Por una educación para la autonomía

Foto: Horia Varlan – Flickr bajo licencia CC.

Por Jorge Castillo

El estudio “El papel de la educación en la formación del bienestar subjetivo para el desarrollo humano. Una revisión al caso chileno”, busca conocer cuán incorporada está, en la oferta educativa chilena, la formación de capacidades clave para el bienestar subjetivo y cuán pertinente es incorporar la formación de éstas en el quehacer de la educación formal. Para ello analiza el curriculum escolar, consulta a expertos en educación y encuesta a estudiantes.

Tomando como referente el IDH 2012, el estudio reconoce once capacidades que se asocian a la posibilidad de experimentar bienestar subjetivo y sentir satisfacción con uno mismo y su entorno social: “gozar de una buena salud”, “tener cubiertas las necesidades físicas y materiales básicas”, “estar bien con uno mismo y tener vida interior”, “sentirse seguro y libre de amenazas”, “poder participar e influir en la sociedad en que uno vive”, “poder experimentar placer y emociones”, “tener vínculos significativos con los demás”, “ser reconocido y respetado en dignidad y derechos”, “poder conocer y comprender el mundo en el que se vive”, “poder disfrutar y sentirse parte de la naturaleza” y “tener y desarrollar un proyecto de vida propio”.

Así el estudio revela que si bien todas las capacidades tienen algún grado de resonancia en la oferta educativa, resulta especialmente paradójico lo que acontece con la capacidad de “tener y desarrollar un proyecto de vida propio”, ya que si bien es considerada como una de las capacidades más propiamente escolares por los expertos, y los estudiantes demandan prioritariamente su abordaje, el análisis curricular arroja que es la capacidad menos considerada en el currículo chileno. Esto es más problemático cuando el propio IDH 2012 identifica que esta capacidad es central para experimentar bienestar subjetivo en la sociedad chilena.

La idea que la educación formal entregue herramientas que promuevan la definición de proyectos de vida por parte de los estudiantes, y en sentido más amplio, apoyen la “formación para la autonomía” en ellos, aparece como necesaria en el contexto en que hoy nos movemos, más incierto y abierto que antaño. En efecto, la misma OCDE ha señalado recientemente en su proyecto DESECO (Definición y Selección de Competencias Clave), que uno de los tres elementos clave de una educación de calidad hoy es el conocimiento y gestión de sí mismo. Además, se considera que es la escuela el espacio privilegiado para abordarlo ya que interviene en una etapa crucial de los sujetos en la que se comienzan a estructurar este tipo de definiciones. La misma idea de moratoria que fundamenta el rol de la institución escolar es prueba de ello.

Las demandas de la ciudadanía chilena por más y mejor educación, tan bulladas en el último tiempo, dan cuenta de cómo la educación se configura como un pilar importante de los proyectos de vida y las trayectorias sociales que hoy se despliegan en la sociedad chilena. Pero la educación no solo tiene un papel como productor de certificaciones que permiten cimentar proyectos de vida a través de la empleabilidad, favoreciendo la integración social y las trayectorias más o menos ascendentes; también debe jugar un rol importante en potenciar la capacidad requerida para definir, proyectar y planear el futuro. Esto en el fondo quiere decir de, “poseer libertad de elección biográfica, racionalidad práctica biográfica (capacidad de planificación), optimismo vital (confianza en el futuro), la posibilidad de realizar actividades vitales desafiantes y significativas con el propósito de alcanzar la realización personal.” Términos en los cuales es  definida esta capacidad en el IDH 2012.

No cabe duda que ser capaz de reformular estratégicamente el proyecto de vida es hoy una capacidad muy relevante en términos sociales. Sobretodo en una época marcada por la individuación, donde la autoproducción, autorregulación y autorrealización de los sujetos se impone como un imperativo.  Desenvolverse bien en ella implica saber negociar activamente, saber enfrentar riesgos, pensar estratégicamente, y saber conciliar y reforzar los proyectos de vida. Así entendida la vida social, las personas muchas veces requieren innovar en la construcción biográfica y de esta forma los proyectos personales cobran especial importancia.

No promover dicha capacidad implicaría no sólo formar sujetos menos agenciados y menos satisfechos con sus vidas, si no también desde el punto de vista del sistema social, probablemente con frágiles o ineficientes decisiones vocacionales y laborales, lo que tiene secuelas subjetivas (frustración y malestar) y sistémicas (deserción y desempleo)

El estudio presentado nos revela de manera precisa la importancia que tiene la educación para el desarrollo humano, en tanto el rol de la educación de dotar, formar y apoyar a las personas en la apropiación de aquellas capacidades necesarias para hacerlas más autónomas y agentes de su propia vida.

Fuente: Humanum

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