades a las que me ha tocado fotografiar, por lo que bajo ningún respecto pretendo vulnerar ni su intimidad ni su honra”.

En un segundo correo sigue:

“Tal como usted señala, he manifestado que no difundiré, utilizaré ni comercializaré las fotografías que tomé a la srta. Andrea Ocampo. Ante el relato de lo atravesado emocionalmente por la srta. Ocampo, quiero comentarle que también me vi afectado por todo lo que se produjo con este tema, tanto emocional como laboral y económicamente. Los hechos ocurridos posteriormente a la toma de la fotografía y los dimes y diretes entre los involucrados, tuvieron un costo en la confianza que he forjado con mis fuentes laborales y fotografiados. Dado que como ha quedado claro, no se me pagó por la sesión de fotos y que a modo personal considero que se me culpó indebidamente de la situación (…)”.

Tanto que decir. Que la Revista Viernes NO tenga mis fotos en su poder es muy poco probable, pues fue Viviana quien me envió la foto de la bata con post producción para ser aprobadas o no. Tengo un correo que lo confirma. También me pregunto si la productora Territorio Comunicaciones y su periodista Francisco Yávar tienen o no mis fotos. No nos olvidemos que este trabajo es secundarizado y la productora es intermediaria. Sumo también, el detalle que durante la sesión, el fotógrafo envió tomadas desde su celular vía Whatsapp a Viviana Flores para mostrarle en qué estábamos. Si bien ellos no tienen derecho sobre la foto, salvo Utreras, ellos sí tuvieron en su poder imágenes mías desnudas, imágenes que no consentí se mantuvieran en un móvil o cualquier otro dispositivo. Imagenes oficiales o no, que no contaron con un protocolo ni contrato de tenencia, difusión, propiedad. Error de ellos y demasiada confianza mía. Por lo que, de filtrarse estas piezas, sindico inmediatamente tanto a La Segunda, Territorio Comunicaciones, Francisco Yávar y Sebastián Utreras como responsables.

Sobre la decisión del fotógrafo de no destruir o entregarme las fotos, me pregunto ¿Para qué Utreras quiere mis fotos desnudas en su poder? ¿Para que se las compre? ¿Para amedrentarme? ¿Para no quedar mal con La Segunda = por pega? La miseria misma. La falta de compromiso vital con el trabajo y la falta de criterio de aquel que invita a una entrega de este tipo y responde con un cachetazo. Así se siente. Además el compañero no arriesgó nada: este viernes recién pasado acaba de publicar a una bailarina colgada de una tela. Si nada se conmovió en lo público, no me consta lo privado. En este sentido, tomar por derecho propio una pieza gráfica en la que yo aparezco desnuda, sobre la cual yo tengo derecho (de imagen) también, le hace tan violento como un violador. Porque se queda con algo de un cuerpo que no es el suyo y lo vulnera sin cesar, al retenerlo en la oscuridad, robándole el dominio a una persona sobre su imagen y representación. En fin ¿Cuál es aprendizaje de todo esto? No confiar en nada, salvo en el feminismo: lo único que me ha protegido y levantado luego de toda esta inmundicia que encalla en el corazón de los medios de comunicación masivos.

*Revisa acá y descarga nuestro dossier: Por mí y por todas mis compañeras

Fuente: Es mi fiesta

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