Por Otro 29 de marzo

Por Manuel Guerrero Antequera

Como latigazos de sombra pasan los días que aproximan un nuevo aniversario de la matanza. El 29 de marzo de 1985 el terrorismo de Estado descargó su descomunal y tecnológica ira sobre un puñado de cuerpos, vidas y proyectos que se habían declarado en rebeldía contra la opresión autoritaria y la sempiterna explotación de clase que desde el 11 de septiembre de 1973 se había vestido de dictadura cívico militar. La concepción del ser y la raza chilena como una única e indivisa gran familia, cedió durante 24 horas a la simple realidad que no todos cabían en ese cuadro de huaso y china sonrientes, pues en el mismo territorio llamado Chile habitaban otras identidades duras e imposibles de disciplinar y encajar en aquel retablo costumbrista reproducido al infinito como código ideológico por los textos escolares de diseño militar. A pesar de todos los esfuerzos del sistema de poder, seguían existiendo hombres y mujeres que se consideraban patriotas y reclamaban otras maneras de convivir no digeribles por el dogma neoliberal y neoconservador criollo, caracterizado por su combinación de libertad total de mercado con extremo integrismo cultural, deciudadanización represiva y criminalización de la diferencia.

Extirpar el cáncer, limpiar el cuerpo, salvar el “alma de Chile”, borrar la mácula rebelde, detener, inmovilizar, aniquilar lo que pudiera nacer como un nuevo comienzo a nivel asambleas, marchas y actos. Esa era la misión. Las protestas de los años 1982 y 1983 mostraron que la represión tiene una eficacia que fracasa ante el poder que genera la organización social de base movilizada. Los denigrantes y reiterados allanamientos en las poblaciones, las relegaciones de dirigentes estudiantiles y sindicales, la cárcel, censura, exilio, las desapariciones forzadas, los baleos para dispersar las manifestaciones no lograban mostrar una superioridad de mando que pusiera fin a la revuelta creciente, sino por el contrario, expresaban la crisis hegemónica, la fisura en el poder total, la presencia de otros  jugadores en el campo de lucha, un paulatino cambio en la correlación de fuerzas.

Ante el temor de perderlo todo, la orden directa de los mandos superiores de la Nación militarizada fue descargar el máximo de odio posible sobre aquellos cuerpos el 29 de marzo. Nada de simulación ni cuidado en las formas. Licencia para matar con presencia de testigos, para dejar una marca ejemplarizadora e imborrable, que se sintiera como un castigo al pueblo que se venía constituyendo en actor movilizado, para que se disolviera y cada quien retornara a su vida privada de productor-consumidor y cliente, y dejara de insistir en convertirse en un nosotros colectivo, capaz de incidir en la organización de la comunidad política, en el curso de la economía, en los valores y cultura desde los cuales nos imaginamos y autodescribimos como identidad.

Entonces se secuestró a las puertas de un colegio a plena luz del día, con participación de helicópteros y carabineros de tránsito deteniendo el tráfico, para que hubiera claridad de lo que se rea capaz de hacer si se les seguía molestando en su sagrado papel de administración del Estado y reserva moral de la Nación. Fue delante de escolares, colegas e hijos que se llevaron a Manuel y José Manuel. Fue a la vista de sus vecinos que secuestraron a don Santiago y allanaron su imprenta. Fue al interior de su población que persiguieron y acribillaron a Rafael y Eduardo, porque eran revolucionarios de comunidades cristianas de base. Y fue ante el terror de su familia y camaradas que ejecutaron a Paulina, porque era un cuadro político joven, con proyección en su organización.

El 29 de marzo el aparato represivo se esmeró en superarse a sí mismo. Tenía que marcar un antes y un después. Como con el bombardeo de La Moneda, debía generar un hito material y simbólico total, que no dejara en el imaginario colectivo margen de retorno posible. Y para ello se requería de un golpe de gracia que asegurara titulares en los diarios de circulación masiva. “Degollados” se leía el 30 de marzo, se escuchaba en las radios, se observaba en las transmisiones televisivas. Como en un rito nazi, con un corvo Carabineros cortó el cuello de tres ciudadanos y los arrojó a un borde de carretera, para que fueran hallados y exhibidos, para aterrorizar. Quienes por juramento debían proteger, ya hace rato se habían convertido en útiles herramientas para infundir terror a la población civil. Un campesino encontró los cuerpos, y así la señal llegó a su destinario: el pueblo pobre.

