MANIPULACIÓN

Por Wilson Tapia Villalobos

En estos días de agite, sobran los que quieren sacar ventajas.  Tratan de aprovechar el río revuelto. Y aunque utilizan elementos archiconocidos, no dejan de lograr resultados.  El instrumento preferido es uno que se usa constantemente: el miedo.

La marcha estudiantil del martes 9 de agosto fue multitudinaria.  Según los cálculos oficiales -Carabineros- setenta mil jóvenes y adultos salieron a las calles en Santiago. Quizás hubo cerca del doble de esa cantidad.  Y en el resto del país, otras decenas de miles de personas quisieron hacer saber su malestar por el estado de la educación chilena. Ya son varios los meses en que los escolares -universitarios, de Educación Básica y Media- y profesores se encuentran en paro y numerosas las manifestaciones que han realizado. Seguramente, la autoridad esperaba que, con el correr de los días, el movimiento fuera bajando en adhesión ciudadana.  No ha ocurrido así, por el contrario. Y ahora cada jornada de marcha es acompañada con el sonido de las cacerolas.

Desde casi el comienzo de las movilizaciones, la autoridad ha advertido el riesgo de que los estudiantes pierdan su año escolar. Un fantasma que no deja de ser terrorífico y que debiera asustar tanto a padres como alumnos.  Hasta ahora, el miedo no ha empujado a grandes masas a las calles para enfrentar a los huelguistas.  Tampoco se ha reflejado en las encuestas que miden el rechazo al movimiento, como hubiera sido del agrado de la administración del presidente Sebastián Piñera.

Pero otro componente terrorífico se ha sumado al panorama: la violencia que desatan grupos aprovechando las manifestaciones multitudinarias. Cualquiera sean los iniciadores de estos actos vandálicos y repudiables -un carabinero fue detectado en Valparaíso mezclado con los promotores de la violencia-, evidentemente constituyen un elemento que perjudica la imagen de una protesta justa, hecha dentro de los márgenes de la democracia.

Y los argumentos de los violentistas difícilmente se sustentan por anacrónicos y por la falacia que encierran. Sostener que a la violencia del Estado hay que oponer la violencia del pueblo es, por decir lo menos, desconocer la historia.  Eso puede haber sido certero en un período prerrevolucionario o directamente revolucionario.  Pero, que se sepa, en Chile no están dadas esas condiciones.  Es más, si quienes impulsan tal violencia esperan que el factor revolucionario esencial, el proletario -o precarios como lo llaman algunos-, los apoye, tienen la visión afectada gravemente. Hoy, los trabajadores padecen de un inmovilismo que es difícil que abandonen. Las organizaciones que los debieran aglutinar prácticamente no existen y las que aún mantienen visibilidad sufren de una muy escasa representación. El proletariado estaría sumido en el temor a perder el trabajo y en la desconfianza hacia dirigentes que o no han sabido sintonizar con el tiempo que se vive o han sido absorbidos por un sistema que corrompe.

En resumen, la violencia no pareciera ser más que un elemento para manipular a los que están planteando un petitorio a todas luces justo. Un elemento que algunos utilizan para generar un utópico peak revolucionario, y otros para desprestigiar las demandas.

Mientras tanto, el escenario sigue mostrando novedades. Nuevamente transeúntes obstaculizan el desplazamiento vehicular en algunas arterias de Santiago.  El malestar es el mismo ya expresado: la pésima atención que entrega la locomoción pública. Los ecologistas, por su parte, no han olvidado lo que demandan y es posible que pronto vuelvan a la carga.

Ante todo este ambiente enrarecido, la Iglesia Católica se prepara para intervenir.  La Conferencia Episcopal lanzó un documento titulado “Recuperemos la confianza y el diálogo”.  En él se respalda la vía legislativa, impulsada por el Gobierno, para resolver el problema estudiantil.  Incluso, en algún momento se pensó -y aún no se descarta- que quien encabeza la instancia clerical, monseñor Ricardo Ezzati, pudiera transformarse en un mediador. Labor curiosa para uno de los jerarcas de la institución que mayor peso tiene en la educación chilena. Por tanto, la que ha permitido y estimulado su calidad de elitista, en algunos casos con aportes importantes de dineros públicos.

Y en medio de todos estos esfuerzos por manipular a la ciudadanía, pareciera que los chilenos están olvidando que hay más de una treintena de jóvenes que se encuentran en huelga de hambre. Cuatro de ellos debieron ser trasladados desde el Liceo Darío Salas a la Posta Central al sufrir una descompensación.  La causa: bombas lacrimógenas lanzadas por la policía que intentaba retomar el local escolar. Y esto ocurre mientras en Londres, asolada por la violencia, las autoridades se niegan a utilizar gases lacrimógenos por los daños que provocan en el organismo humano.

Son diversas formas de manipular.  En esta oportunidad, el primer ministro David Cameron prefiere, en su país, utilizar argumentos valóricos  para frenar la violencia. No son los mismos que usa en Libia o en Afganistán.

Así de desprejuiciada es la manipulación, ya sea en el Reino Unido o en Chile.

Comparte esta información...
Share on FacebookEmail this to someonePin on PinterestDigg thisPrint this pageTweet about this on Twitter

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *