Última edición de La Diagonal: “Nos vemos en marzo”

2Que el asfalto hable por nosotros. Porque hoy, cuando tenemos que volcar la mirada sobre el pavimento que un día soñadores desparramamos sobre las calles de la ciudad, las faenas sellan su primer ciclo. Y ahí podemos verla, tocarla, sentirla y por sobre todo caminarla. La Diagonal. Esa ruta donde las marcas que quedaron a estas alturas, de las mil y una personas que dejaron al transitarla, se alzan como una suerte de innegable testimonio. Y ahí está, más estoica que nunca, con sus extremidades abiertas esperando el regreso de aquellos y el arribo de los otros. Estos últimos, los desencantados a jornadas completas de las añejas arterias. Los hastiados de esos pasadizos que aún cuando adornados con las más rimbombantes palabras, terminaron hundidos de igual manera en las narices de las izquierdas y las derechas.

Supimos desde el comienzo que la embarcación podría naufragar con cualquier la más fugaz ventolera. No fuimos ilusos. La endemoniada tempestad estaba ahí aguardándonos silenciosa tras las sombras para hacernos trizas con su maquinaria celosa. La concentración de medios, los fácticos poderes y sus sucursales de secuaces ya habían derrumbado otras similares intentonas independientes. La voz se había corrido rápido. No era una empresa auspiciosa por donde se le mirase nos dijeron cuando zarpamos. Es un proyecto perdido nos dijeron otros, los más educados. Pero aquí estamos. Y en nuestra bodega, los papeles sobrantes de nuestro trabajo concreto durante el año, nos miran y guiñan un ojo para que no nos olvidemos que todo valió la pena. Que nada fue en vano. Que en Marzo próximo nos reencontramos.

Fueron diez meses en los cuales cada una de nuestras ediciones intentó imprimir, de la manera más honesta posible, facetas de la realidad que otros medios mediante maquillaje fino intentan día a día desfigurar. O digámoslo sin concesiones, decididamente ocultar; o lo que es igual o peor, falsear. En cambio en La Diagonal, en su portada misma se podía leer en los surtidos kioscos de Concepción y alrededores sobre la ley maldita que arremete sobre las manifestaciones públicas y un puñado de derechos fundamentales; los aires que están intoxicando y matando a Talcahuano; los abusos de todo tipo que son silenciados en el Casino Marina del Sol; el azote inminente de las termoeléctricas en más ciudades de la provincia; los allanamientos injustificados de los cuales son parte las radios comunitarias por ejemplo o el lucro energético en Chile entre un inacabable etcétera. Todo bajo los prismas reflexivos, críticos y sociales con los cuales nuestra tripulación se lanzó a los mares de la realidad.

Creemos firmemente en nuestro proyecto, pero somos devotos creyentes que sin ustedes, los lectores y la ciudadanía, La Diagonal se desnortaría de rumbo y daría de bruces como en esos callejones sin salida un farsante de la moral burguesa. Y es lo que menos queremos. Por eso ahora, cuando llega el tiempo de estacionarse, limpiar los retrovisores y mirar con la más sigilosa autocrítica todo nuestro andar, confiamos en haber respondido aunque sea el mínimo con las expectativas de quienes como suertes de bastones apoyaron este tránsito. Porque no hipotecaremos la depositada confianza, aquella en convertir a La Diagonal en la avenida por donde sólo pasen las verdades solteras, sin compromisos con los partidos políticos de temporada ni coqueteando con los jugosos números y utilidades de las pandillas económicas que ya conocemos. Porque queremos que todos caminemos con las conciencias limpias y los pasos firmes, enredados en las mismas ganas de fecundar un país más justo, libre y humano. Y para eso están las páginas de La Diagonal, para regar día a día ese propósito que tantos compartimos y que de un tiempo a esta parte hemos ido confirmando que no es sólo otro infantil sinsentido como una vez a risotadas escuchamos por ahí. Para eso está La Diagonal. Nada menos, tampoco nada más. Y el resto, el resto lo seguirá hablando por nosotros el asfalto con el tiempo.

La Diagonal.cl

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