NUNCA ES TARDE

Por Wilson Tapia Villalobos

Una de las máximas educativas sostiene que ¡Nuca es tarde para aprender! Y se repite tanto para los casos individuales, como para las enseñanzas sociales. Incluso civilizatorias. Pese a ello, hay lecciones repetidas que jamás se aprenden.  No es por falta de capacidad, sino por otras características que también adornan al ser humano.

En estos días somos testigos apesadumbrados y aterrados del drama japonés. El dolor provocado por la naturaleza a millares de personas, las pérdidas de vidas, son un peso ineludible para cualquier conciencia humanista. El terror proviene de lo que nosotros somos capaces de producir. Y que, pese a nuestro genio, a los avances arrolladores de la tecnología, las fuerzas tectónicas pueden transformar en armas letales para los propios seres humanos.

Hoy está en el primer lugar la discusión acerca de la energía nuclear y su uso pacífico.  A Chile el tema lo toca directamente.  Carecemos, como Japón, de reservas energéticas provenientes de residuos fósiles. Nuestra matriz aún no se define y las exigencias de la economía hacen cada vez más patente la necesidad de  tomar decisiones. La energía nuclear fue desechada por mucho tiempo. La calidad de país sísmico, el desastre de Three Island, en Estados Unidos, en marzo de 1979; de Chernobyl, en Ucrania, en abril de 1986, hicieron que los chilenos rechazaran o miraran de manera reticente este tipo de energía. Pero todo parecía indicar que la desconfianza intentaría ser vencida.  Un país tan sísmico como el nuestro, demostraba que la tecnología había avanzado en estas materias.  Japón basaba buena parte de su matriz energética en 55 plantas de energía nuclear.  Satisfacían un tercio de la demanda de sus 127 millones de habitantes y la potencia que requería su sofisticada economía. Que, nada menos, ocupa el tercer lugar en el mundo, detrás de Estados Unidos y China.

Por una extraña paradoja, Japón, el único país que ha experimentado los efectos devastadores de la energía nuclear como arma letal, eligió a ésta para ser uno de los puntales del renacer luego de la Segunda Guerra Mundial.  Y hasta el 11 de marzo pasado parecía que su apuesta había sido ganadora. Pero nunca es tarde para aprender.

Independiente de los riesgos que ha corrido el país nipón, es conveniente preguntarse por el fondo del problema.  ¿Por qué es tan acuciante la necesidad de energía?  Desde hace más de cuatro década que se sabe que las reservas hidrocarburíferas se agotarán.  La producción de otro tipo de energía resulta indispensable. Pero cada día es más evidente que no se trata de utilizar cualquier tipo de energía.  La polución se presenta como un problema real.  Y la amenaza sobre el medio ambiente ha dejado de ser un fantasma utópico para transformarse en algo tangible. Aquí es donde surge un sin sentido.

Son numerosas las voces que llevan decenios clamando contra la insensatez de mantener una economía de crecimiento constante. Los Premio Nóbel de Economía Joseph Stiglitz (2001) o Paul Krugman (2008) vienen advirtiendo de las falacias que esconde el sistema económico actual. Stiglitz señala que “sólo en circunstancias excepcionales los mercados son eficientes”.  Crítica que apunta hacia la equidad en la asignación de recursos y a la transparencia. Krugman habla del desbalance entre el sector financiero y el productivo, lo que entraña una amenaza de crisis casi permanente.  Otras voces también se levantan agoreras.  Immanuel Wallerstein afirma que los parámetros económicos actuales llevarán a un colapso planetario en un período más bien breve.

Nadie hasta ahora ha podido refutar tales planteamientos.  El planeta ha ido siendo transformado en un gran mall al cual tiene entrada menos de la mitad de la Humanidad. El hambre se enseñorea en vasta segmentos de la población, mientras el mundo nunca ha disfrutado de mayor riqueza. El poder está hoy más concentrado que jamás en la historia de las civilizaciones conocidas.  Y pareciera que pretendemos seguir caminando por esta peligrosa cornisa.  Incluso, los Estados de bienestar que se llegaron a crear en naciones europeas, están siendo desmantelados.

¿Para qué necesitamos tanta energía? Para producir basura desechable.  Porque la que utilizan los ciudadanos directamente en su confort, como son los servicios básicos -electricidad, agua, gas, es un porcentaje muy menor.  El fuerte de la demanda energética proviene de las industrias.  Industrias que generan productos que llevan incorporada la denominada obsolescencia programada.

Es difícil pensar que el poder renunciará al torrente de ingresos que le permite perpetuarse. Pero pareciera que los seres humanos tendrán que tomar una decisión crucial. Quizás deberán pensar si la vida es compatible con un consumo sin sentido e inequitativo.  Y, tal vez, tendrán que preguntarse si la aspiración de ser feliz aún es válida.

Japón, pese a sus paradojas, nos puede hacer recordar que nunca es tarde para aprender.

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