Militar en el siglo XXI, una cuestión espinosa

Por Alejandra Decap

El “problema” de la militancia política.

Ser militante de izquierda en estos tiempos, incluso con el 2011 sobre los hombros, sigue siendo una cuestión aislada en la realidad de la juventud en Chile. Pese a que quedara planteada la necesidad de organizarse tanto para la formación política como para la acción, después de la lucha estudiantil no se gestaron grandes fenómenos de militancia juvenil ni en los partidos tradicionales ni en las organizaciones a la izquierda del partido comunista. Los colectivos siguen siendo aún embriones en las facultades, donde muchos terminan por fracasar tanto por falta de sistematicidad, como por ausencia de un proyecto político claro, divergencias entre sus integrantes y adaptación a los ritmos de la actualidad, que distan de la efervescencia de la lucha más grande que han visto los nacidos en la última década del siglo XX. Y es que no es fácil hablar de militancia y partidos políticos en nuestra generación. Aunque muchxs veamos como necesario cambiar este sistema injusto, no termina de cristalizar la fórmula de la organización política. Menos una que requiere tanto tiempo y abnegación como es la militancia revolucionaria. Pero ya nos referiremos a ello más adelante. El punto de todo esto, es que existe un rechazo al concepto partido-militancia. Y vamos a tratar de develar por qué.

Una vez más la herencia de Pinochet

Durante la dictadura, la militancia de izquierda fue brutalmente perseguida, asesinada y torturada; además, bajo la bota militar, crecía la maleza del gremialismo, que insistía fuertemente en que cada agrupación humana puede determinarse objetivamente, sin necesidad de recurrir a ideología política alguna, puesto que tienen objetivos específicos de acuerdo al carácter de aquél grupo de individuos. Esto se aplicaba a las federaciones universitarias, centros de estudiantes, sindicatos, juntas de vecinos, etc. No estaban para abarcar fines mayores, ni discutir problemas de índole nacional, sino para resolver problemas puntuales y dedicarse a lo estrictamente social.

Partiendo de esta base, sumado al terror implantado respecto a lo que te podía llegar a pasar por ser de izquierda y actuar en consecuencia, llevaron a los sectores más precarizados y capas medias a relacionar la política con algo malo, que ponía en peligro tu vida y que por lo tanto sólo traía más problemas.

Pero eso no es todo; el regreso a la democracia burguesa y el actuar de la mal llamada “clase” política, condujeron a otro concepto erróneo: “Los políticos” son nefastos. “Los partidos” sólo funcionan en base a sus intereses sin buscar el bien común. Pues bien, vaya herencia nos ha legado la dictadura. Presente en cada milímetro de nuestras vidas, somos testigos de cómo nuestros compañeros de trabajo y estudio repiten una y otra vez aquellas conclusiones. A lxs que efectivamente militamos, corrientemente se nos juzga y critica, como si la militancia fuera una especie de pacto con el diablo, implicara renunciar a todo pensamiento individual y capacidad de crítica de la propia organización y además, fuese un tipo de lavado cerebral voluntario.

El problema es que esas conclusiones sólo conducen a la inmovilidad y a la adaptación al régimen, puesto que cuando se habla en general de los partidos, tiende a homologarse el concepto con el de partidos burgueses, categoría que a cualquier militante de izquierda le parecería una aberración. Los partidos burgueses funcionan en su propia lógica, se coordinan entre ellos, hacen alianzas, se organizan: la burguesía, pese a impulsar el gremialismo, sabe que debe organizarse en partidos, porque son su herramienta para obtener el poder y porque desde sus partidos defienden los intereses de su clase, sus ambiciones particulares y por sobretodo perpetuar la explotación, mantener el orden establecido, preservando el derecho que se han adjudicado históricamente.

Si la burguesía se organiza en partidos ¿por qué nosotros no?

