Reconocimiento a la sabiduría del obispo Luis Infanti.

Por Hervi Lara (*)

“Para hacer frente a una tecnocracia creciente, hay que inventar formas de democracia moderna, no solamente dando a cada hombre la posibilidad de informarse y de expresar su opinión, sino de comprometerse en una responsabilidad común”.  (Pablo VI, “Igualdad y participación”, Nº 47, 1971).   Es ésta una de las innumerables expresiones del Magisterio de la Iglesia Católica en el sentido de que “camina unida a la humanidad y se solidariza con su suerte en el seno de la historia” (Op. cit. Nº 1).

Es, entonces, válido que el Vicario Apostólico de Aysén, obispo Luis Infanti, se haya manifestado partidario de la convocatoria a una Asamblea Constituyente para la elaboración de una nueva Constitución.

Todos los demócratas han coincidido siempre en que la Constitución de 1980 es ilegítima desde su origen.  También los obispos se manifestaron formalmente a este respecto.  Su aprobación se efectuó durante una dictadura, sin registros electorales, ni debates, ni posibilidades de propaganda opositora, ni claridad en el recuento de votos.

Aún más: su contenido es explícitamente para favorecer a un sector de la población, perjudicando a las mayorías, a través de la “dictadura de una economía sin rostro” en la que mientras “los ingresos de una minoría crecen exponencialmente, los de la mayoría se derrumban”, como acaba de señalarlo el Papa Francisco.  El mismo pontífice condenó “la extendida evasión de impuestos que ha tomado dimensiones mundiales”, cuestión que en Chile es de público conocimiento.

Con la Constitución de 1980, Chile se ha convertido en uno de los peores países del continente en la calidad de la democracia.   El cambio de régimen en 1990 no significó una ruptura, sino la  continuidad de un régimen que aplasta a quienes viven de su salario.

El sistema político se encuentra “encarcelado” por la Constitución de Pinochet, lo que hace indispensable caminar hacia un quiebre histórico  a través de una Asamblea Constituyente para dar paso a una nueva Constitución.  Esta no es una improvisación o un planteamiento irresponsable que se pretende imponer de inmediato y por la fuerza, como pareciera entenderlo el arzobispo de Santiago.  La Asamblea Constituyente fue propuesta desde 1977 por el Grupo de Estudios Constitucionales (Grupo de los 24).  En el período previo al plebiscito de 1988, destacados juristas como Manuel Sanhueza y Juan Subercaseaux advirtieron de los riesgos para la futura democracia que significaría la negociación de los dirigentes políticos con Pinochet, los militares y los empresarios. Gustavo Ruz, Roberto Garretón, Fabiola Letelier y muchas otras personalidades de reconocida solvencia intelectual y moral han recorrido el país desde hace más de diez años haciendo conciencia sobre la necesidad de un Movimiento por Asamblea Constituyente para una nueva Constitución.

La Constitución de Pinochet es el muro infranqueable para superar la crisis de la educación, los fraudes de las Universidades privadas, los deudores del crédito CORFO y del sistema financiero, el 68% de los empleos precarios, los 2/3 de trabajadores ocasionales, la falsificación de cifras del INE, los bonos abusivos del BancoEstado, las estafas de “La Polar” y los retails, la colusión de precios de los medicamentos, la impunidad de los violadores de derechos humanos, la privatización del agua, de la electricidad, de las comunicaciones, de las carreteras, de la minería, de las tierras de los mapuche, la ausencia de salud pública, etc…, etc…, etc…

Pareciera necesario que quienes ejercen alguna autoridad sean asesorados por personas informadas y amantes de la verdad, para que las citadas autoridades y sus voceros no emitan juicios que no se condicen con su investidura y ni siquiera con el Magisterio de la Iglesia ni con la reciente Carta Pastoral “Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile”, firmada por el Arzobispo de Santiago entre otros y cuyo contenido confirma la necesidad de democratizar el país.

El testimonio del obispo Infanti debería ser imitado por los demás obispos, para que, tal como ellos mismos han señalado, vayan a “la raíz de la fe que profesamos para reconocer y apoyar todo lo bueno y para superar aquello que no corresponde al Evangelio.  La Iglesia debe redituarse en el mundo con nuevas coordenadas”. (…) “Nuestro testimonio debe ser transparente para encarnar su Evangelio en el corazón mismo de la nueva cultura”. (Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile, septiembre de 2012).

(*)Comité Oscar Romero (COR)- SICSAL-Chile.

14 de junio de 2013.

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