Un silencio que grita

Por Natacha Gómez Barahona* 

Una especie de cronómetro que no se detiene. Que suma y suma, semana a semana, cifras que son cuerpos, vidas, historias. En Chile, un país con cerca de 20 millones de habitantes, muere en promedio una mujer a la semana. Por femicidio. No es que muera. La matan. “Crimen pasional”, como aún suele en ocasiones señalarlo la prensa, que lo naturaliza y justifica bajo figuras como celos enfermizos, arranques incontrolables, locura temporal y otros estados patológicos por parte del femicida, y que se ha ido paulatinamente desnaturalizando a pulso, en la calle, en la denuncia, en la rabia, año tras año, en el  trabajo sistemático de otras mujeres que salen a las veredas para contarlo.

En el continuo de violencia, el femicidio es el desenlace con que muchas veces culmina el acoso, el golpe, la institución del piropo, el control, la violencia física, sexual, psicológica, económica, y todas las agresiones y prácticas machistas, sexistas, capitalistas y  patriarcales que, desde dentro y fuera de las instituciones, constituyen y soportan ese continuo que cerca las vidas de las mujeres.

Y en ese continuo, la ley promulgada en Chile en 2010, y que considera por primera vez la figura jurídica del femicidio, poco o nada ha podido cubrir las fugas por donde se escapan día a día las vidas de las mujeres, considerando además como femicidio sólo el crimen de un hombre contra una mujer cuando hayan tenido una relación matrimonial o de  convivencia. Se descarta así todo lo que queda fuera del ámbito del llamado femicidio íntimo: las mujeres que son asesinadas en relaciones de noviazgo o en relaciones ocasionales, los crímenes contra trabajadoras sexuales por parte de clientes, o los crímenes ejecutados por quienes tienen otra relación con la mujer, o ninguna. Menos se nombra el suicidio femicida, producto del agobio por la violencia a la que se está sometida, apenas si se habla sobre el castigo femicida o femicidio cruzado, cuando se ataca a los hijos o hijas de la pareja como forma de venganza, o del femicidio frustrado, cuyas cifras muchas veces se desconocen y que, se estima, duplican las de los femicidios efectivos.

Vidas desprotegidas por el Estado, olvidadas por el cotidiano, devenidas en un número de la estadística.

El 45 % de las mujeres muertas entre 2011 y 2012, había hecho denuncias previas. El 40 % de las que tenía una o más causas penales en curso, entre 2010 y 2012, fue asesinada en los tres meses posteriores a la última denuncia. Algunas, fueron muertas apenas una semana o pocos días después que denunciaron [1].

¿Qué hacer en los márgenes de un sistema que desprecia las vidas de las mujeres? ¿Qué hacer para visibilizar esa suma semanal cuyo rastro se pierde entre los titulares noticiosos del fútbol y la corruptela política nacional? ¿Qué hacer para no borrar los nombres de Carolina, Nicole, Silvannia, Rocío, Marta, Pamela y todas las demás?

En silencio, de luto, con rabia

Salir a la calle a mostrarlas. Honrar su memoria. Una vez por mes, un grupo de mujeres y, en ocasiones, también algunos hombres, realiza una rutina que la ciudad ya va identificando: en una larga columna y vestidas de negro, circulan por la vereda, apenas interrumpiendo el paso de las y los peatones.

Es la Caminata del Silencio contra el Femicidio que cada día 25 [2] se realiza en la ciudad puerto de Valparaíso, Chile, organizada por la colectiva La Huacha Feminista.

No todas las que asisten a la actividad se conocen. Algunas participan siempre, para otras es la primera vez. Hay jóvenes y adultas. Algunas se suman espontáneamente cuando ven la columna que empieza a desplazarse.

Llegan convocadas por redes sociales, por correo, por el “boca a boca” o por algunos  -siempre escasos- medios de comunicación independientes que apoyan la difusión.

Luego de ordenar la fila, cada una recoge un cartel que instala sobre su cuerpo con la silueta de una mujer, su nombre y las circunstancias del femicidio: “Ivonne Lazo, 30 años, baleada y quemada el 28 de mayo de 2014 en Santiago”. “Valentina Arriaza, 8 años, violada y asfixiada por vecino, el 25 de febrero de 2012 en Tocopilla”. “Julia Castillo, 32 años, degollada por su ex esposo el 4 de enero de 2014 en El Olivar”. 

Un listado interminable de métodos, a cual más elaborado, que devela todas las posibilidades en que se sostiene, desenvuelve y ejecuta la violencia femicida. Una trama de nombres que cruza la ciudad llevada por los cuerpos de otras mujeres, y que se entremezcla silenciosa en la vorágine de quienes van y vienen y la miran sin ver: igual que la violencia.

La apuesta performativa y política de la colectiva La Huacha es revelar la violencia en la calle. Sacarla del ámbito de lo íntimo, de lo doméstico, de la misma casilla estrecha en que el propio cuerpo legal la puso al denominarla como “Ley de Violencia Intrafamiliar”, condenándola al secretismo, acorralándola a un asunto privado, algo que pasa “al interior de las familias” desconociendo, de paso, toda la maquinaria y violencia estructural fuera de la familia.

La primera Caminata del Silencio se realizó en junio de 2013, en el contexto del lanzamiento de la campaña “Cuidado, El Machismo Mata” que lleva a cabo la Red Chilena Contra la Violencia hacia las Mujeres. De ahí, ya no se detuvo. Primero cada 15 días, luego una vez por mes. “La violencia no para, nosotras tampoco”, es la consigna.

Ya transcurridos casi dos años de esta experiencia política y metodológica de activismo y trabajo feminista en la calle, la Caminata se encuentra plenamente reconocida e instalada y se ha replicado en otras ciudades del país: cada 25, de luto, en silencio, con rabia, salen a la calle por Karla, por Nancy, por Nicole, por Claudia…

Porque ellas ya no pueden salir, otras las llevan.

“Sabemos que caminamos con muchas de ellas de la mano, sabemos que nos miran desde dentro de ese camino oscuro y tibio que formamos para darnos fuerza, porque son tantas y tantas ellas que a través de la historia han sido asesinadas, quemadas en la hoguera, silenciadas en las prisiones domésticas, en los trabajos forzados de las maternidades obligatorias y en los espíritus creadores sofocados, que no podemos dejarlas solas, olvidadas, porque su olvido es dejarnos solas también a nosotras.

Nos tomamos el silencio, ese en el que han permanecido las mujeres en la historia, ese que se instala para callar, para no nombrar, para guardar la violencia en el cajón del dolor. Nos tomamos el silencio y lo hacemos nuestro para inventar palabras que nombren un mundo sin opresiones.”

NOTAS

 [1] Datos de la investigación “Violencia extrema hacia las mujeres en Chile (2010-2012), de Paula Santana y Lorena Astudillo, publicada por la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres”

[2] Se realiza los días 25 en alusión al 25 de noviembre, “Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres”

 Fuente: Revista con la a.  Fotografía de Tamara Marban. 

*feminista a tiempo completo. Integrante de las colectivas “La Huacha Feminista”, en Valparaíso, y “Resueltas Feministas Populares” en Santiago. Periodista, comunicadora popular en medios libres. Diplomada en Estudios de Género.

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