Las personas y los árboles

Por Gastón Soublette *

En su edición del sábado 28 de mayo se publicó una entrevista al Presidente de la República cuyo tema central fue el de la energía. Ahí, el Primer Mandatario formuló una declaración que, en mi concepto, es tan reveladora como desafortunada. Destacada en la portada de “El Mercurio” como la frase del día, la declaración dice: “Las personas merecen más protección que los árboles”. Se trata de un pensamiento tanto más peligroso cuanto más razonable parezca a la clase política, porque desvincula insalvablemente el orden “construido” del orden “dado”, esto es, la naturaleza, soporte vital de nuestra especie.

Los políticos de todos los países tienden a pensar del mismo modo a causa del modelo de civilización en que están insertos y cuya responsabilidad los obliga a incrementarlo. Modelo bajo el cual subyace la idea de que la vida es un problema, el cual se soluciona con recursos financieros, tecnología apropiada y capacitación, matriz educativa del hombre considerado sólo como un consumidor. Por eso el político contemporáneo, cualquiera sea su orientación ideológica, confía sólo en los grupos de expertos que conciben los hechos económicos y la planificación industrial entre cuatro murallas, con independencia del orden natural que sustenta toda forma de vida.

Ha quedado sobradamente demostrado que las megapolis modernas con sus exigencias vienen a ser algo así como el cáncer de la población mundial, enfermedad que nos está empujando claramente a un despeñadero.

Llegar a una situación tal de confusión que tengamos que optar entre las personas o la naturaleza es el absurdo a que este paradigma civilizador nos ha llevado. Por eso cabe preguntarse: ¿Dónde encontraremos en el mundo un gobernante que ha hecho consciente este dilema mortal y enfrente el problema de la energía libre de la lógica de los negocios, con un criterio creativo y audaz en bien de las generaciones venideras?

* Musicólogo, escritor e investigador de las culturas originarias y del oriente y filósofo.

Publicado en Cartas a El Mercurio

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