Mirada de ojos verdes

Por Wilson Tapia Villalobos

Nunca falta alguien que le eche pelos a la sopa. El primer aniversario de la actual administración estaba acercándose sin faltas.  El presidente era prescindente.  Desde lejos parecía tratar de desmentir su criticado afán de estar en todas.  Y, claro, después de las sonrisas de Mahmoud Abbas,  el apretón de manos poco efusivo de Benjamín Netanyahu, la cancha de Il Cavalieri Berlusconi, el beso al anillo papal y las formalidades del rey Abdula II, de la reina Sofía y del rey Juan Carlos, el cumpleaños número uno sería la guinda de la torta.

Pero no. Primero fueron las bencinas. Anunciaron un salto -en pocos días sobrepasarían un aumento de $50 por litro-  que arrastraría consigo a los productos de primera necesidad. O, más bien dicho, prácticamente incidiría en todos los precios, con su golpe siniestro sobre la inflación. Eso ya era una inquietud que podía rayar la pintura reluciente lograda en el plano internacional.  Incluso, borronear la prolongación selectiva del post natal y hasta poner aún más en entredicho las reformas con que se intenta paliar la vergonzosa situación de las cárceles chilenas.

Y faltaba el aporte de Carabineros.  A dos días del magno cumpleaños, un ciudadano ecuatoriano fue detenido en plena Alameda Bernardo O´Higgins. Iba en bicicleta.  Cruzó con luz roja por Morandé hacia el sur. Freddy Quiñones (48) se defiende diciendo que no fue el único que aprovechó de cruzar la calzada cuando no venían vehículos. Pero sólo a él detuvo la policía.  Le exigió identificación. El ecuatoriano de raza negra -con residencia desde hace diez años en Chile- se molestó.  Eso fue suficiente para que la autoridad lo lanzara al suelo, rasgara su camisa y esposara una de sus manos con una de sus piernas. Los transeúntes reaccionaron y criticaron a los policías. Hubo voces que quedaron grabadas en un video, que acusan a los carabineros de racistas. El documento visual subió a YouTube. Ya era un escándalo.  Y con ribetes que a cualquier gobierno de derecha molesta: racismo.

El ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, que en el momento era vicepresidente de la República, anunció una exhaustiva investigación. Rápidamente la cosa quedó en nada. Carabineros explicó que toda la violencia utilizada contra el ciudadano negro estaba dentro de los parámetros por los que se guía la policía uniformada chilena. Y ahí es donde a mi se me ocurrió que este incidente, que podría haber sido menor si la autoridad lo hubiera tratado mejor, se transformó en algo más.  En algo así como la pelusa que sobresale de la basura que ha sido ocultada debajo de la alfombra.

Estos mismos parámetros que utiliza la policía fueron los que se aplicaron a mujeres que manifestaban pacíficamente por su Día Internacional.  Varias terminaron siendo empujadas y maltratadas en un carro de las Fuerzas Especiales. Se les dio empellones y se las insultó.  Estos mismos parámetros permitieron que cuatro oficiales y dos suboficiales vejaran a un indigente.  El afectado fue Juan Berríos. La escena, grabada por uno de los policías, se desarrolló en el interior de un furgón policial, a fines de 2010.

Seguramente, fueron también tales parámetros los que llevaron a la muerte a Sebastián Andrés Pinuer (19) y a Julio Ignacio Ulloa Venegas (22), el 1 de febrero pasado.  Estos dos aspirantes a carabineros murieron en el campamento que la institución mantiene en Curacaví. Allí se los entrenaba para sus nuevas funciones. Hasta ahora no se ha entregado una explicación oficial de lo ocurrido. Pero todo parece indicar que se relacionan con exigencias físicas desmedidas.

Estos son parámetros que siguen vigentes.  No sólo en Carabineros. En 2005 murieron 45 soldados en el volcán Antuco.  Sus jefes del momento consideraron que podían marchar a la intemperie, pese a no contar con los implementos adecuados para el crudo invierno que se vivía. El comandante en Jefe del Ejército, general Emilio Cheyre, no respondió más que con lágrimas por esta tragedia.  Algunos de sus subalternos pagaron con sus cargos.

Pero el problema, nuevamente en este caso, son los parámetros. Los militares chilenos parecieran seguir los mismos caminos por los que transitaban en dictadura. Ser ciudadanos diferentes en los que las condiciones humanas tienen calificativos distintos. Y la policía uniformada, también militarizada, se guía para parámetros similares.

En ambos casos, tales prácticas son un peligro para la convivencia democrática. Es inquietante que quienes tienen el manejo de la violencia por encargo del Estado, se consideren en un estatus especial. Es alarmante que la formación que reciben los pueda deshumanizar.  Porque allí está el germen del abuso.  De creer que el poder que manejan gracias a la confianza que en ellos deposita la nación, puedan usarlo discrecionalmente.

Quienes educan tan brutalmente a los suyos, no es de extrañar que puedan ser prepotentes, sexistas, racistas. Tales exabruptos debieran ser eliminados de instituciones tan importantes en la estructura del país.  No hacerlo es pecar de lesa democracia. Es a la autoridad civil a la que corresponde aplicar los correctivos. No hacerlo es ser cómplice de la erosión de un sistema que todos aseguran querer preservar.

Si en los últimos veinte años estas miradas de los ojos verdes tuvieron distorsiones, nunca es tarde.  Más bien es imperativo operar para mejorar las visiones.

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