“Mis días en el Estadio” de Enrique Moreno: memoria no sólo para recordar, sino para construir

escrito por María Eliana Vega
libroenrique6Como un homenaje “a todos aquellos que han sufrido tanto a partir de esa dictadura que se inició hace 40 años“, describió el sacerdote y periodista, Enrique Moreno Laval, su libro “Mis días en el Estadio”, que fue presentado por el Obispo de Rancagua, Alejandro Goic, en una jornada emotiva, intensa y llena de afecto, efectuada hace una semana en el Colegio Sagrados Corazones de Hualpén.

“Sé que el gancho ha sido Alejandro (Goic, obispo de Rancagua).. Seamos sinceros…” decía el sacerdote y periodista Enrique Moreno, ante la masiva concurrencia que repletó el salón de actos del Colegio Sagrados Corazones, la tarde en que se presentó su libro testimonial “Mis días en el Estadio”.

Así, entre algunas bromas, recuerdos de vida, pero sobre todo, mucha emoción y sentimientos contenidos, transcurrió esta jornada. Que se vio matizada también porque Enrique había regresado momentáneamente al país, después de un año de permanencia en Filipinas donde cumple su labor religiosa.

El afecto, las emociones, los recuerdos, las vivencias compartidas, afloraron entre quienes asistieron a la presentación de este texto donde Enrique Moreno relata los doce días que permaneció detenido en el Estadio Nacional entre el 20 de octubre y el 1 de noviembre de 1973.

Dos personas, muy cercanas y queridas por él, fueron las encargadas de comentar el libro. María Eugenia Moreno, hermana de Enrique, también periodista, y Alejandro Goic, obispo de Rancagua, quien estuvo doce años en la zona como Obispo Auxiliar y Administrador Apostólico.

María Eugenia Moreno fue quien inició la presentación, agradeciendo la posibilidad de estar compartiendo “con la segunda familia de mi hermano”.

Como buena periodista, quiso saber que recordaban sus hermanos -son ocho en total- de aquellos días, cómo lo vivieron, qué se recordaban.

“Las respuestas tuvieron que ver con la angustia, la incertidumbre y los miedos. Las hermanas menores que aún vivían en la casa paterna, no conseguían entender lo que pasaba. Aunque parezca increíble, era la primera vez que conversábamos de esto como grupo, sí lo habíamos hecho de manera individual entre algunos y algunas, ello habla de la dificultad de revivir una memoria que preferíamos evitar…  Así fue que cada uno ha guardado por todos estos años sus sentimientos más profundos”, relató.

Luego contó de esos días, cuando su hermano Enrique fue detenido, de la incertidumbre y el miedo que se había instalado en la familia. “De esos días de septiembre de 1973, recuerdo el momento en que Jaime, mi hermano, nos dice: Enrique no está por ninguna parte. Pensamos que cayó detenido. Luego de algunos días de incertidumbre, supimos que estaba en el Estadio Nacional. Nada más. Sabíamos que allí había muerto mucha gente. Eso se comentaba en algunos grupos de amigos. Mientras, Jaime intentaba entrar al estadio con el grupo de periodistas que había sido autorizado para una visita especial. Un ex compañero y amigo de universidad, lo incluyó en su equipo como su asistente de cámara de Canal 13. El coronel Espinoza, a cargo del Estadio Nacional, no dudaba de las personas de ese canal, que informaba lo que el régimen quería. Esa mañana, Jaime entró y logró ver a Enrique entre los detenidos Entonces, estaba vivo. Increíble pensar con la distancia que da el tiempo transcurrido que esto ya era un enorme consuelo, una alegría”.

Los días transcurrían en la espera de novedades, confiando en que Enrique saldría pronto. Familiares, amigos, aguardaban en las cercanías del Estadio Nacional y cuando alguien salía se acercaban a preguntar. Pero el día en que Enrique dejó su prisión, no había nadie conocido.

Emocionada, María Eugenia relata:  “Me fueron a avisar a mi marido y a mí, que Enrique había llegado a la casa de mis papás. Corrimos a verlo. No hubo palabras, solo miradas, y los dos nos envolvimos en un abrazo enorme. Solo me dijo: Feliz cumpleaños, María Eugenia. Es el mejor regalo que he recibido en mi vida…”, dijo con voz entrecortada.

Enrique la miraba con ojos húmedos, mientras los asistentes escuchaban con un nudo en la garganta.

