LOS TRANSFORMERS

Por Wilson Tapia Villalobos

Hay que ser un niño actual para comprender la estética de un transformer. Juguete que en un momento es robot humanoide y al siguiente puede ser automóvil, avión o lo que se le antoje al fabricante. Generalmente, el robot es un ente protegido con armas de potencia inusitada. No son la manifestación de belleza clásica, es cierto, pero los pequeños gozan con esta especie de doble identidad. Su nacimiento tiene lugar en Japón, en la década de 1970, cuando la empresa Takara lo lanza al mercado.  Luego se internacionaliza y se los conoce en videos y películas de inusitada violencia. Pero se supone que los chicos comprenden que todo es virtual.  Que pasa nada. Que los borbotones de sangre están ahí para hacer reír, ni siquiera para emocionar.

Con seguridad, pronto los draclones y microman pasarán al olvido. Casi sin pena ni menos gloria.  Pero habrán dejado una huella.  Algo así como la aceptación oficial del travestismo, pero en caricatura. Tal vez sea una de las carátulas que distinga a esta llamada sociedad del conocimiento, que no debe ser confundida con la sociedad de la sabiduría. Y allí vendrá otro cuento que tiene que ver con nuevos paradigmas, con cambios de valores o con la desvalorización de instituciones valiosas, como la política, las iglesias, la democracia, la equidad, la justicia, la libertad.

Entre nosotros, los transformers son numerosos.  El más reciente -que no será el último- es Daniel Fernández.  Insigne militante del Partido por la Democracia (PPD), ingeniero, ha sido distinguido con cargos relevantes.  Fue Presidente del Metro, Director Ejecutivo de TVN, cargo este último al que ha renunciado para asumir la vicepresidencia Ejecutiva del proyecto HidroAysén. Se trata de una de las iniciativas energéticas que mayor resistencia ha levantado en la ciudadanía que se verá directamente afectada.  También es condenada severamente por grupos ecologistas. Incluso, en su propio Partido el proyecto HidroAysén ha sido erigido como ejemplo de lo que se debe desterrar por la amenaza que significa para el medioambiente.

Pero Fernández está lejos de ser el único.  Casos como el suyo han menudeado entre militantes de partidos de la Concertación.  Está el de Eugenio Tiróni, que de importante asesor gubernamental pasó a ser colaborador de empresas privadas que requerían de un lobbista experto que abriera puertas oficiales.  Igual situación vive el ex ministro Enrique Correa.  Él renunció a Partido Socialista (PS) en desacuerdo con que su colectividad congelara la militancia de Eduardo Loyola, abogado que asumió la gerencia del Consejo Minero, entidad que reúne a las mineras privadas. Correa es hoy uno de los más importantes lobbistas nacionales.

Eduardo Aninat, democratacristiano, ex ministro de Hacienda, ex embajador en México en gobiernos concertacionistas, hoy es presidente de la Asociación de Isapres, entre otros cargos significativos en la empresa privada.

Los transformers, sin embargo, no sólo se dan entre los dirigentes políticos y profesionales con militancia.  También se conocen en otras innumerables actividades.  Una de ellas, la Iglesia Católica. En entrevista concedida a TVN el domingo pasado, el cardenal Francisco Javier Errázuriz abordó el tema de la pedofilia.  Y el defensor granítico de la moral pública, se transformó cuando el periodista consultó por esa situación en Chile.  Monseñor dijo que “afortunadamente” en el país se han producido sólo unos “poquitos casos”.  Como si el número exculpara la gravedad del daño. O, lo que es peor, el silencio se explicara porque son sólo “unos poquitos casos”.

Estoy por pensar que si bien los transformers serán un legado cultural de esta época, no son nuevos. Posiblemente la calidad técnica es una innovación.  Pero la capacidad de mutar viene acompañando al poder desde siempre.  Y es lo que hoy hace que no haya fronteras ideológicas en política.  Que el individualismo campee. Que hasta líderes espirituales muestren fisuras morales en aras de hacer una defensa corporativa de pares con claras desviaciones.

Por desgracia, estos transformers no son virtuales.  Y la sangre que surge de sus desmanes no es para hacer reír.

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