Una nueva receta para medir el bienestar

Foto: Ann Wuyts (Flickr bajo licencia CC)

Por Lin Yang

Imagínese por un momento que usted es un panadero. Ahora, ¿qué pondría en la lista de ingredientes esenciales para  su mejor receta de pan diario? Es probable que la harina figurase en el primer lugar de su lista. También incluiría un líquido que actúe como elemento aglutinante. Y calor.

Por el momento, detengámonos allí. Pero, usted podría decir, ¿y la levadura? Efectivamente, para los franceses una baguette que no llevase levadura sería impensable. Sin embargo, la levadura no es el único agente fermentador: los irlandeses usan el bicarbonato sódico para su pan de soda y los indios no usan ninguna levadura para los rotis o chapatis, los panes sin levadura más comunes. Aun los elementos universalmente considerados como esenciales -harina, líquido, calor- pueden combinarse usando diferentes proporciones y métodos y con variaciones de ingredientes para producir un producto final único; y dependiendo de nuestro lugar de origen y de nuestros gustos individuales, cada uno de nosotros tendrá preferencias diversas en cuanto a cuál opción le resulte más atractiva.

Lo mismo sucede con el bienestar. De hecho, cada uno de nosotros es un panadero con una receta personal para un buen estándar de vida. Del mismo modo en que el concepto de «pan de todos los días» es entendido de manera similar pero con sutiles diferencias por casi todas las personas alrededor del mundo, así también lo es la noción de bienestar.

Partiendo del reconocimiento de que solo podemos comprender y gestionar  lo que conseguimos medir, durante los últimos 30 años ha habido un interés creciente en desarrollar un parámetro, o parámetros, de medición del bienestar social que permita influenciar las políticas y el debate público. De hecho, este interés se ha visto reflejado en la aparición de una creciente «industria», nacida siguiendo el ejemplo del pionero Índice de Desarrollo Humano (IDH) y de su enfoque más integrador respecto del desarrollo humano en general. Así, un aluvión de indicadores y parámetros de medición diversos han sido propuestos, pero ninguno ha predominado por encima del Producto Interior Bruto (PIB) como parámetro para medir el progreso. El IDH es, quizás, el parámetro que más se le ha acercado, gracias a su éxito en la extracción de tres elementos clave en el progreso humano que son aceptados de manera universal por la comunidad global – el nivel de ingreso, la salud y la educación. La popularidad del IDH demuestra lo importante que es encontrar puntos en común cuando se trata de lograr una aceptación amplia.

Sin embargo, y de manera fundamental, considero que un parámetro de medición del bienestar debe también reconocer que gente diferente, de culturas diferentes y con características diferentes, tiene posturas diversas en lo que respecta a qué constituye un buen estándar de vida. El objetivo de aquellos que formulan políticas debería ser asegurar que todos tengamos una cantidad suficiente de los elementos esenciales para el bienestar, combinados del modo en que nuestras recetas personales lo requieran, de manera tal de satisfacer nuestras preferencias. El objetivo del estadístico debería ser medir cuán cerca estamos de esa meta. Pero, ¿será alguna vez posible desarrollar un parámetro de medición del bienestar humano que realice comparaciones interpersonales e internacionales y que tenga en cuenta las diversas posturas existentes en materia de desarrollo? En este punto puede que aquellos que se dedican a la estadística pongan el grito en el cielo frente a la posibilidad de realizar comparaciones con parámetros cuya composición pueda modificarse. Sin embargo, no nos olvidemos de que, de hecho, la composición del PIB está lejos de ser idéntica en todos los países. Solo es comparable la denominación final, el valor del dólar.