“Hace muchos años le dije a Enrique por qué no escribía su testimonio en el Estadio. Me dijo que lo estaba haciendo y al poco tiempo me entregó unas páginas. Había escrito la llegada al Estadio y la salida. Y cuándo vas a escribir la parte del medio, le pregunté. Tenia claro que era difícil escribir la permanencia allá adentro. Un día del año 2007, me envió todo el escrito, pero esta vez fui yo la que no pude leer la parte del medio. Lo he hecho recién hace muy poco, con mucho temor, no podría aceptar que le hubieran hecho daño…”.

Las emotivas y también íntimas vivencias que María Eugenia Moreno compartía, mantenían en silencio a la concurrencia, que seguía con gran atención lo que ella relataba.

“Me surgen algunas imágenes de familia, con mi papá en alguna de nuestras conversaciones. Cuando un día le recordé la detención de Enrique, me hizo un gesto con las manos, como diciendo no me hables de esto por favor. En sus penas también estaba la detención de mi hermano Jaime, sus sentimientos eran tan íntimos que no quería que afloraran para no recordar y para no sufrir…”

Al finalizar, María Eugenia dedicó sus palabras  “a los hombres y mujeres que sufrieron tortura, a los que no están aquí y nunca más se supo de ellos…”

Alejandro Goic: “Un grito de humanidad y de libertad”

Cuando le correspondió hablar a Alejandro Goic, sus primeras palabras fueron de gratitud por la posibilidad de compartir este momento. Y contó cómo había conocido a Enrique Moreno.

“Al llegar como Obispo Auxiliar a Concepción en 1979, le conocí, pronto sintonizamos, compartimos ideales, amores comunes, Jesucristo y su Iglesia servidora de todos, especialmente de los más pobres, los más sufrientes y de los perseguidos. Hermano profundamente sencillo, coherente con su fe, cercano a su gente, pastor con olor a oveja, junto con el recordado padre Carlos Puentes y un extraordinario grupo de laicos, y los obispos fueron pilares en la defensa de los derechos humanos”.

Recordó situaciones dramáticas vividas en la zona durante la dictadura, en las cuales Enrique estuvo presente de una u otra manera. Y mencionó la labor que hizo en el Departamento Arquidiocesano de Comunicación Social, Dearcos, en especial con el programa radial Testimonio.  Mención especial tuvo la inmolación de Sebastián Acevedo, hecho en el cual ambos tuvieron participación.

Del libro “Mis días en el Estadio”  dijo que se trataba de una obra preciosa, “un testimonio narrado con una gran elocuencia por Enrique“.

Con  su voz de matices profundos, el obispo de Rancagua, confesó que la lectura del texto le “emocionó hasta las lágrimas, ya estoy medio viejo y mucho más sensible. Pero es que Enrique tiene un don muy grande al escribir… Me impresionó en todo el libro el talante evangélico de su autor. No fueron días fáciles pero a través de las páginas uno descubre al discípulo de Cristo dándole un sentido y ayudando a los hermanos que compartían con él el sufrimiento y la incertidumbre”.

Leyó algunos párrafos y destacó algunos hechos relatados, como la celebración de las dos misas que hizo Enrique en el Estadio. Se emocionó al dar lectura al momento en que Enrique es liberado y da cuenta del episodio en que una viejecita se acerca a él y le entrega unas monedas para la micro.

“Profundamente conmovedor, maravillosamente escrito el libro de Enrique Moreno. Lo recomiendo con todo el corazón. Es un grito de humanidad y de libertad. El libro de Enrique es un testimonio de amor, desde y centrado en Jesucristo. Gracias por su libro, nos hace mucho bien.”, finalizó con sentidas palabras.

Enrique Moreno: “Lo escribí por una necesidad interior”

Al tomar el micrófono y luego de agradecer la masiva concurrencia, Enrique se dirigió al obispo Goic para decirle que su presencia en la ocasión lo conmovía.

Y luego recordó cuando en 1979, Alejandro Goic fue nombrado Obispo Auxiliar de Concepción y lo llamó para entrevistarlo. “Le dije monseñor, y de inmediato me dijo trátame de tú no más, si seremos de la misma edad. Desde entonces forjamos una amistad muy hermosa y nos unimos no solamente en el afecto de hermanos en el sacerdocio, sino también por el trabajo pastoral que compartimos por tantos años y del cual tenemos profundas huellas y marcas que nos han dejado para toda la vida”.

