La locura es contagiosa

Por Wilson Tapia Villalobos

Si no fuera por las consecuencias, podríamos hasta reírnos de lo que está ocurriendo con nuestros políticos. Pero como no son chistes, hay que tomarse en serio cada estupidez.  Y tratar de transformar en trascendente una frescura, una desfachatez. Todas cosas más dignas de un circo, que de una República que habla con tanto desprecio -e ignorancia- de las republiquetas y de las caribeñadas.

El último episodio es la destitución de Harald Beyer del cargo de ministro de Educación. Todo fue una bufonada. Ya en la elaboración de la acusación quedó la impronta. Gran parte de ella fue copiada y pegada.  Y por eso, Beyer aparecía siendo denunciado por faltas que son atribuibles al ministro del Interior, no al de Educación.  Una irresponsabilidad que hace pensar en la forma en que trabajan los legisladores.  Y, peor aún, cómo se hacen las leyes en Chile -cómo se aplican, da para más de una nota, pero ese es otro cuento, dramático también.

Finalmente, Beyer fue defenestrado por 20 votos contra 18.  Y allí se desató el paroxismo de la locura. El presidente de Renovación Nacional, senador Carlos Larraín, anunció que este era el comienzo de una guerra. Uno está acostumbrado a las salidas de madre de este personaje folclóricamente conservador.  Pero, aunque sea de vez en cuando, debería medir sus palabras. Los chilenos ya conocimos las brutalidades de una guerra interna -encabezada por huestes a las que Larraín da su bendición-, y las heridas están abiertas ¿Se les podrá pedir a los políticos que aporten serenidad?  Por lo visto, parece que no.

Pero sigamos con las locuras. El responsable de inclinar la balanza a favor de quienes querían que Beyer saliera de su cargo, fue el senador independiente Carlos Bianchi. Al explicar su voto, le juró por Dios al ministro que esto no era nada personal. ¡Qué locura! Olvidó la separación de la Iglesia del Estado.  Olvidó que estaba cumpliendo un trabajo para el cual lo había designado la ciudadanía, no Dios. Y que la religión sirve para cuestiones un poco más elevadas que la política que ellos están haciendo.

Pero sería perder el tiempo entrar en materias teologales con personajes como Bianchi.  O como la ministra Evelyn Matthei.  Ella, sin perder un segundo, sumó, restó y lanzó sus dardos directamente a la yugular electoral.  La culpable de la destitución de Beyer, dijo, “es Michelle Bachelet”. La explicación: “Con mover un dedo meñique habría evitado” el hecho.  A nadie extrañan las salidas de madre de la ministra Matthei.  Pero ahora que hablamos de locuras, es imposible no tomarlas en cuenta.

En medio de este carnaval de insanía, lo único rescatable es que los estudiantes lograron llamar la atención sobre el lucro.  Esa fue la razón que terminó  con la vida ministerial de Harald Beyer.  Y ese no es un triunfo menor.  Porque, entre otras cosas, si bien era una bandera de lucha de los estudiantes, la sociedad chilena, mayoritariamente, siente que está siendo estafada en un área crucial.

De cualquier modo, el camino hacia logros que vayan más allá de una cabeza ministerial, es muy largo. Porque esta política demencial, además es desvergonzada.  Decir que las instituciones funcionan en Chile y mostrar eso como un gran avance, no es sólo locura, es frescura.  Eso lo dijo, con satisfacción y orgullo, el presidente Ricardo Lagos. Y lo han repetido todos quienes los sucedieron en La Moneda.  Si las instituciones funcionaran adecuadamente, los tribunales chilenos habrían juzgado y condenado a Pinochet; no tendríamos a un presidente de la República que en medio de la campaña tuvo que pagar una multa para no ser condenado por utilizar información privilegiada en sus negocios y que antes había sido condenado por sus manejos dolosos en el Banco de Talca.

Si las instituciones funcionaran, la Cámara de Diputados no debería haberse visto obligada a pedir al segundo Vicepresidente de la Corporación, el diputado independiente (ex democratacristiano) Pedro Velásquez, que renunciara a tal cargo.  La razón, debe reintegrar al fisco $284 millones por acciones dolosas durante su mandato como alcalde de Coquimbo.  Tal cargo lo ocupó entre 1992 y 2006.  Y quien lo acusó de manejos fraudulentos fue la entonces senadora Evelyn Matthei.  Por esas locuras de la política chilena, Velásquez fue propuesto para la segunda vicepresidencia de la Cámara, por la Unión Demócrata Independiente (UDI), partido ultra derechista al que también pertenece la actual ministra Matthei. En todo caso, la sanción que la Comisión de Ética le aplicó a Velásquez fue descontarle sólo el 12% de su dieta.  Aún no se sabe como saldará su deuda con el fisco.  Finalmente, si las instituciones funcionaran, personajes como éste no llegarían a cargo de representación popular.  Pero ya veíamos que no es el único, ni el más significativo.

La locura política es contagiosa.  Aunque, por sobre todo, perniciosa para la sociedad. Estimula la desvergüenza y difumina los valores.  Cuestión que a pocos parece importar.  Porque Beyer fue destituido por no controlar el lucro.  Pero el presidente Sebastián Piñera sostuvo que la educación era un negocio.  Es como para que decir: Están todos locos.

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