¿Quién dijo que iba a ser fácil?

Foto: Darij & Ana / www.everystockphoto.com

Por George Gray Molina / Humanum

¿Podemos esperar una reducción en los índices de pobreza como resultado del crecimiento económico de América Latina y el Caribe?[1]  A primera vista pareciera ser que más podría obtenerse de un aumento en los ingresos del trabajo y de la expansión de las transferencias sociales existentes. Sin embargo, mucha de la pobreza restante en la región –los 177 millones que el año pasado vivían bajo la línea de la pobreza-, se concentra en bolsones de pobreza o en sectores y áreas geográficas difíciles de alcanzar, ya sea por encontrarse excluidas de los mercados dinámicos de trabajo o por estar fuera del alcance de las redes de protección social. A la luz de estos desafíos, más de lo mismo podría no dar tan buenos resultados en el futuro. ¿Se está acaso estancando la reducción de la pobreza en la región?

En un artículo que escribimos junto a Susana Martínez-Restrepo, describimos dos tendencias que justificarían la hipótesis del “estancamiento”. Primero, si bien la participación laboral y los salarios han aumentado desde 1995, lo han hecho de manera desigual, beneficiando principalmente a los hombres en edad de trabajar. Segundo, la desigual expansión de la participación laboral por sectores de la economía. Actualmente, el sector servicios concentra el 60% del empleo en América Latina cifra que, con la excepción de Perú, ha ido aumentando desde 1995. La concentración extrema de empleos en el sector servicios en economías basadas en la exportación de commodities hace sonar voces de alarma.

El aumento de los salarios de hombres adultos calificados de entre 25 y 64 años que ingresaron al sector servicios durante los años recientes se alcanzó fácilmente. Éste representa uno de los frutos fáciles de alcanzar en un boom económico. Los frutos difíciles de alcanzar, por otro lado, incluyen trabajadores no calificados empleados en sectores de baja productividad –en particular jóvenes y mujeres-, aquellos que han salido del mercado laboral y quienes nunca han estado económicamente activos. Un grupo particularmente grande está compuesto por mujeres con bajos salarios, bajos niveles educacionales y/o con pocas cualificaciones. Otro grupo importante lo componen aquellos con trabajos de baja productividad en el sector servicios.

Crear más puestos de trabajo o cambiar la participación en el empleo de un sector de la economía en particular (del sector primario al sector servicios por ejemplo), no se traduce necesariamente en mejoras de los salarios a futuro. La transformación económica que está produciéndose en la región puede describirse como aquella que desplaza a los trabajadores desde empleos escasamente calificados, de baja productividad y bajos salarios en el sector agrícola, o desde empleos de mayor productividad y salarios en el sector manufacturero, hacia trabajos con bajas cualificaciones en los sectores de ventas o servicios personales, la mayor parte de ellos, en el sector informal (vendedores ambulantes, servicio doméstico, entre otros).

Pensando sobre los frutos difíciles de alcanzar

Mientras siga avanzando el progreso social en la región, cada unidad adicional de progreso se volverá más cara ya sea en términos de los dólares, los esfuerzos institucionales o la acción colectiva invertidos. Eventualmente, los retornos decrecientes o los límites naturales se harán evidentes, frenando la tasa total de progreso –pensando, por ejemplo, en la alfabetización o la esperanza de vida al final de espectro del desarrollo. Pese a esto, la regla general es que los frutos fáciles del desarrollo siguen orientado la manera como los responsables de la formulación de políticas públicas toman sus decisiones. ¿Por qué optar por alternativas caras, institucionamente intensivas, que rompen con los equilibrios de poder, promueven la igualdad de género y la protección del medio ambiente cuando el camino fácil también puede traer (algunos) buenos resultados? Cerrar la brecha existente entre los ricos y pobres requerirá de acciones que vayan mas allá del camino fácil.

En un mundo ideal, seríamos capaces de dibujar la forma exacta de la curva del progreso social – sabríamos, por ejemplo, si un programa de transferencias condicionadas está recién empezando a tener un impacto marginal en la población objetivo o si por el contrario el impacto está estancándose o declinando. Luego, podríamos decidir si reasignar los recursos o si tomar medidas para superar los obstáculos presentes con el fin de asegurar beneficios a futuro. Lamentablemente, ante la ausencia de tales datos, el punto exacto en que los frutos fáciles se vuelven difíciles de alcanzar sigue siendo desconocido. Con frecuencia, justo cuando estamos por descubrir un obstáculo estructural se acaba el dinero.

Una forma de abordar este problema es pensar en las restricciones para los logros sociales de manera similar como la literatura piensa sobre las limitaciones para el desarrollo económico, con la excepción que en este caso, el objetivo va mas allá del PIB e incluye otras dimensiones del bienestar – como la calidad del empleo, la seguridad personal, el empoderamiento social entre otras “dimensiones faltantes” del bienestar. En un entorno de políticas públicas donde muchas cosas se obvian y donde los resultados son desconocidos, entender el punto donde los frutos fáciles y los difíciles se interceptan se vuelve lo más relevante.

[1] Esta columna fue publicada originalmente con el título de “Plateauing on Poverty Reduction?” en el Blog Vox.LACEA. Traducción a cargo de Giuliana Carducci y Eleonora Nun, Revista Humanum.

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