El ánimo fascista en Chile ha cobrado muchas víctimas a lo largo de los 200 años de historia republicana. Este asesinato selectivo forma parte de una cadena mayor de revancha acumulada contra la posibilidad que alternativas democrático populares puedan llegar a constituirse en opciones sociopolíticas. Y las Fuerzas Armadas y de Orden en general se han puesto al servicio de la represión del propio pueblo al cual se deben. El golpe no iba dirigido en exclusiva a los partidos y organizaciones en las cuales los seis asesinados el 29 de marzo de 1985 pertenecían. El remitente era el Estado policíaco, guardián de un interés de clase muy básico y rudimentario, y el destinatario era una forma de concebir la política y ejercerla: el movimiento social y popular. Estas no fueron violaciones a los derechos humanos en genérico como se les suele encasillar en ciertas políticas de la memoria institucionalizadas y del “nunca más”. Estos asesinatos fueron perpetuados en cuadros, dirigentes políticos de raigambre y trabajo social, a nivel del sindicalismo con Guerrero, el arte comprometido con Nattino, la Iglesia comprometida de la Vicaría de la Solidaridad con Parada, el trabajo territorial de los Vergara, y la opción por todas las formas de lucha para derrocar a la dictadura y construir poder popular de la joven Aguirre Tobar.

Hoy las palabras se han desgastado y decir “clase social” y “rebelión popular” suena a un lenguaje prehistórico, bruto, de un tiempo otro que no tiene la delicadeza de la “gente”. Gracias al tamiz de la llamada “transición a la democracia”, durante veinte y tantos años de postdictadura, se han erigido monumentos que recuerdan nombres, pero se ha desprovisto a aquellas historias de su singular historicidad, en cuanto a proyectos que pugnaron por concretarse desde opciones que fueron tomadas a conciencia y que tuvieron el precio de morir en el intento, a manos de la salvajada cívico militarizada. La democracia que finalmente advino ha preferido poner en el olvido las militancias, congelando a los nombres en el lugar de víctimas de las circunstancias, como si su propia lucha no tuviera contenido de clase y significación política, lo que ha tenido por efecto invisibilizar también la característica del terrorismo de Estado en Chile durante la dictadura pinochetista. Esta no fue solo un modelo autoritario, un “descarrío de la historia” porque no fuimos capaces, como Nación, de ponernos de acuerdo sobre las formas de resolver nuestros conflictos. La dictadura cívico militar de derecha fue una revolución reaccionaria, que al tiempo que intentó borrar de la historia a sujetos portadores de subjetividad democrático popular, construyó una nueva institucionalidad y una nueva subjetividad que al día de hoy ha permitido que todas las grandes conquistas sociales del siglo XX, como educación y salud pública, empresas nacionales, derechos laborales, entre otros, simplemente parezcan política ficción.

La deciudadanización era el objetivo buscado y por ello había que hacer caer las cabezas de quienes ejercían con carisma el liderazgo de opciones de salida avanzada a la dictadura. El grado casi nulo de sindicalización actual en Chile es un buen indicador de esta conquista de la dictadura y sus continuadores en “democracia”. El grado de criminalización de cualquier movimiento social que salga más allá de su demanda sectorial y exija una revisión, puesta en cuestión y rediseño, o directamente cambio de la institucionalidad política que rige al país, en lo fundamental en cuanto al carácter subsidiario del Estado por ejemplo, continua siendo etiquetado y tratado como enemigo interno, tal como en la Doctrina de Seguridad Nacional. El tratamiento mediático y político institucional de la prolongada huelga mapuche es señal inequívoca de ello. Lo mismo la extensísima prisión preventiva de los jóvenes ocupa. La aplicación, en democracia, de la mal llamada “Ley Antiterrorista”, es el síntoma más claro de la continuidad de linaje en las prácticas represivas del Estado chileno, independientemente del grupo político que asuma su administración.

