Una pedagogía que ya no tiene nada que enseñar

Mediapinta / Escrito por Maximiliano Díaz Santelices

“La pedagogía del vacío” es una colección de relatos muy lejos, afortunadamente, de las disquisiciones, entelequias y del discurso logocéntrico de lenguaje “cabrón y aristocratizante” de ciertos filósofos, a pesar del cartón universitario que pende de un muro de la casa habitación de Mauricio Rojas. Pues las temáticas y la forma que adquiere el lenguaje en “La pedagogía…” son más bien cotidianas, simples, pero sin dejar de ser profundas y esto se lo agradecemos a este discípulo de Nietzsche y de Focauldt. Pues es, sin duda, uno de los principales logros de este libro, la cercanía de los personajes con la realidad que todos nosotros conocemos o, por lo menos, intuimos.

El libro está dividido en tres partes, de tres cuentos cada una, imagino que por una cuestión de afinidad temática. En esta construcción tan armónica y equilibrada nos encontramos con cuentos de carácter realista, pero de un realismo sucio y que a diferencia del ejercido en el Siglo XIX, por franceses y rusos, principalmente, no está teñido de psicologisismos, ni tampoco se parece al ejercido por algunos escritores chilenos en la primera mitad del siglo pasado, pues no está hecho para denunciar arbitrariedades o explotaciones y luego agitando el puño y la bandera roja, salir a la calle a protestar contra las injusticias del capitalismo.

En el Realismo de Rojas, hay una suerte de aceptación de parte de sus personajes que la cosa es así y qué se le va a hacer, no hay en ellos una rebeldía o un heroísmo, son hijos del pueblo, pero de un pueblo que se droga, un pueblo que bebe, un pueblo lleno de deudas que busca el camino más fácil para alcanzar dinero, son perdedores que viven como perdedores, incapaces de luchar, porque en el fondo nada de esto tiene sentido.

El lenguaje es duro, lacónico, seco intentando dar cuenta de una realidad también dura y seca, donde las palabras se han vaciado de significado. La ciudad es también una protagonista con sus calles del centro de Santiago, con sus pasajes sórdidos, con sus edificios, con parques y plazas polvorientas, con sus bares de mala muerte, con barrios donde se disfraza la pobreza, lejos de los grandes y lujosos edificios del barrio alto.

Primera parte: “Agresiones”

En esta primera parte los personajes son individuos solitarios que se enfrentan a la lucha por la sobrevivencia, a la búsqueda del dinero fácil.

“La desesperación te lleva a chocar con las paredes a cortarte los brazos, a caminar como si el mundo fuese la cárcel de la que todos quieren escapar…”. (“Bala pasada”)

Narcotraficantes, policías corruptos, gente sin marcos de referencia, carentes de valores, de convicciones, de sentido. Náufragos en un mundo sin piedad, marginales en un mundo sin salida, la realidad es dura, no hay cariño, mucho menos amor, las relaciones son casuales y momentáneas. La ventana hacia un mundo sin héroes, ni salvación.

El equilibrio precario de los habitantes de la ciudad, pequeños delincuentes que quieren ganar dinero fácilmente, marginados que viven al borde de la muerte, “al filo de la navaja” o con la pistola en las costillas, vidas carentes de sentido y de importancia. Solitarios llenos de presentimientos, de sueños extraviados, locos caminando por la cornisa, pero siempre con la duda, con la angustia de la existencia. Así junto al tema policial, aparece el metafísico, junto a la búsqueda de la sobrevivencia aparece la angustia vital, la muerte, la desesperanza, el absurdo.

Segunda parte: “Herencias”

Estos cuentos nos hacen penetrar en el mundo de los jóvenes. Liceanos, que hacen la cimarra, beben alcohol y fuman marihuana, pero también miran el mundo desde su marginalidad adolescente, desde donde terminan por descubrir la realidad.

