Televisión chilena, la escuela de bullying de género

Desde hace años se muestra en los medios de comunicación la violencia de género, pero poco o nada se critica los comentarios y campañas sexistas y mucho menos la agresión verbal hacia mujeres que proliferan en los programas televisivos.

Por Fabiola Gutiérrez, periodista del OGE

Impresiona la nula capacidad analítica y de autocrítica de los propios medios aterrizando todas las quejas ante el Consejo Nacional de Televisión.

Con esto quiero referirme al nuevo show Business de la televisión farandulera en la época estival, la que tuvo como acto artístico cúlmine la transmisión del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. Como punta pie inicial Chilevisión, que se adjudicó la licencia por los próximos cuatro años para su transmisión, hizo gala presentando personajes que recorrían una alfombra roja, cual estrellas de Hollywood a la chilean way.

Lo que me llama poderosamente la atención es quiénes están frente al relato de la “famosa gala televisiva”. Por una parte, Jordi Castell, destacado fotógrafo, conductor de un estelar de farándula y conocido por su participación en la campaña de prevención de la violencia del SERNAM durante el 2010 y 2011, cuyo slogan fue “Maricón es el que le pega a una mujer” –muy bullada ciertamente-, se encargó de criticar el vestir de quienes desfilaron por la alfombra roja. Destilando comentarios como “parece ambulancia chocada”, “es un refrigerador”, “parece un tupperware”, “está usando una cortina de baño”, etc., todos dirigidos a mujeres invitadas por el mismo canal a esa gala. En diálogo, a estos comentarios amedrentadores de Castell se suman los realizados por el diseñador Luciano Brancoli quien mandó a la madre del tenista, Nicolás Massú, a realizarse una liposucción. Todo justificado por el supuesto buen gusto de estos hombres que en su soberbia fueron incapaces de reconocer su error.

La agresión sicológica le jugó una mala pasada a Castell, quien no hizo intento alguno por redimir su actitud, y la redes sociales estallaron frente a sus comentarios, los que por cierto terminaron exasperando al fotógrafo quien escribió por twitter “Más troleo ofensivo por favor, se los pido. Así cumplo el sueño de tener mi añorada casa en la playa”. Luego de esto ¿será escogido nuevamente Jordi Castell para una campaña contra la violencia de género?

Pero no es el único hecho lamentable de la televisión chilena. Canal 13, con un 33% de propiedad de la Iglesia Católica, transmite Mundos Opuestos, calificado como el “exitoso reality” de la pantalla chica. Tal como el nombre lo indica, hombres y mujeres se encuentran encerrados en lo que se entiende es una vivencia de pasado y futuro, el único punto de encuentro entre ambos mundos se da en el presente, que se ha transformado en un ring de constantes peleas entre unos y otros, incluso llegando a los golpes. Las quejas llegan en números altísimos al Consejo Nacional de Televisión, sin embargo, la violencia televisada sigue entregando sintonía. Está claro que el morbo dirige al people meter.

Me detengo para mirar el comportamiento de las y los participantes. Cuando son los hombres quienes se transan a empujones y palabrotas, o bien son celebrados -porque hasta el día de hoy se considera de machito ese actuar- o sus compañeros intervienen y el asunto no pasa a mayores. Cuando una mujer es la agredida, nadie interviene y la participante queda expuesta, maltratada y sin apoyo alguno de quienes comparten el encierro con ella. Un mito resulta, entonces, el compromiso que se expulsará a quien agrede al otro o la otra. En un reality que se edita al gusto del director, no quiero imaginar lo que NO hemos visto.

Y como si esto fuera poco, la mayoría de los programas de farándula, en especial los estelares, festinan con la violencia que han vivido algunas mujeres. Una acusa haber sido agredida por un ídolo futbolístico, otra es expuesta frente a su novio alcohólico. Ambas son sometidas al escrutinio público, e incluso se pone en duda su condición de víctimas de violencia por parte de sus parejas. Todo se remite al historial amoroso de ellas.

Entonces, ¿pueden cumplir los medios de comunicación en general, y la televisión en particular, un papel de primer orden en la solución de este problema? ¿Dejaría la televisión de percibir altas sumas de dinero por el negocio de la violencia de género? Ni fiscalización de las autoridades, ni autorregulación.

Hoy por hoy, todo el mundo televisado gira alrededor de una realidad siniestra que graba y difunde la “sandez humana” en toda su expresión. La televisión hace años dejó de cumplir un rol educador, informativo y de entretención. Transitamos desde la farándula a la crónica roja, matizada por amplios espacios dedicados al fútbol. No es de extrañar que se extienda el uso del término “telebasura”. Eso sería todo.

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