Mi taita, mi viejo, nuestra vida

cesar-baezaPor César Baeza Hidalgo

Según recuerdo, mi viejo nunca fue una persona de muchas palabras; aunque en algunos espacios que compartió fue siempre reconocido como un gran orador, ese concepto que antes se usaba con más frecuencia, como una virtud que estaba reservada para unxs pocxs.

Supongo que quienes lo conocieron en su intimidad, que es también la nuestra, recordarán que compartía momentos en las reuniones sociales, en la casa, si había que cantar lo hacía, si había que bailar, bailaba, y si había que contar un chiste, pues lo compartía. Pero de pronto, pasado un rato, uno lo extrañaba, no se le veía con el grupo, y al buscarlo, lo encontrabas en su habitación, sentado al borde de la cama con el tablero de ajedrez como soporte, haciendo un puzzle, un crucigrama, o un sudoku. Su mundo interior era grande y me da la impresión que se cansaba pronto del barullo y buscaba encontrarse consigo.

Hoy habla menos aún. Son cada vez menos los momentos de “lucidez” y, cuando aparecen, a mi vieja y a mí, que somos quienes más tiempo pasamos con él, nos produce una gran alegría en medio de ese estado de cierta pena que nos rodea desde hace un par de años, cuando su condición de salud se agravó y ya no se levanta de su cama.

Hace un par de meses, por la mañana pasé frente a su habitación y lo vi con sus ojos abiertos. Entré a saludarlo y me contestó con la voz más firme de lo que últimamente nos tiene acostumbrados -habla mucho en susurros-:

– Hola ‘mijo’. (Esa palabra siempre me genera cierta ternura).

– Hola papi. ¿Cómo amaneciste?

– Bien. (Y se quedó callado).

Le tomé la mano. Me la estrechó para reforzar el saludo. Y me di vuelta para ir a la cocina a preparar desayuno. Cuando me vio, me dijo, como reteniéndome un minuto más, como queriendo que me quedara un poco más con él:

– Hoy… (silencio).

– ¿Hoy qué pasa papi?

– Hoy viene a ver a su hermano Guillermo… (silencio nuevamente).

– ¿Quién viene a verte, papito?

– Me viene a ver mi hermanita, -me dijo, y esbozó una sonrisa-.

¡Y sí! ¡Ese día iba mi tía Carmen, su única hermana mujer, y por tanto su regalona (consentida)! Mi mami le contó el día anterior y él lo tenía clarito al día siguiente por la mañana. La esperaba. Se acordaba perfecto, en circunstancias que no sabemos si normalmente se acuerda de lo que le hemos dicho una hora antes.

Mi tía Carmen, la de la visita, nos cuenta que cuando ella quiso casarse con el tío Orlando mi viejo fue el único que la apoyó, y habló con el abuelo Gume –el Viejito Choro (bacano), le decían- para que no le pusieran trabas, para que no se opusieran. Él tenía un trabajo en un molino, pero no podía aspirar a subir mucho sino hasta capataz. El mismo tío Orlando me ha contado que mi padre fue quien lo impulsó a estudiar, a prepararse, a irse de Parral –que en ese tiempo era un pueblo chico- para buscar suerte en Concepción. Y asegura que si no hubiese sido por ese empujón –acompañado de incluso apoyo material, que no es el más importante-, probablemente su vida habría sido más complicada. La familia de mi tía Carmen es la más cercana que tenemos por ese lado de la familia. Los que están pendientes hoy en día, los que se comunican a diario, los que ponen el hombro.

Hay varias historias de esa índole relacionadas a mi ‘taita’ –así le dicen a los padres en el campo en Chile-, pero con esa basta para ejemplificar el tipo de persona que fue en sus tiempos de energía. Hizo deporte hasta avanzada edad, estuvo siempre que lo necesitamos, estudió y se superó de manera formal e informal: leyó de matemáticas, economía, participó en política y se retiró de ella, se preocupó de reflexionar sobre lo humano y lo divino, gran jugador de ajedrez, fue el padre que influyó en nuestras vidas, y el marido que mi vieja extraña cada día que pasa desde que cayó a esa cama de la cual ya no se levanta.

Mi viejo, que trabajó toda su vida, ahora está en su cama. Poco se mueve. Cada vez se comunica menos. Esboza cinco frases en el día. Y hay que insistir para que lo vea un médico. Hay que hacer malabares con el dinero que recibe de pensión y acomodarse a lo que nos dejan el sistema de pensiones y el de salud en Chile, que desde lo público a veces hasta centímetros de dignidad le faltan.

Hay días en que se ríe y conserva ese sentido del humor socarrón y medio fome del que nos burlábamos un poco cuando comenzamos a crecer. Pero sigue siendo inspirador, sigue dándome de qué pensar y me pone a reflexionar desde lo que pensaba, cómo actuaba, o desde su cama, desde la cual pasa ciertas necesidades porque vive en un país en el cual las personas importan mientras produzcan. Mientras sean funcionales al sistema. Pero recibe el amor de la familia que aportó a construir junto a mi vieja, quien todavía lo adora.

Para nosotros, él ha sido un pilar y su forma de vivir la vida no se puede olvidar. Porque olvidar es como matar un poco. Es como dejar que el presente y el futuro, que son tiempos que no existen, te divorcien del presente para que no puedas cosechar de las relaciones que la vida te ha regalado.

Desde esos reductos de lucidez que aún le regala su mente, cuando aparecen y se acuerda al día siguiente que viene su hermana regalona; pregunta por el hijo cuando no lo ve en un rato, o nos mira con sus ojitos brillantes cuando dice algo que quiere ser chistoso, son el tipo de alegrías que nos da mi viejo hoy en día.

Son muchas más las que nos dio durante su vida, durante la cual -con aciertos y errores-, siempre trató de vivir como un hombre justo, recto, solidario, y cómplice apoyador incondicional de los suyxs, que somos todxs nosotrxs.

Fuente: Otramérica

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  1 comment for “Mi taita, mi viejo, nuestra vida

  1. 18 Octubre 2016 at 0:40

    Puro corazón de escritura y de enseñanza. Ejemplos ambos que tocan el cuore

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