La gente está enojada

Por Wilson Tapia Villalobos

Una ola de indignación recorre el mundo desde hace algún tiempo.  Ahora, Brasil se está  incorporando a la marejada. Con sus 8,5 millones de km2 y casi 200 millones de habitantes, el país continente sudamericano se halla conmocionado. Y, con seguridad, las tensiones que hoy se viven allí reforzarán el malestar planetario.

En general, la rabia responde a las mismas razones de los indignados de Europa, de América, de Asia, de África. La desigualdad, la corrupción, sistemas políticos caducos e inoperantes, instituciones que ya no responden a los requerimientos populares. En síntesis respuestas inadecuadas a las principales premuras de los ciudadanos.  Y quienes han manejado el poder económico y político, responsables finales de este estado de cosas, son incapaces -por voracidad o ineptitud- de visualizar correctamente el nuevo panorama político y social.

En Brasil, las protestas rompieron los diques después de más de dos decenios en que el malestar no llegaba a las calles. La locomoción fue el detonante.  Un alza de 20 centavos de real en los pasajes sacó a cientos de miles de brasileños de esa especie de letargo. Cálculos extraoficiales señalan que el gasto en locomoción representa alrededor del 30% del ingreso de los brasileños.  Allí el sueldo mínimo mensual se ubica en algo más de $100 mil chilenos.

No parece casual que los desbordes se produjeran cuando en el país se desarrolla la Copa Confederaciones, cita previa al Mundial de Fútbol, que tendrá lugar el próximo año en Brasil. País futbolizado, no se concebía que una gesta internacional sirviera de escenario para las manifestaciones.  Sin embargo, los US$ 15.000 millones que desembolsará el Estado para adecuar la infraestructura deportiva colmó la paciencia de los brasileños. En realidad, la Copa y el Mundial fueron sólo la gota de rebasó el vaso de la paciencia popular.  Y ahora las protestas han superado las fronteras y manifestaciones contra la corrupción de la clase política también están ocurriendo en el vecino Paraguay.

En todas partes, el denominar común es que las protestas no tienen una dirección única.  Ni ideológica, ni políticamente están constreñidas por márgenes exclusivos. Lo que reúne a las personas es el agotamiento, el malestar, la convicción de que están siendo estafados, maltratados.  Que el Estado es una herramienta manejada en beneficio propio y exclusivo por quienes tienen el poder.  Y que eso no se resuelve por los medios habituales.  Esa es una realidad demostrada por la experiencia.  Y como los canales de participación están cerrados, la calle es la vía para protestar y hacerse escuchar. Todo esto se resume en demandas por mejor educación, salud, transporte, participación política, representatividad, según la precandidata presidencial ecologista brasileña Marina Silva. Pareciera que los jóvenes que protestan se encuentran convencidos que el camino que deben recorrer no es fácil ni breve. Pero no están dispuestos a cejar. Marina Silva explica muy adecuadamente esa posición.  Dice que no es optimista ni pesimista, “sólo persistente en buscar un mundo mejor”.

Pareciera ser la misma persistencia que hoy exhiben los jóvenes chilenos. Y también es la misma desubicación que muestran los dirigentes políticos que se ven en un nuevo escenario. Pese a todos los maquillajes y visos tecnológicos que utilizan, las respuestas aún no aparecen. En este sentido, quienes tienen una mayor responsabilidad son aquellos que construyen su mensaje basándose en lo que sería una mayor sensibilidad social.  Los conservadores, en cambio, no tienen que hacer ningún esfuerzo.  Es suficiente algo de cosmética en el lenguaje.  Finalmente, el mercado es el que manda y la educación, la salud, la locomoción, las pensiones, son bienes que deben transarse.  Las riquezas básicas tienen que venderse al inversionista más acaudalado.  Eso es lo que se está haciendo.  ¿Por qué van a ofrecer otra cosa? ¿Por qué deberían cambiar, si el éxito los ha acompañado, dictadura de por medio? Puede que mientan en algunas áreas buscando lo políticamente correcto. Pero para el panorama general, son casi mentirillas blancas.

El problema está  en el otro sector.  Allí donde hubo que cambiar de nombre, porque Concertación de Partidos por la Democracia ya no surtía efecto.  Tal vez era hasta un peso imposible de sobrellevar.  Y ahora el logo está subrayado por una marca que dice poco y aspira a mucho: Nueva Mayoría. En realidad, es un amplio arco iris.  En él cabe desde la visión derechista de Andrés Velasco, ex ministro de Hacienda de Michelle Bachelet, hasta las sorprendentes posturas sacadas de la época en que la socialdemocracia soportaba un ala izquierda, de José Antonio Gómez.

Observando este panorama nada hace presumir que las cosas puedan cambiar en breve. Aunque los partidos políticos representan a muy pocos, sus líderes insisten en que son indispensables para la democracia. No importa que en Brasil a los dirigentes del Partido de los Trabajadores –en el gobierno- que trataban de sumarse a las protestas, los manifestantes les gritaran: “Fuera partidos, ustedes quieren al pueblo dividido”. Algo si8milar a lo que ha pasado en nuestras calles cuando se protesta.

Así están las cosas. Marina Silva tiene razón. Sólo hay que ser persistente en buscar un mundo mejor.

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