El año pasado tuve la suerte de hacerle una larga estancia como investigador con  el  Profesor Marc Fleurbaey de la Universidad de Princeton. Durante los últimos años, el Profesor Fleurbaey, conjuntamente con un pequeño grupo de colegas franco-belgas, ha estado trabajando silenciosamente en un nuevo enfoque para la medición del bienestar, uno centrado en las preferencias heterogéneas. Lo llaman el «ingreso equivalente» y tiene sus orígenes en la teoría de la elección social. La idea fundamental es trazar un mapa de las preferencias de la gente en lo que respecta a diversas dimensiones de la vida, permitiendo al mismo tiempo que la forma del mapa varíe de persona a persona. Por ejemplo, consideremos el caso de una persona jubilada y de un joven. Aun cuando los dos tuvieran el mismo bienestar total, cada uno de ellos podría estar dispuesto, en grados diversos, a renunciar a la salud por un mejor ingreso (y viceversa), y a su vez, también en grados diversos, a renunciar a la salud y a un mejor ingreso por un mejor nivel educativo. El objetivo, entonces, es descubrir los componentes básicos con los que cada uno de nosotros, de manera diferente, genera bienestar y, a partir de allí, extraer de esos procesos una medida de resumen. En la actualidad, aquellos que formulan políticas necesitan comprender el proceso de la generación de bienestar para hacer recomendaciones, pero es esa simple medida de resumen la que tiene la clave para destronar al PIB. Considero que esto se aproxima al método de la «receta» para un parámetro de medición del bienestar.

¿Y si utilizásemos la felicidad o el “bienestar subjetivo”? El bienestar subjetivo se está convirtiendo en un aspirante fuerte (y puede, de hecho, jugar un rol esencial en el cómputo del ingreso equivalente); pero tiene ciertas carencias que impiden que sea aceptado universalmente como una medida de resumen. Quizás lo más importante es que es susceptible de enmascarar la «impasibilidad frente a la condición física». Tal como lo señalara Amartya Sen: «Una persona que está mal alimentada, desnutrida, sin techo y enferma puede presentar un índice de felicidad o de satisfacción de sus deseos alto si ha aprendido a tener deseos “realistas” y encuentra alegría en las pequeñas misericordias» (Sen, 1985, p.21). Del mismo modo, alguien que se ha adaptado a tener grandes aspiraciones y gustos caros puede estar insatisfecho con su vida, tal como en el ejemplo brindado por la paradoja del «millonario triste» de Carol Graham. El problema es que medir el bienestar subjetivo sería como contar las hogazas de pan obtenidas como resultado final – un ejercicio pertinente pero que no especifica los ingredientes de la receta o las diferencias que existen entre ellas. Una hogaza simple (la felicidad de una persona mal alimentada) puede ser contabilizada de la misma manera que una brioche llena de manteca y chocolate (la felicidad de un millonario), aun cuando partiendo de los ingredientes sabemos que son bastante diferentes.

Llevando aún más lejos la analogía con la preparación del pan, comparemos nuestra propuesta para medir el bienestar, el método de la «receta», con el principal contendiente, el PIB. Medir el PIB sería como medir la cantidad de dinero con la que contamos para comprar los ingredientes (u otras cosas), sin requerir que lo que compramos sea bueno para hacer pan. Con el PIB,  podríamos estar comprando serrín como una estrategia de adulteración barata o productos de limpieza para remover la harina derramada o el pan quemado.

El inventario y manual de medidas de resumen del bienestar que yo elaboré durante mi pasantía en la Oficina encargada del Informe sobre el Desarrollo Humano, brinda un detalle de 101 recetas diferentes destinadas a medir el bienestar conjuntamente con una cantidad similar de ingredientes, métodos y sabores. El callejón sin salida en la búsqueda de otro parámetro preponderante para la medición del progreso da fe de que cada parámetro propuesto se ocupa de un grupo de prioridades diferentes. Quizás ha llegado el momento de que aceptemos las diferencias mediante la adopción de un parámetro de medición del bienestar capaz de ser moldeado de manera que pueda abarcar nuestras diversas, así como también coincidentes, concepciones del bienestar. Lo que cuenta es entender  dónde surgen las diferencias y luego, quizás, tendremos la oportunidad de alcanzar visión  pluralista en el significado del progreso.

Referencias:

Sen, A. (1985), Commodities and Capabilities, North-Holland, Amsterdam.

Para una introducción al enfoque del ingreso equivalente consultar el capítulo 3 de Decancq, K. and Schokkaert, E. (2013), “Beyond GDP: Measuring social progress in Europe”.

Para un resumen general de los diferentes enfoques sobre los parámetros de medición del bienestar y del ingreso equivalente en particular, consultar: Fleurbaey, M. and Blanchet, D. (2013), Beyond GDP: Measuring welfare and assessing sustainability, Oxford University Press, Oxford.

Fuente: Humanum

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