La tradición de izquierda en Chile está ligada históricamente al Partido Comunista. Sus concepciones de organización partidaria fueron en sus inicios, democráticas; pero en la década de 1930 la Internacional Comunista, influenciada terriblemente por Stalin y el partido Comunista Soviético, impuso la burocracia como forma única de entender el partido, cometiendo terribles atrocidades en nombre del centralismo democrático y la disciplina partidaria. Así se forma, tan lejos de Moscú, una tradición de izquierda que entiende la organización política como un espacio en donde no hay lugar para la discusión ni los cuestionamientos, mucho menos la auto-crítica. En la juventud los referentes más importantes no son tampoco muy alentadores: desde las JJCC hasta el FEL o la UNE, han demostrado que son solo unos pocos quienes piensan la política, y luego son los militantes de base quienes deben llevarla a cabo sin cuestionar su línea.

Aquí es donde debemos cuestionarnos qué tipo de organización es la que queremos/necesitamos, y qué implicancias, derechos y deberes tiene, en ese caso, la militancia en aquella organización.

Si queremos incidir en la realidad, claramente es mucho más sensato trabajar en equipo. Una organización política siempre tiene gente más “dirigente”, pero esto no quiere decir que existan déspotas autoritarios que imponen sus ideas, sino sencillamente que de aquellxs con mayor experiencia en la lucha de clases, y acumulación teórica, lxs compañerxs más nuevos pueden tomar orientación y tener herramientas para salir a levantar sus ideas y propuestas. Para que aquello suceda de forma óptima, debe existir toda la posibilidad de discusión de las líneas de acción políticas, que las diferencias se planteen en todo momento y que prime el compañerismo y el respeto en el enfrentamiento de posiciones divergentes. No podemos pretender que exista una homogeneidad total de pensamiento en una organización política. Lo que debe existir es un acuerdo compartido del horizonte estratégico, del programa y de los balances que se realizan. Además, la organización evidentemente quiere construirse, convencer a más compañeros y compañeras de las ideas que se tienen, porque con ello aumenta tanto su rango de influencia como incidencia en la realidad.

La cuestión organizativa también responde a las necesidades de un periodo histórico específico. Por ejemplo, en un momento de reacción violento, como un golpe de estado, se vuelve necesario restringir un poco las discusiones dentro de la organización, puesto que ella debe preocuparse tanto de intervenir como de preservarse.

Militar o no militar, he ahí el dilema.

La juventud rechaza los partidos porque no ve en ellos una herramienta para destruir el sistema capitalista. El dilema está en que el norte de los partidos burgueses es preservarlo, y el de los partidos de izquierda tradicionales como el Partido Socialista o el PC es ir cooptando espacios de la democracia burguesa para conseguir reformas y cambios por etapas, confiando en los empresarios y su estructura estatal, desechando por ejemplo la insurrección de la clase trabajadora como forma de tomar el poder.

Las y los revolucionarios comprendemos que si bien hoy no está planteada la toma del poder como tarea urgente, es nuestra tarea el desarrollar todo proceso que pueda aportar a que esto se plantee como posibilidad objetiva. Por ello nos organizamos en “partidos”, porque es nuestra herramienta para cohesionar la acción y difundir nuestras ideas. Estamos convencidos de nuestra política y la llevamos adelante de forma disciplinada y constante. Sabemos que muchas veces no depende de nosotrxs como avance o retroceda un proceso, pero nos las jugamos con todo para intervenir en este. Buscamos dar respuesta a los problemas y debates políticos planteados por la situación nacional e internacional, buscando llegar y dialogar lo que creemos de manera directa y frontal, sin arreglos florales, intentando impactar en la subjetividad de las masas obreras y populares.

No es posible que hoy la militancia se entienda como un hobby o un pasatiempo. No es solamente una experiencia de vida, sino una decisión, y una muy importante. Porque si hay una conclusión correcta de lo sucedido en dictadura es que efectivamente uno se juega la vida en esto.

La militancia es la herramienta que tenemos como juventud para plantearnos con seriedad una formula organizativa que nos permita modificar el orden existente, y construir uno nuevo, a nuestra medida.

fuente: http://periodicocombate.cl/

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