La fiesta de los inmigrantes (o la fiesta de todos)

Foto: Nicolás Massai

Por Nicolás Massai (@nmassai) /

El sábado pasado (10 de diciembre) se desarrolló el Migrafest en la Plaza de Armas de Quilicura. Hasta el lugar llegaron personas de todos los países, que deleitaron a los asistentes con los mejores secretos de sus culturas. Acá una crónica de lo que pasó ese día.

Una bebé de ocho meses mira la cerveza que tengo en la mano. La apunta, la busca. Su madre se ríe y le acomoda una mamadera entre los labios. Ella, tan chica, abre los ojos y toma la botella con las dos manos. Bebe durante diez segundos, y luego se vuelve a parar.

–No le gusta la leche –me dice su madre.

Por los parlantes del escenario sale la música de Elvis Crespo, y mientras los adultos se mueven con disimulo, la chica de mi lado salta y salta. Desde adentro de la boca le brotan los restos de leche que no se tragó. Se chorrean por los surcos oscuros que delinean sus mejillas. Sonríe. Tiene las encías pintadas de blanco. Su madre es de Haití y ella nació en Chile. Chilena-haitiana. Una niña chilena-haitiana tiene ganas de bailar.

Esta primera versión del festival Migrafest es una iniciativa de la municipalidad de Quilicura. Coincidió con la misma fecha en que se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos.

Mientras camino por los puestos de distintos países, el animador del evento va anunciando la variada oferta culinaria.

–No puede dejar de probar la torta de quinoa, de la cultura aymara.

Me acerco a un puesto de una señora que viene de Perú y me explica un poco más sobre este tipo de repostería. “Está hecha en base a harina de quinoa”, dice. Le pregunto si la puedo fotografiar y ella no pone problemas. Se ve deliciosa: está rodeada de un merengue grueso y por las partes que ya fueron cortadas se chorrea el manjar.

Además de los puestos de comida, se pueden encontrar distintas organizaciones de derechos humanos. Una de ellas es la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que forma parte del sistema de las Naciones Unidas (ONU). Jorge Sagastume es su coordinador. Llegó a Chile hace tres años, desde Honduras. Le pido que hablemos. Nos sentamos en una banca a la que le llega el sol. Ahí, un poco encandilado, cuenta que su trabajo consiste en formar mesas de conversación entre comunas.

–Nuestra mesa de conversación intercomunal tiene el propósito de que los municipios empiecen a contar las buenas prácticas que están realizando en el tema migratorio, para que esas buenas prácticas se puedan replicar en otras comunas. Un poco para decirle a los otros alcaldes que no se trata de inventar la pólvora.

La mesa está compuesta por 18 comunas de la Región Metropolitana: Cerrillos, Maipú, Peñalolén, Estación Central, Pedro Aguirre Cerda, San Bernardo, San Ramón, La Pintana, San Antonio, Lo Prado, Quinta Normal, Huechuraba, Providencia, Santiago, Lo Espejo, Quilicura, Independencia y Recoleta.

–Quilicura ha sido un ejemplo de buenas prácticas en muchos temas con migrantes. Es la primera comuna en Chile que hizo un plan de acogida con el apoyo de una universidad –dice Sagastume. No por nada la ACNUR (agencia de la ONU para los refugiados) le dio el reconocimiento de Ciudad Solidaria.

Tengo sed. Recorro la plaza y me encuentro con un puesto de Cuba. Un hombre que se llama Lázaro ofrece la carta a todos los que pasan por delante.

–¿Cuánto cuesta la cerveza? –pregunta un joven junto a su novia.

–Luca –responde el vendedor, y la pareja se empieza a alejar.

Lázaro repara en eso y le sirve un poco.

–Esta es la mejor cerveza del mundo. Si no te la tomas tú me la voy a tomar yo –dice, y se lleva el vaso a la boca. Se lo toma todo. De pronto me ve.

–¿Mojito, Piña colada?

–Piña colada, por favor.

–Perfecto.

Agarra un vaso de 500 cc., le vierte una buena cantidad de ron blanco, hielo molido, crema de coco y jugo de piña. Todo a la juguera.

–Aquí tienes.

Después sigo por la plaza y llego a un puesto de Venezuela. Lissette y Génesis me preparan una arepa rellena con el mismo contenido de la palta reina: pollo, mayonesa y palta. Además, antes entregármela, le pasan unos brochazos de mantequilla por el interior, junto a varios gramos de queso amarillo por los contornos.

La devoro frente al puesto de Western Union, agencia que se preocupa de enviar dinero a varias partes del mundo.

La ley

La encuesta Casen de 2015 informó que en la actualidad hay 465.319 inmigrantes viviendo en Chile. Cerca de un 31% más de los que habían en 2013, con 354.581 inmigrantes residiendo en el país.

Esta es una de las principales razones por las que la presidenta Bachelet anunció un proyecto de ley moderno para los inmigrantes. La Comisión Chilena Pro-Derechos Juveniles (Codeju) también tiene un puesto en el festival. Su principal dirigente es Matías Cárdenas, estudiante de leyes en la Universidad de Chile. Cuando me acerco a conversarle, habla del por qué se necesita una nueva ley de inmigración.

–Nosotros decimos que el estado de Chile vulnera gravemente derechos humanos por mantener legislaciones de la época de la dictadura. El decreto de ley 1094 establece que las personas que entren de manera clandestina tienen que ser expulsadas. Establece que los migrantes que entren a Chile tienen que tener condiciones socioeconómicas aptas para entrar. Hay un clasismo directo. Establece disposiciones que dicen que quienes tengan una doctrina distinta a la del estado chileno no pueden entrar. Estamos hablando de una legislación arcaica.

Antes de que venga el cierre con la Banda Conmoción, las autoridades de Quilicura premian a algunos ciudadanos de la comuna que han luchado por los derechos humanos de los inmigrantes. Una fila de alrededor de 20 personas se sube al escenario. Para la foto oficial se suman algunos concejales. Hablo con Víctor Cubillos, autoridad que asumió la semana pasada en la comuna.

–¿Qué le parece esta fiesta inmigrantes? –pregunto.

–Lo encuentro fantástico porque así incluimos a nuestros chilenos a que se entiendan con otras culturas y se vayan nutriendo con diversidad. A medida de que vayamos integrándonos todos vamos a funcionar mejor como país. Valoraremos a las personas por ser personas y no por ser de un país determinado.

Al final, en medio de la multitud, comienzan a sonar los instrumentos de la Banda Conmoción. Comienzan un recorrido musical que llega hasta el escenario. “Cuánto cuestas, cuánto vales”, cantan. Toda la gente se suma al baile. Incluso la chica del comienzo. Sonrío: hay una niña chilena-haitiana con ganas de bailar, y nadie se lo va a impedir.

Nicolás Massai (@nmassai)

Fuente: El Ciudadano

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