Se aproxima otro 29 de marzo. Y sin duda se ha avanzado en materia de derechos humanos. Es lo que nos diremos a nosotros mismos. ¿Pero es tan así? ¿Cuál es el parámetro? Si es el del grado de represión y cierre que implicó la dictadura significa que estamos poniendo un umbral muy poco exigente para evaluar la democracia. Es más, la dictadura sencillamente no puede ser un estándar de medida para una democracia, y esta operación que se suele realizar para destacar avances de la postdictadura debe ser desechada, es una trampa ideológica. La democracia debe compararse con la democracia, con el grado en que se ha avanzado o no en materia de expansión de ejercicio, goce y respeto de derechos, de los más básicos hasta los nuevos que han de irse creando. La democracia actual puede ser medida con las democracias previas a 1973, así como a desarrollos democráticos que pujan desde la propia actualidad desde el interior del territorio llamado Chile. A su vez, la democracia actual debe ser medida con las promesas que se hicieron al término de la dictadura. Pero sobre todo, la democracia actual tiene que tomar como marco de referencia para evaluarse a sí misma las vidas que se sacrificaron para conquistarla.

¿Está nuestra actualidad a la altura de ese sacrificio?

Y llega un nuevo 29 de marzo. No quiero, como hijo, solo velas, que por cierto deseo que las hayan, y ojalá muchas.

Pero más deseo como ciudadano del mundo, como parte de generaciones de guerreros partícipes de ese movimiento social popular diverso que viene luchando por siglos en Chile, que tomemos la posta que nos han legado José Manuel Parada, Santiago Nattino, Rafael y Eduardo Vergara, Paulina Aguirre Tobar y a mi padre Manuel Guerrero Ceballos. Desde el difícil ejercicio del aprendizaje, desaprendizaje y reaprender, asumamos la tarea, el deseo, acaso el mandato que nos legan como perspectiva de vivir la vida intensamente.

Como árboles vigorosos que se alimentan de profundas raíces, tomemos fuerza y aprendizaje de la resistencia de los pueblos originarios; los artesanos, obreros calificados e igualitarios de Francisco Bilbao por una nueva sociabilidad; las mancomunales de Recabarren; el sindicalismo y cristiano popular de Clotario Blest; las demandas de Elena Caffarena; los gremios de Ricardo Fonseca; el rupturismo reformista de Allende y su anclaje en la Unidad Popular; la luchas de las madres, hijas y hermanas de las agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos; el movimiento de pobladores; los movimientos estudiantiles históricos como la FECH, los secundarios en dictadura y la revolución pingüina en democracia; los intelectuales, artistas y demás trabajadores sociosimbólicos comprometidos; los medioambientalistas que pugnan por un cambio en el modo de vivir la sociedad y su organización desde una perspectiva diferente al puro productivismo que explota y daña sin reparos, así como de y con los jóvenes que ocupan y muestran otras maneras de ser, como la animalista y las economías solidarias y autogestionadas.

Con esta historia de resistencias y entregas, cómo en el presente no va a haber la decisión, generosidad y coraje suficientes para generar una plataforma básica de unidad sociopolítica y cultural que siente las condiciones para que emerja el gran arco de las alianzas a las que cantaba Violeta y Victor Jara. Re-emprendemos a gran escala la lucha por una sociedad más justa, solidaria y amable, desde una perspectiva democrático y popular que pueda ser opción de gobierno, a nivel local y nacional, desde un horizante de intransigencia democrática.

Sin culpas y sin pedido de disculpas. Sin mochilas, abiertos a la creatividad colectiva. Plurales, con respeto a las diferencias que nos constituyen en seres libres y singulares. Pero unidos y unidas.

Nada ni nadie está olvidado. Ni los crímenes, pero tampoco las luchas. Hagamos que este no sea el mismo, sino Otro 29 de marzo. Por nuestros vivos y nuestros muertos. Por los que están por nacer.

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