Relatos de la movilizaciones y la represión

Desde que comenzaron las movilizaciones y la represión se descargó con brutalidad sobre la gente han circulado por las redes sociales numerosos relatos de lo sucedido. Aquí va una de esa historias que utilizando el género epistolar nos coloca en el centro del torbellino social y nos hace vivir algunos momentos de angustia y luego de mucha indignación por lo que se permiten hacer los funcionarios del Estado

Jueves 4 de Agosto, 2011

El día jueves pasé a ver a una amiga que vive cerca de la plaza Italia después del trabajo. La idea era acompañar un ratito a los estudiantes en su marcha no autorizada y luego devolvernos por un té o un café para conversar de los miles de temas que nos pertenecen y que no tienen que ver necesariamente con la contingencia del día jueves 4 de agosto. Cuando llegué a la casa de mi amiga, pasadas las 18:30 hrs. se vio que era muy difícil que pudiéramos acompañar a nadie en ninguna marcha ya que la policía y las fuerzas especiales habían iniciado desde muy temprano una labor de dispersión bastante impresionante. A eso de las 18:30 hrs. la calle olía a lacrimógena y frente a la casa de mi amiga, cuyo departamento está en un edificio en plena esquina de calle Curicó, se podía apreciar a los muchos estudiantes y adultos que en calidad de apoderados huían después de haber intentado marchar por la Alameda.

Estuvimos mucho rato mirando que pasaba, en una actitud completamente contemplativa. A un par de esquinas de donde estábamos nosotras, se divisaba una barricada y un poco más allá sendas micros verdes de donde bajaban y bajaban contingentes policiales durante todo el rato que estuvimos mirando. Un par de veces en que vimos que la cosa se ponía muy álgida nos entrabamos al edificio, sobre todo para evitar que nos llegara alguna piedra, proyectil de cualquier tipo, en fin. El ambiente por mientras era de caceroleo anticipado y de pitos y bocinazos provenientes de los departamentos de los edificios vecinos y de los pocos automóviles que se atrevían a circular. En eso estábamos las antropólogas, haciendo una observación que podríamos decir que es propia del trabajo etnográfico, sacándole el rollo a los pacos, a los jóvenes y niños de edades fluctuantes, mientras sobrevolaban los helicópteros, sonaban las ambulancias y las cucas, cuando de repente apareció de la nada y contra el tránsito una micro de fuerzas especiales enorme que se estacionó frente a nosotras. No quiero exagerar, pero la imagen fue digna de cualquier libro de Tolkien, era un contingente de tipos del GOPE parecidos a los orcos, envueltos en cascos y escudos, con tamaño de gorila y con actitud y gesto muy beligerante y amedrentador. Éramos unas 8 personas las que estábamos en esa esquina, todas del edificio de mi amiga, quienes los quedamos mirando. De pronto nos dimos cuenta que se bajaban y que venían hacia nosotros, entonces de forma espontánea nos replegamos, nos entramos al edificio y cerramos la puerta metálica que comunica con la calle. Mi amiga intuitivamente corrió a su departamento que está en el 1º piso y comenzó a abrirlo ya que estaba con llave. Yo, por mientras, me quedé cerca de la entrada, a la subida de la escalera, mirando hacia afuera por una columna vidriada muy angosta que era parte de la puerta metálica, de la cual estaba a unos tres metros, para ver qué pasaba y cómo se iban. Creí que el grupo del GOPE, al ver que éramos residentes de uno de los tantos edificios del centro de Santiago y que estábamos en un espacio privado al cual no es posible ingresar por la fuerza de ningún tipo, porque además la ley no lo permite, se iría. Cuál no sería mi sorpresa cuando me doy cuenta que en vez de irse comenzaron a arremeter a golpes de puño y patadas a la puerta que tenía a tres metros de mí. A esas alturas mi amiga gritaba porque nos entráramos cuanto antes a su casa, a lo que yo hice caso inmediatamente. Estábamos entrándonos a su departamento cuando el GOPE logró entrar al edificio, logrando nosotras cerrar la puerta del departamento y poner llave casi en sus narices. Lo que vino después fue horrible, comenzaron a patear y a golpear la puerta nuestra y la del vecino del frente. Por mientras nosotras, atónitas, no sabíamos que hacer. Yo personalmente, después de constatar en fracción de segundos que no teníamos por donde huir ya que estábamos en un espacio absolutamente encerrado, entré en un estado de perplejidad a la espera de que entraran en cualquier momento para llevarnos del pelo o de no sé dónde. Después de 8 o 10 minutos de patadas y golpes en la puerta se hizo un silencio.

No sé cuanto rato pasaría antes de que volviéramos nuevamente a sentir voces en el pasillo, si fueron 5, 10 o 15 minutos ya que estábamos impresionadas. Cuando salimos constatamos, junto al grupo de vecinos que habían arrancado igual que nosotros a sus departamentos, que todos los citófonos del edificio habían sido completamente destruidos y que la puerta de la casa del vecino, donde felizmente no había nadie, había sido descerrajada y abierta por los golpes. Los ahí presentes grabaron y fotografiaron las evidencias de los destrozos producidos por quienes algunos llaman “carabineros” pero que en realidad era más propio del paso de un grupo de forajidos y delincuentes que de quienes se supone que deben resguardar el orden público y la integridad de los ciudadanos y ciudadanas de este país. Cuando llegaron los dueños del departamento descerrajado y luego de ser informados de lo que había sucedido con su casa por sus vecinos, fueron a poner una denuncia a la comisaría más cercana, la que el personal de turno no quiso recibir.

En este poco tiempo que ha pasado entre el jueves en la noche y hoy día sábado he estado pensando en todo esto bastante, hasta que hoy día al medio día leí una columna en el Mostrador de Patricia Politzer, quien dice que, a pesar de los disturbios y de la represión del jueves, no se puede hacer la comparación con los hechos acontecidos durante la dictadura y que, además, debemos valorar y proteger esta democracia – lo que me parece fuerte-. Hasta aquí había permanecido tranquila, sin embargo, después de haber vivido lo vivido el día jueves y luego leer este tipo de opiniones me siento transgredida ¿Qué tipo de democracia es aquella en que la gente no solo no puede marchar libremente por las calles, sino que además cuenta con una policía que amedrenta y amenaza tan violentamente a quienes somos los ciudadanos de este país? ¿Qué tipo de democracia es aquella en que las fuerzas especiales entran a los espacios privados destruyéndoles y luego las instituciones no son capaces de hacerse cargo de sus actos ni siquiera recibiendo las denuncias? Todo lo anterior lo comparto porque siento que es importante, porque me imagino que hay miles de historias como la mía que sucedieron este jueves 4 de agosto, y que, por lo tanto, no tengo la exclusividad de haber estado en un hecho de violencia. También comparto esta historia porque quisiera que todas las personas que van a leer esto sepan que las quiero mucho, que no me gustó la dictadura –obvio-, ni me gusta este modelo económico y porque tengo fe y esperanza en que mi hijo los hijos e hijas de ustedes luego y los nietos y los hijos de nuestros nietos, van a poder encontrarse con un modelo económico y político y una sociedad diferente. Pero porque además, para que todo esto cambie, nosotros, desde donde estemos y como podamos, tenemos que aparecer y hacernos presentes, respetando nuestras diferencias por supuesto ya que somos seres humanos. Cada uno y una sabrá cómo puede hacerlo.
Un abrazo.
Francisca

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