LOS DERECHOS NO ENVEJECEN

Por Wilson Tapia Villalobos

Existe la tendencia a confundir los plazos humanos con las dimensiones telúricas o el desarrollo de los procesos sociales. El resultado es una ansiedad que daña o, por lo menos, obnubila la visión. Sólo así se explica que problemas de larga data sorprendan o sean catalogados en archivos mentales equivocados.  Es lo que ocurre con las etnias primigenias en este Chile cada vez más norteamericanizado y con un pasado tufillo europeizante. En resumen, un país en que la mirada excluyente se encuentra en cada rincón y en el que la xenofobia comienza por los propios aborígenes. Esto es lo más curioso. Ellos ya estaban aquí cuando llegaron los que darían origen al mestizaje que es lo chileno. Pero esa es una realidad que adecuadamente desconoce la “sociedad blanca”. Entre nosotros, el indio, más que un individuo, es un epíteto peyorativo.

La muerte de Jaime Facundo Mendoza Collío, volvió a elevar a otra dimensión el conflicto mapuche. El comunero fue ultimado por fuerzas policiales cuando participaba en protestas cerca de Ercilla. Este acontecimiento ha servido para bajarle el perfil político al problema y reubicarlo sólo en el área delictual. Y ahora vienen las derivaciones.

El discurso oficial reconoce una deuda histórica que debe ser enfrentada.  No es un discurso nuevo. Lo que no lo hace más glorioso, sino ineficientes a quienes lo propalan. La voz policial se transforma en megáfono gremial y defiende al uniformado que apretó el gatillo.  El argumento: legítima defensa ante un ataque armado.  De nada sirve que el examen practicado al cadáver haya arrojado, sin lugar a dudas, que Mendoza Collín no había disparado arma alguna en los instantes previos a morir. La oposición levanta voces tímidas que condenan la violencia.  Lo hace sin estridencias, para evitar que sus palabras puedan tener repercusiones negativas en el electorado mapuche. Y carga la mano contra el Gobierno.

Este es el episodio actual. En un problema que se arrastra a lo menos doscientos años. Y en este período, ha sido sometido a distintas miradas. La mayoría fueron perjudiciales para la etnia mapuche. Por lo general, cuando se aborda este tema, la perspectiva más recurrida es el despojo de las tierras, la miseria en que se mantiene a los aborígenes, la falta de educación, la desigualdad de oportunidades.

Ha habido intentos de solución.  Desde decisiones mañosas que se sabía terminarían creando grandes latifundios.  Nada más que eso fue el reparto de tierras que se hizo durante la dictadura.  Fueron entregadas pequeñas parcelas, cuya explotación difícilmente darían para la subsistencia de una familia. Poco tiempo después, la pobreza empujó a vender.  Fue un segundo despojo.
Las ideas impulsadas por los gobiernos posteriores para pagar la deuda histórica contaron con mayor participación de los interesados. Su aplicación, sin embargo, ha resultado poco eficiente.  La prueba es que el conflicto se mantiene y pareciera ir creciendo. Es cierto que parte de ello puede obedecer a intereses que buscan beneficiarse con la venta de tierras.  Pero hay otros lastres ajenos a tales maniobras.  Cuestiones que no han sido consideradas en las políticas públicas. Hay elementos culturales, tradiciones, ligazones históricas. Elementos vinculados a cosmovisiones, que la burocracia oficial no ha sabido considerar.  Los privados, por su parte, simplemente los han ignorado, en una clara demostración de falta de respeto.

El problema de discriminación no se resuelve con tierras.  La exclusión no se soluciona con planes de alfabetización. Hay una parte del problema que le corresponde asumir a la sociedad toda.  Y, en eso, la comunidad chilena ha fracasado. No siente el problema mapuche como propio.  No considera a los indígenas cercanos a lo que ella es.  Desconoce el mestizaje y hasta le molesta recordarlo.

Esta ridícula xenofobia ha postergado soluciones, porque éstas a menudo son consideradas, no reparaciones hechas en justicia, sino dádivas graciosas del Estado chileno.

El denominado “término de las ideologías” ha significado un resurgir de los nacionalismos a nivel global.  Y, paralelamente, ha llevado al rescate de culturas primigenias que fueron sojuzgadas y ante las que los estados nacionales mantienen un olvido cómplice con el poder económico.

Como dice Nicanor Parra, se habla mucho de los derechos humanos y poco de los deberes humanos.  Hay que hablar más de los deberes humanos y el primer deber humano es respetar los derechos humanos. En el tema mapuche nos estamos entrampados entre el decir y el hacer.  Entre hablar de derechos y no cumplir con los deberes. Mientras no haya un cambio de actitud, la situación seguirá siendo compleja.  Pero para cambiar, es necesario evolucionar culturalmente.  Y eso tiene su propio ritmo.  Lo prueba el hecho que, luego de doscientos años, el tema sigue vigente.  Los derechos no envejecen.  O, al menos, no lo hacen con la velocidad que los seres humanos.

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