Los Terremotos No Son Controlables; Pero la Injusticia, Sí

pelluhuefotos1Por Fernando Sagredo (desde Australia)

Muchas emociones se han producido esta semana. De la sorpresa a la rabia, de la angustia a la alegría, de la incertidumbre a la esperanza… y vuelta de nuevo. No es fácil vivir un terremoto a tanta distancia del epicentro y sin poder tocar, besar a los que queremos; sin poder participar en las acciones solidarias en persona, reconstruyendo no sólo los muros caídos, sino la moral de nuestro pueblo. A tanta distancia, uno tiende a sobrestimar y subestimar todo; a gritar cuando a veces lo que se requiere es un susurro; a llorar cuando tal vez lo que debemos transmitir es alegría, como ese compatriota que filmaba hasta el último segundo cuando venía el Tsunami persiguiéndole los talones, diciendo: “esta weá no me la pierdo ni cagando”. Genialmente chileno.

Debilidades y Amenazas

El terremoto que recién acaba de azotar nuestra patria, como el de 1985, nos pone en una situación profunda de crisis, es un espejo quebrado que nos hace mirarnos a nosotros mismos, donde se hacen evidentes las tremendas diferencias sociales que existen en nuestro país, entre capital y regiones, centro y periferia, entre los que tienen más y los que tienen menos. Eso se expresa en la calidad de las construcciones, la firmeza de los suelos donde éstas se levantan, la velocidad con la que llega la ayuda, la precisión de los sistemas de alarma, la “fineza” con la que mis propios colegas periodistas tratan a unos y a otros.

En este espejo quebrado también se ve cómo nuestra cultura ha sido afectada por consignas individualistas, de velar sólo por lo propio. Así como a través de facebook, skype (sólo por mencionar algunas vías modernas) se han producido maravillosas muestras de solidaridad y despligue de redes, también han salido a flote el egoísmo y la falta de sentido de pertenencia, propias de una sociedad fragmentada y que ha perdido su capacidad de diálogo interno.

En Chile, hubo gente que aprovechó la oportunidad para robarle al vecino, hubo gente que huyó en su auto de los balnearios sin ni siquiera mirar atrás a los que no tenían auto, hubo gente que aprovechó para subir los precios de los productos y otros que aprovecharon que tenían más liquidez para comprar todas las pilas de un pueblo. Con todos los que he hablado que están en nuestra apaleada tierra, tienen una historia bella, solidaria que contar; pero al mismo tiempo tienen una de vergonzoso egoísmo.

Para mí, en lo personal, no es menor lo de los saqueos y robos, ni tampoco es menor la defensa brutal que a veces se hace en contra de ellos. En muchas zonas, se están viviendo situaciones de guerra, y la ética de una sociedad se mide por cuán justos y preparados estamos para enfrentar estos momentos de crisis, donde lo humano se pone en cuestión, y si somos parte o no de un mismo país.

Evidentemente, nuestro Estado se ha mostrado débil para enfrentar este desastre, al igual que nuestros sistemas de información y alarma. Las instituciones parece que no funcionan tal y cómo nos enseñaron…

Desde la lejanía donde me encuentro he visto, con vergüenza, cómo muchos de mis colegas periodistas hacen pedazos su responsabilidad social; sin ningún sentido crítico abusan del sensacionalismo, le dan veracidad a rumores, provocando angustia y cansancio en mi pueblo, en vez de claridad y esperanza.

También he sabido de chilenos veraneando fuera de su país que están indignados con tanto flaite que aparece en televisión, dañando la imagen del país. Como si Chile fuera una especie de postal que hay que venderle a alguien. ¿Tan ciegos estamos que antes del terremoto no habíamos notado que habían barrios periféricos en torno a las ciudades? ¿Que en los estadios se juntan decenas de miles de personas prácticamente marginadas de la sociedad? ¿Que la calidad de la educación en el país es una vergüenza (¡ojo! Para la OCDE, también)? ¿Que estamos en el ranking de los 10 países con peor distribución del ingreso del mundo (con 8 africanos)?

Ver a compatriotas morir porque no supieron a tiempo del Tsunami, me parte el corazón; lo mismo reencontrarme con ese Chile del sur, de los pueblitos, de las casas de adobe, ese que no se ha enterado de nuestras “ventajas comparativas”, ni de las bondades de comprar acciones en el retail, en el suelo. Me quiebro y me llena de pudor saber que este año conoceré París y Londres, mientras buena parte de Talca está en el suelo.

