UN MUNDO FELIZ

Por Wilson Tapia Villalobos

La utopía la sembró Aldous Huxley, en 1932. Lo hizo con amarga ironía en su obra magistral, “Un mundo Feliz”. En ella muestra una sociedad en continuo y universal disfrute. Las guerras y la pobreza han sido erradicadas.  Y para que la felicidad resulte permanente, la sociedad tiene que ser manipulada, la libertad de elección y expresión restringidas.  Se inhibe el ejercicio intelectual y la expresión emocional. Y todo el mundo toma soma, especie de elixir que lleva a un equilibrio que elimina tensiones, apetencias desmedidas, disconformidad.

En 1989, cuando aún se no asentaba el polvo levantado por la caída del muro de Berlín, Fancis Fukuyama escribió su ensayo “El fin de la historia”. Anunciaba el término de la lucha ideológica y la supremacía en el mundo, por los siglos de los siglos, de una democracia liberal. Ya había comenzado en Chile el experimento más marcado de neoliberalismo a nivel planetario.  Y la globalización era inminente. Hoy, esa postal puede verse en todo el planeta.  Y los elementos que describía Aldous Huxley están en cada nación. Claro que en el caso de la realidad, los ciudadanos no han tenido necesidad de soma.  Simplemente se los transformó en consumidores.  Los medios de comunicación se encargan de la manipulación, la libertad de elección y expresión están restringidas.  También se inhibe el ejercicio intelectual por medio de un pensamiento único y la expresión emocional es descartada como trasgresión valórica.  La diferencia con el mundo feliz de Huxley es que la pobreza no ha sido abolida, las guerras continúan y pese a la farandulización de la vida, la felicidad no abunda.

Además, en nuestro mundo feliz la nota discordante la ponen las crisis. Hoy el drama se asentó en Grecia. Al comienzo Europa se inquietó.  Luego, el pavor invadió las bolsas de todo el orbe.  España, Portugal e Irlanda sufrieron escalofríos.  Y la caballería vino al rescate.  Los ministros de Hacienda de la Unión Europea (UE), el Banco Central de la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI) finalmente lanzaron un salvavidas.  Casi un US$ 1 billón (700.000 millones de euros) se destinaron a afirmar la economía griega.  Pero nada fue simple.  Antes, el gobierno del socialista Giorgios Papandreou (hijo) se comprometió a rebajar el déficit fiscal, que en 2009 alcanzó a 13,6% del Producto Interno Bruto (PIB), a sólo el 3%.  Y eso se hace sobre la base de retrasar la jubilación de la mujer, suprimir los retiros anticipados, rebajar en un 5% los sueldos de los empleados públicos, elevar el IVA a 21%, aumentar el impuesto a los combustibles, el alcohol y el tabaco. Todo en el marco de un reajuste severo y general del presupuesto fiscal, donde los más golpeados son los programas sociales.

Cuando el paquete de ayuda fue aprobado, en la primera semana de mayo, Europa respiró con alivio.  Para Angela Merkel, la premier alemana, se trataba de una “prueba existencial”. Los mercados financieros habían comenzado a contagiar a otros integrantes de la eurozona con altas deudas.  El Dow Jones, índice industrial de la Bolsa de Nueva York, llegó a caer mil puntos.  Fue una consecuencia inesperada e incomprensible, hasta que el ministro de Finanzas de Suecia, Andreas Borg, puso las cosas en su lugar. Dijo que la conducta de los inversionistas especuladores asemejaba a la de “una manada de lobos”. Hoy Borg y otros miembros de la UE abogan por tomar medidas que se enfoquen más sobre la economía que en el manejo de las finanzas fiscales.  Y ello da una pista de lo que realmente está pasando.

Todas las medidas propuestas por el FMI, aceptadas por la UE y con agradecida obsecuencia por el gobierno socialista griego, no aportan ribetes novedosos.  Éstos provienen de los sindicatos de la isla y de las organizaciones de trabajadores europeos.  Los primeros se mantienen movilizados condenando las acciones gubernamentales.  En definitiva, protestan por ser los que tendrán que pagar las consecuencias de maniobras para enriquecer a los de siempre. La Confederación Europea  de Sindicatos, por su parte, afirma que 19 millones de trabajadores viven bajo el umbral de la pobreza en los 27 países miembros de la UE y 80 millones se encuentran en riesgo de exclusión social. Abogan por la creación de puestos de trabajo no precario y por no recortar el gasto público.

Esta última exigencia recuerda que la gran lucha del FMI es terminar con el Estado de Bienestar.  Esa entelequia que distinguía a algunas naciones europeas desarrolladas que daban al ser humano el trato de tal.  Hoy, los parámetros son otros. Y es por eso que la pirámide de la riqueza se ha aguzado en la punta y ampliado en la base. Nunca el mundo ha sido más rico que hoy.  Pero nunca la riqueza había estado más concentrada en pocas manos. Tal vez jamás un sistema había sido más inhumano a nivel global.

La novela de Huxley parece un sarcasmo frente a la realidad actual. Pero es posible que tal escenario permita que asomen soluciones nuevas. Soluciones que seguramente no estén hoy en la cabeza de Giorgios Papandreou, actual presidente de la Internacional Socialista.  Pareciera que la socialdemocracia se encuentra más preocupada de encontrar una nueva imagen bajo la que cobijarse.  Puede ser el progresismo. Combina mejor con la imagen de gerentes del neoliberalismo que la añeja izquierda. Pero, igual, no resuelve el problema.  Los platos rotos siguen pagándolos los de siempre, trabajadores y pobres.  Mientras, entre ellos y los dueños de la riqueza el abismo se ensancha segundo a segundo.

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