Confesó que sentía cierta incomodidad con la actividad realizada. Contó que no se sentía bien siendo un personaje. “Me cuesta mucho eso de ser protagonista. Cuando me contaron que querían hacer esto dije hagamos una reunión de treinta o cuarenta personas, armamos un corro, tomamos un té y conversamos de muchas cosas. Bueno resultó algo un poco más grande…”, precisó y las risas invadieron el auditorio.

Habló luego de cómo surgió el libro, que lo escribió por una necesidad interior, pero sin intención de publicarlo. “Nunca pensé en eso hasta que mi Provincial un día me escribe a Manila y me dice: Sabe Enrique, queremos publicar este texto tuyo Y yo tuve mucha resistencia interior, no sé si la expresé, pero dije bueno ya, veamos. Pensé en una edición muy modesta, casi fotocopiada para que algunos pudieran conocer esta historia en una circunstancia tan particular como el golpe de Estado. Y salió un libro muy hermoso…”

Y seguía relatando: “Alejandro decía que se emocionó un poco al leerlo, yo también, porque es un libro que me evoca muchas cosas… Lo fui escribiendo de a poco. Creo que la salida fue lo primero, luego la llegada… Fui escribiendo poco a poco, no recuerdo cuando lo terminé de escribir. Tampoco hablaba mucho de eso. Incluso me ha dicho gente que me conoce hace 40 años que nunca supo que estuvo en el Estadio. No se me ocurría contarlo, si alguien me preguntaba sí… Fue una necesidad profunda de expresar mis sentimientos, mi experiencia, pero no fue mi intención hacer una publicación, sino la necesidad de poner por escrito una vivencia que me marcó profundamente la vida”, dijo con honestidad.

Lo que Enrique considera importante de su libro es que se trata del relato de una vivencia histórica que apunta a una situación que vivió nuestro país y que no puede volver a repetirse.

“Como país nos horrorizamos frente a todo lo que ocurrió, porque fue terrible… Yo he llorado muchas veces. Recuerdo cuando asumió el presidente Aylwin y hubo un acto en el Estadio. Yo fui solo porque quería llorar. No se imaginan lo que me emocioné cuando se extendió la bandera gigante y cuando bailaron la cueca sola las señoras de los detenidos desaparecidos. A mi generación, sobre todo a quienes vivimos eso, nos conmueve mucho. No se nos pasa por la cabeza la criminalidad que existió. Uno no se explica qué nos pasó como país, dónde quedó la cordura…”

Comentó también de momentos y gestos que lo conmovieron en su permanencia en el Estadio y cómo esos gestos solidarios lo ayudaron.

Por eso es que finalmente Enrique dice, a 40 años de ocurridos esos hechos,  “que agradezco a Dios por esa experiencia, que habiendo sido una experiencia de inhumanidad por muchas razones, también lo fue de humanidad. Creo haber salido fortalecido en mi fe de esa experiencia. Y descubrí cómo en la peores condiciones en que vive el ser humano, hay algo que nunca se olvida que es el anhelo de Dios, algo superior, que le dé razón a la vida. Esas misas en el Estadio reflejaban eso, la necesidad de estar juntos. Uno nunca pierde la esperanza que el ser humano pueda reaccionar de forma positiva. Creo que hay una reserva de humanidad que a veces se oscurece, se opaca, pero que está y la gran tarea nuestra es hacer resurgir esa bondad para que esa persona lo reconozca y cambie. Estoy seguro que algunos opresores cambiaron de parecer gracias al testimonio de otros. Esa fuerza que transmite la fe para mí fue muy importante”.

Muy en su estilo, al finalizar sus palabras, Enrique ofreció a los asistentes la oportunidad de preguntar o de compartir sus sentimientos. Fue otro momento emotivo y participativo. A esas alturas ya habían transcurrido dos horas y nadie pensaba aún en moverse del salón.

La emotiva jornada terminó con un hermoso canto, la oración del Padre Nuestro, y la bendición impartida por monseñor Alejandro Goic, a los asistentes que sostenían en sus manos una vela encendida… Después del aplauso que llenó el auditorio, vinieron los saludos, los abrazos, las fotos tanto con el obispo de Rancagua como con el protagonista -pese a sus deseos- de ese momento mágico, Enrique Moreno, quien estuvo hasta las 11 de la noche firmando libros…

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