Al mismo tiempo, enterarme del terremoto en pleno Sudeste Asiático, me hizo reflexionar sobre cómo vivimos nuestras tragedias. En estas costas, el Tsunami de hace algunos años, se comió a decenas de miles y destruyó casi todos los balnearios.

Sin embargo, acá las cosas se vivieron con pena pero más calma, sin tanta histeria. Por otro lado, la espiritualidad de la gente contribuye a darle un contexto a lo que sucedió y a no ahogarse en la angustia del ¿por qué? Acá el Estado reaccionó (porque una gran ventaja comparativa, el turismo, se vio afectada) pero la gente se movió mucho también, sin espera de tanto asistencialismo. Acá no hubo teletones pero sí mucho trabajo comunitario y solidario como el que también se aprecia en los pequeños pueblos y villas de mi país (¡Vamos Villa Portales!)

Fortalezas y Oportunidades

Siempre se dice que los desastres traen la posibilidad de unidad para los pueblos. Pero esa unidad puede ir para cualquier lado, si no somos capaces de impulsar liderazgos democráticos y justos. No olvidemos que fue tras la necesidad de reconstruir Alemania, luego de quedar devastada por la Primera Guerra Mundial y llena de deudas, que surgió con fuerza el nazismo. No puedo evitar pensar en eso cuando escucho algunos llamados a que las Fuerzas Armadas tomen control.

En Chile, tras el terremoto de Chillán, en 1938, miles de voluntarios se movilizaron hacia la zona, de diferentes clases sociales; muchos profesionales que pertenecían a la elite del país (en una época donde ser universitario era un lujo) se pusieron en contacto con las realidades sociales más duras de nuestro pueblo en el campo y la ciudad. Médicos compartieron con jornaleros; abogados con campesinos, en medio de una sociedad muy estratificada. Ese roce social contribuyó a crear nuevas ideas, nuevos proyectos de país, nuevas ideas como el nacimiento de la Corfo o el Estado Docente. Sin ir más lejos, en esa época, un treintañero Salvador Allende participó de esa experiencia en Chillán, se maravilló del potencial que tenía el trabajo voluntario y del encuentro entre diferentes sectores sociales y decidió escribir la base de la propuesta del Sistema Nacional de Salud (con un fuerte componente social), el primero del mundo junto con el de Inglaterra.

Tras el terremoto de 1985, Chile nuevamente estuvo en una encrucijada similar, vivíamos una crisis económica terrible, una dictadura militar igualmente jodida y sólo faltaba un terremoto para demostrarnos que la naturaleza también quería lo suyo. Hubo mucha angustia, desesperanza, pena. La pobreza, la marginalidad y la desesperación también atrajo saqueos, la mayor parte de nuestros compatriotas tenía una escasísima capacidad de ahorro así que el que perdía la casa.. simplemente quedaba en la calle. Tal vez la diferencia es que los militares no se demoraron en salir a las calles a controlar la situación… porque en realidad ya estaban en las calles, desde hacía años.

Sin embargo, tras ese terremoto, muchas organizaciones de base se fortalecieron y fue posible que los actores políticos se conectaran con las dinámicas sociales, que los laicos se relacionaran con las comunidades cristianas de base, que los demócratas de cuello y corbata compartieran con los demócratas de la población. Así, en 1988, en vez de optar por un camino basado en el miedo y el autoritarismo, Chile fue capaz de construir su vía para recuperar la democracia.

Hoy, un nuevo desastre nos golpea y creo que es importante mirar nuestra historia, aprender de ella. Grandes cosas han salido de estos momentos, importantes cambios sociales y pienso que a todos los que observamos esto, nos cabe una tremenda responsabilidad de crear un país mejor, más justo y digno. Porque los terremotos no son controlable;, pero la injusticia, sí, lo que pasa con las placas subterráneas es aún un gran misterio, pero el origen de las desigualdades y los problemas de educación ya no lo es.

Yo no aspiro a vivir en un paraíso, soy demasiado diablo para eso; sólo espero que podamos hacer nuestro aporte para que frente al próximo terremoto nuestro pueblo acumule lejos más historias de solidaridad que de egoísmo, de organización que de individualismo y que se pueda mirar en el espejo igualmente quebrado pero con tranquilidad y confianza de que saldremos adelante como pueblo y que podremos reírnos diciendo “el próximo no me lo pierdo ni cagando”.

Fernando Sagredo Berríos

Periodista chileno, estudiante del Magister en Gestión Para la Globalización (MGPG)

Desde Australia

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