“No es fácil aceptar que uno se hunde (…) pero hay algo bello en todo esto” (“Herencias y manchas de aceite”)

Los cuentos dejan ver espacios sin esperanza, largas existencias vacías, sin propósito aparente que se van relacionando, pero solo en lo superficial, sin llegar a conocerse. De algún modo estos personajes viven su soledad acompañados.

Jóvenes enfrentados a sus problemas cotidianos: “la sobrevivencia” en un mundo salvaje y desprovisto de piedad, donde estos seres, ajenos al poder, se van hundiendo sin consuelo, ni esperanza, sin embargo, por eso mismo este mundo es digno de ser narrado. Frente a las situaciones límites, los personajes siguen tan solitarios como antes, enfrentándose cada uno a su destino, sin solidaridad.

Última parte: “Precipicios”

A partir de situaciones concretas y cotidianas, podemos ver reflejada nuestra sociedad en la cual, las relaciones son por interés y solo rozamos la superficie de los otros, a los que no conocemos. Cada uno vive su individualidad, las relaciones humanas se han tornado bienes intercambiables en el mercado, tenemos que sobrevivir, vendernos y quedarnos aún más solos.

Nos encontramos nuevamente frente a seres solitarios, desprovistos de esperanza, manchados por la inacción, perdedores en este mundo donde ha triunfado el mercado, seres lastimosos que viven en su isla, anclados por sus adicciones, por su criminalidad, por su huerfanía, “materiales sobrantes” en un mundo sin piedad.

“El departamento está en silencio. Camino hasta mi pieza. Me recuesto y recuerdo que no tengo plata y que debo buscar trabajo, recuerdo algo que no he olvidado, recuerdo que no tengo nada, que finalmente y después de todo, nada nos pertenece. Miro al techo. La mancha de humedad crece poco a poco” (“Material sobrante”)

Retratos exactos de lo desprolijo, de una acción que no se hace, de un devenir sin devenir, donde somos espectadores de aquello que no pasa, porque en estos cuentos no hay triunfo, ni pasan cosas, como sí ocurrían en los cuentos del realismo convencional, acá la fotografía devela gestos momentáneos, traduce lo cotidiano en pequeñas circunstancias desprovistas de esa explosión o golpe de efecto tan propia de los cuentos clásicos.

Mauricio Rojas describe pequeños escenarios que son parte de una realidad más vasta, donde las personas desaparecen, donde alguien te dispara o te ofrece negocios turbios, donde la ciudad es escenario de la soledad del enfermo, del criminal, del adolescente que hace la cimarra, de las manchas de aceite que ensucian la vida, de los pitos de marihuana, del alcohol al que no se puede renunciar, del amor que ya no existe y el vacío de esta pedagogía que ya no tiene nada que enseñar.

“En esos días yo no andaba bien, no tenía trabajo y todos los trabajos eran esclavizantes, era vivir para otros. Me parecía como estar muerto. Además no tenía tantas habilidades para pertenecer a este mundo. Todo tenía que servir, ser útil y yo no lo era. Estaba solo.” (“La pedagogía del vacío”)

Del Autor

Mauricio Rojas Peña (1978) autor de “La pedagogía del vacío” (su primera publicación), libro de relatos que hoy nos preocupa, estudió inexorablemente filosofía y, por supuesto, de manera ingenua ejerce la profesión en las aulas de un colegio de cuyo nombre no es hora de acordarse. Un impulso irrefrenable, suponemos, lo ha hecho escribir cuentos y ahora, otro impulso más exhibicionista lo ha hecho publicar dichos textos. Claro, motivado por los consejos de estos artífices de la industria editorial marginal, los editores esperpénticos. En fin, lo importante es que ahora los cuentos están allí, en papel, impresos y lo que con ellos ocurra de aquí en adelante, será cosa del azar, del tiempo y que caigan en las manos justas en el momento justo.

Ficha

Título: “La pedagogía del vacío”
Autor: Mauricio Rojas
Editorial: Ediciones Esperpentia
Año: 2012
Páginas: 100
Género: Cuentos

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