Nada es casual

Por Wilson Tapia VillalobosCurioso.  Históricamente, en las elecciones presidenciales el choclo se desgranaba en las urnas, el día de la votación.  Hoy, existen nuevas variables. Y los candidatos dejan de serlo antes de investirse como tales. Son los aportes de nuevas miradas sobre una democracia cargada de años, mañas y retorceduras que le ha hecho el poder.  Es la consecuencia del modelo en que se desenvuelve buena parte de la democracia globalizada en que vivimos.  En el caso chileno, lo ocurrido no es más que el duro choque entre las exigencias políticas y la rigidez de un modelo que, desde la economía, impone condiciones al actuar político.  Y. como si fuera poco, trata de reproducir el accionar del competitivo campo mercantil en esta otra área del manejo de las políticas públicas.

Laurence Golborne tuvo un verano breve. Subió como la espuma gracias a la empatía que causaron los mineros atrapados setenta días en la mina San José en 2010, cuando él era ministro de Minería. Seguramente fue un cuento de hadas que no esperaba. Las encuestas revelaban como subía su popularidad. Tanto, que la Unión Demócrata Independiente (UDI) decidió designarlo su candidato presidencial, sin que se supiera hasta ese momento que era un simpatizante de sus ideas.  Lo hizo en noviembre pasado. Y a sus dirigentes no les tembló la mano para postergar a otros militantes que creían tener más méritos.  Uno de ellos, el ministro de Economía, Pablo Longueira.  Otra, la ministra del Trabajo, Evelyn Matthei.

Así, al más puro estilo marketero, Golborne llegó a la política grande -es un decir. Venía del mundo empresarial, como buena parte de las autoridades que han integrado la administración del presidente Piñera.  Y sería lo que le pasaría la cuenta. Esta era su primera incursión profunda en la política. Con propiedad, se podía decir que era un principiante, aunque hoy muchos dan por sentado -y no les falta razón- que política y economía son lo mismo.

En la UDI dicen que el retiro de Golborne fue una decisión propia, impulsada por la agresividad del otro precandidato de la coalición derechista, el militante de Renovación Nacional, Andrés Allamand. La realidad, como ocurre habitualmente con las declaraciones políticas, parece ser distinta. En torno a Golborne se tejió una extraña maraña. Allí había decisiones abusivas -con efecto sobre cerca de setecientas mil personas- puestas en práctica mientras él era gerente general de Cencosud, cuentas bancarias suyas en las Islas Vírgenes e inexperiencia en las lides políticas.

Lo primero, lo coloca en un sitial que la mayoría de los chilenos hoy resiente: el abuso.  Lo segundo, empaña la transparencia que pretendía mostrar en su acción pública como uno de sus principales activos. Finalmente, las cuentas en el extranjero, y sobre todo en paraísos fiscales como las Islas Vírgenes, tienen por finalidad, a lo menos, evadir cargas impositivas en el país de residencia. Algo impresentable para un candidato presidencial.

Gente práctica, los dirigentes de la UDI ya tienen nuevo precandidato. Es Pablo Longueira, flamante ex ministro de Economía. Nada asegura que Longueira tenga un transitar más tranquilo.  Ya se preparaba una acusación constitucional en su contra por el escándalo del último Censo. Como ministro de Economía, era el máximo responsable del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) autor del muestreo nacional hoy en tela de juicio.

Pero la historia política de Longueira, a diferencia de la de Golborne, está jalonada de hitos llamativos y hasta desopilantes. Para él no es extraño recibir directrices de almas ya sumidas en el descanso eterno.  Luego de la muerte de Jaime Guzmán, en varias oportunidades anunció que le había enviado mensajes. Para que nadie olvidara la estrecha relación que él mantiene con el líder histórico de la UDI, al aceptar la precandidatura recordó una de sus frases: “La política es un 10% de inspiración y un 90% de transpiración”.

Luego, se extendió en una serie de consideraciones.  Habló de las ideas centrales que lo animan.  Y puso énfasis en la necesidad de evitar los extremos. De hacer que la economía crezca, porque la única forma de eliminar la pobreza es a través del pleno empleo. Sin duda, con el correr de los días Longueira irá afinando su discurso.  El de ayer fue una improvisación.  La bajada de Golborne resultó algo -sólo algo- sorpresiva y había sólo dos días para reemplazarlo. Más adelante tendrá mayor cuidado con lo que dice. Por ejemplo, en su crítica a los movimiento sociales. “Los chilenos quieren vivir lejos de enfrentamientos y daños”, dijo.  Alguien puede recordarle que él apoyó decididamente al general Pinochet en sus huestes juveniles. Y también retrucarle que, pese al crecimiento económico, Chile sigue siendo uno de los países que peor reparte la riqueza en el mundo.

Las cosas no ocurren por casualidad.  La UDI necesitaba a un hombre de sus filas.  La experiencia de intentar posicionar una sonrisa como referente político, al parecer ha fracasado.  Porque detrás de la arriada de bandera de Golborne no están sólo los choques con Allamand.  Fundamentalmente se hallan las encuestas que lo mostraban estancado.  Y, por si eso fuera poco, el malestar del gobierno con un candidato que no lograba cosechar su siembra, que La Moneda estima cuantiosa.

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