La violencia invisible y los compromisos pendientes

angelnavarretePor Patricia Cocq/ Observatorio de Genero y Equidad

Abrimos el diario en la mañana, encendemos la radio o la tele mientras tomamos desayuno, miramos la pantalla del celular cuando viajamos en metro o micro. Todos los días y sin importar el tipo de medio por el cual nos informamos, es muy probable que nos encontremos con alguna noticia que registra un hecho de violencia contra las mujeres. Relatos de agresiones, femicidios frustrados, historias de mujeres que pidieron medidas cautelares, que siguieron todo el sistema de denuncias e igualmente, algunas, terminaron asesinadas.

Esta es una de las caras de la violencia en los medios de comunicación, el nivel más evidente, que recopila estos hechos de violencia y los “transmite” a gran parte de la población. Sin embargo, hay otros niveles que parecen estar más ocultos y sobre los cuales es necesario profundizar la discusión.

Por una parte, a pesar de las campañas que han hecho organizaciones como la Red Chilena Contra la Violencia Hacia las Mujeres y el Sernam, para desnaturalizar la idea de que los femicidios tienen “motivaciones”, seguimos encontrándonos con artículos o piezas comunicacionales que hablan de “la mató por celos” o con pobres investigaciones periodísticas sobre casos de especial relevancia como el tristemente célebre caso de Alto Hospicio o los horrorosos casos que se han registrado este año como el de Nábila Rifo, un caso emblemático de estos crímenes. Una pobre investigación porque no ayuda a comprender la magnitud de este fenómeno social, sino que se queda en la crónica roja, salvo honrosas excepciones.

Otro abordaje de la violencia tiene que ver con el uso constante de estereotipos en la prensa. Desde las decisiones gráficas, en que se insiste en relevar el aspecto físico de las mujeres, explotando su cuerpo para llamar la atención, desde jóvenes semidesnudas hasta carabineras, de las cuales se muestran sus piernas para destacar la belleza de la uniformada chilena. Después nos encontramos con la continua invisibilización, predominando la consulta a expertos en todos los ámbitos… bueno, en casi todos, puede ser diferente si resulta ser un ámbito moda, familia y tendencias, los “espacios femeninos”. En el resto de los temas pareciera no haber mujeres que opinen, como lo han registrado las creadoras del twitter @paneldehombres

Quiero decir que la violencia contra las mujeres y el femicidio no opera solo en el nivel de la afectación a su integridad física o psicológica, sino que también opera en el ámbito de lo simbólico, en ese espacio oculto del lenguaje, de los estereotipos, de las violencias cotidianas, de los medios de comunicación, de las redes sociales. En ese sentido, no solo necesitamos una política pública que garantice la integridad física de las mujeres y las niñas frente a la violencia que se ensaña con ellas, sino que también controle y sancione los contenidos mediáticos que colaboren a reforzarla.
¿Y la libertad de expresión se preguntará usted? Bien, gracias. La libertad de expresión, en primer lugar, no es una prerrogativa de los medios de comunicación, sino de todas las personas, que también tenemos derecho a recibir y difundir informaciones, entre otros. Cuando el Estado de Chile ratifica la Convención Belém do Pará, y se compromete, entre otras cosas, a garantizar el derecho “de la mujer a ser valorada y educada libre de patrones estereotipados (…) basadas en conceptos de inferioridad o subordinación” y se obliga a “alentar a los medios de comunicación a elaborar directrices (…) que contribuyan a erradicar la violencia contra la mujer en todas sus formas…” también se está obligando a influir en los medios de comunicación, espacio donde, en gran medida se construye el imaginario colectivo.

El Estado está absolutamente al debe en esta materia, así como las universidades tienen escasa formación en derechos humanos, incluyendo por supuesto la lucha contra la violencia hacia las mujeres. La lucha contra la violencia no pasa solamente por evitar la muerte de más mujeres, mujeres trans y niñas, también aborda ese espacio invisible que perpetúa la violencia y la naturaleza. Y en eso, medios, universidades, organismos públicos y periodista tenemos mucho qué hacer y un compromiso social que cumplir, porque la comunicación debe implicar un compromiso de cambio social por la dignidad de las personas.

 

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